| Tonto el que lo lea |
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| Tonto el que lo lea |
ROSA MARÍA SEXTO:
“El cielo según Amador”
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Fragmento de Amador.
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| Tonto el que lo lea. |
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No había visto a nadie marcharse de allí. ¿Dónde estaba el muro sino en la cabeza de sus vecinos? ¿Dónde los guardianes del exterior? Pero nadie lo intentaba siquiera, ni le decían claramente (¡era tan claro!) que se fuera, que allá lejos le esperaba la vida.
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Varias veces había cejado en su empeño por no lograr una planificación adecuada. ¿Qué debía llevar para un viaje tan extraordinario? ¿Qué podía dejar allí
para que lo recordaran?
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Aquella noche no pudo dormir bien. Una de las pocas cosas que tenía claras era que el día del viaje debía estar descansado. No podía dormir. Le revolteban mariposas en el estómago y le incordiaba la multitud. De ruidos. A su alrededor.
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Se daba la vuelta. Abrazaba la almohada -a veces funcionaba. Cambiaba de dirección la mirada, y la volvía a perder en la oscuridad.
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El amanecer le pilló allí, recorriendo el camino. Tras de sí, las casas se desperezaban
y se abrían tímidamente las primeras ventanas.
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El Sol iba iluminando con su marea los frutos del campo reverdecido e infantil. Le quedaba mucho camino por delante. No sabía muy bien cómo iba a comer al día siguiente.
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Para el almuerzo se sentó a un lado del campo y acabó con el pedazo de queso que había tomado prestado como provisiones. Poca comida para toda una vida.
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Mirando atrás, sólo veía la cuesta que acababa de descender. El pueblo ya no existe.
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Existo yo.
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Mirando hacia delante, veía mucha gente, inmensas ciudades y el inicio de una aventura que no terminaría nunca.
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Un pie, después otro y de nuevo el primero. Corriendo quemándose la cara con el Sol y los pies
con el roce de los suelos. Pero corriendo. Corriendo mucho. Ya podía oler, entre los regustos frutales, maravillas novedosas.
Ya el corazón estaba más tranquilo a pesar del ejercicio. Ya estaban muy cerca los descubrimientos.
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El primer final de aquel camino empedrado se llamaba Victoria.
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| Tonto el que lo lea.
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