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Me despierto con la algarabía
de los niños en el patio del colegio.
Tropiezo con una mañana recién lavada
con almizcle y limonero, con luz de azahar
y con poco tráfico que nos interrumpa la vida.
¿Habré vuelto a los días perfectos
de la infancia?
No. Solamente
es un timbre que suena, impertinente.
Y es tu mano quien lo aprieta.
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