REVISTA PARA HETERODOXOS — RpH
ISSN: 1697-2074 Número 2002-II. Mayo-agosto del 2002
http://www.heterodoxos.org/2002-ii/creacion/asp.el_hombre_que_piso_un_charco.html
Gili el que lo lea

Tonto el que lo lea
ABIGAIL SIGÜENZA PÉREZ:
“El hombre que piso un charco”
 

Por fin había dejado de llover despues de siete dias. Don Manuel bajó a la calle con su gabardina y paraguas negros. Manejaba el utensilio con gran habilidad, marcando un ritmo perfecto entre sus pasos y la punta. Tenía aspecto de cuervo, con su cuello encogido entre las solapas alzadas, el sombrero puntiaguado y su barbilla picuda que al andar hacía un movimiento de adentro afuera. No era de extrañar que un niño que se cruzó con él corriera a esconderse detrás de las faldas de su madre. Incluso un perro vagabundo, desgreñado, sucio y con marcas de peleas callejeras -ya acostumbrado a cualquier cosa- dejó de olisquear el cubo de la basura para ladrarle. Don Manuel no le hizo caso. Estaba más que acostumbrado a que los perros le ladrasen, y ya ni siquiera los oía.
 

Siguió caminado por la acera dando su paseo dominical de las doce, sorteando restos de pipas, paradas de autobús de la linea cinco y balones de los grupos de críos que jugaban aprovechando el cese del diluvio. En la tienda de electrodomésticos, la gente se agolpaba ante el escaparate. Don Manuel, con la misma curiosidad que otros transeuntes, se acercó para comprobar lo que estaban mirando. Pero no alcanzaba a ver. Se puso de puntillas y alzó su cuello retraído, y, justo en ese instante, un balonazo sobre la espalda le hizo perder el equilibrio, resbalar y caer justo sobre un charco. El cuerpo de Don Manuel desapareció. Nadie pareció haberlo notado, estaban todos demasiado ocupados mirando el escaparate.
 

Don Manuel, el hombre que controlaba cada movimiento de su cuerpo, cada segundo de su vida con una precisa exactitud, no sabía entonces dónde se encontraba. Había caído sobre un charco, pero su ropa no estaba mojada. Se palpó por todas partes, pero estaba tan seca como en un soleado día de verano. Pero eso no era lo más extraño: en realidad, aún no había terminado de caer. El charco le había tragado por completo y seguía descendiendo lentamente por su garganta. Miró su reloj: las 12.22 12 segundos. No podía explicarse lo que estaba sucediendo, ni dónde estaba ni por qué, solo seguía bajando sobre una especie de nube invisible.
 

Exactamente a las 12.33 y 13 segundos, tocó tierra -si es que así se lo podía llamar a una especie de suelo fangoso y ennegrecido. Caminó durante diez minutos mirando con pesar cómo sus relucientes zapatos negros se ensuciaban con el fango. Pasado ese tiempo, el terreno se transformó en algo verdaderamente inusual. Bajo sus pies se extendía un suelo cuadriculado, igual que las hojas de un cuaderno de matemáticas. Los árboles que había al lado del camino estaban forrados de cuadrículas, incluso el cielo estaba dividido en lineas uniformes.
 

Se quedó ahí, quieto, confuso con todo lo que le rodeaba. Un cuervo más grande de lo normal, vistiendo traje negro y sombrero, se acercó a él.
 

- ¡No puede ser! Aún faltan exactamente 2 minutos y 34 segundos para que usted llegase. ¿Cómo es posible?
 

Don Manuel miró a su alrededor y tardó más de 11 segundos en comprender que aquel cuervo se dirigía a él.
 

- En fin, haga el favor de seguirme.
 

El cuervo caminaba mecánicamente, dando cuatro pasos perfectamente medidos y luego un pequeño salto hacia adelante. 280 pasos y 7 saltos después, llegaron a una sala amueblada de la misma forma que una cámara de diputados. Allí se sentaban otros cuervos que escuchaban atentamente la ponencia que hacía uno de sus compañeros desde la tribuna.
 

- ...De esta forma, se puede ahorrar hasta 8 minutos y 44 segundos, lo que nos proporciona un margen más extenso para las posibles adversidades -factor lluvia, días festivos, accidentes e imprevistos-, pero si este no llega a ser el caso, la pregunta entonces es: ¿Cómo beneficiarse de estos 8 minutos y 44 segundos?- El cuervo giró la cabeza y vio a Don Manuel estático en la entrada. -¡No es posible! ¡Usted aún no debería estar aquí!
 

En ese momento, todos los presentes se volvieron hacia donde estaba Don Manuel. Este pudo comprobar, entonces, que allí no solo había cuervos, sino tambien caras humanas, hombres-cuervo, y otras más deshumanizadas, cuervos-hombre. Don Manuel sintió cómo un escalofrío bajaba por el largo de su columna.
 

- No me lo puedo explicar. Con 2 minutos y 34 segundos de adelanto. ¿No habrás acelerado el paso? -Le dijo en tono de reprimenda al cuervo que había acompañado a Don Manuel.
 

- ¿Yo? Imposible. Siempre llevo el paso al ritmo de lo establecido, tal y como hacen los demas.- Don Manuel pudo darse cuanta de que el cuervo de la tribuna había bajado y se dirigía hacia ellos con el mismo ritmo mecanico de 4 pasos y un salto.
 

- Está bien. Esta es una situación muy irregular, se podría decir que unica. Nunca antes habíamos tenido un adelanto. O bien hemos cometido algún error en los cálculos -cosa que dudo mucho- o ha ocurrido un imprevisto en el otro lado.
 

- Perdón, ¿el otro lado? -Preguntó Don Manuel un poco cansado de no entender nada.
 

- Bueno, eso ahora no es importante. Aún tenemos que resolver qué vamos a hacer durante los 2 minutos y 34 segundos que usted se ha adelantado.
 

- Pero insisto en saber qué es todo esto.
 

- Ahora mismo no puedo facilitarle dicha información.
 

- ¿Cuándo?
 

- A su debido tiempo.
 

- ¿Y cuándo sera eso?
 

- Tan pronto como pasen los 2 minutos y 44 segundos.
 

- Pero, con lo que llevamos discutiendo, ya han pasado 2 y 23 segundos.
 

- Bien, entonces esperaré 11 segundos.
 

- ¡Esto es una pérdida de tiempo!
 

- Tiene usted razón. ¿No os dije que era perfecto?- Todos los presentes asintieron con sus picos, semi-picos y esbozo de bocas.- Por favor, camine un poco.
 

Don Manuel no entendía nada, pero, ya puestos a malgastar unos minutos, mejor no llevarles la contraria. Andó como de costumbre, pasos largos y marcando con la punta del paraguas el terreno antes de pisar con el tacón. Dio un par de vueltas bajo la mirada de estupefacción de todos los que le rodeaban.
 

- Perfecto, perfecto. Es suficiente. Ahora, por favor, ¿quiere subir a la tribuna y dar su discurso?
 

- ¿Mi discurso?
 

- Sí, sí. Sobre la economía del tiempo.
 

- Pero...
 

- No se haga el tímido. Le he estado observando y sé que es usted el candidato perfecto.
 

- ¿Para qué?
 

- ¡Para ser nuestro supervisor y consejero de cálculos! Por favor, suba y empiece.
 

Don Manuel no llegaba a comprender todo aquello, pero subió a la estrada y, sin darse cuenta de cómo ni por qué, empezó a hablar sobre el ahorro del tiempo.
 

"En nuestro mundo, señores, es muy importante saber controlar el tiempo. Ahorrar todos esos minutos que a veces desperdiciamos y concentrarlos para un después. Por la mañana, me levanto justo cuando suena el primer timbretazo del despertador. Lo apago con el mismo movimiento que me levanto. Abro las ventanas, a continuación, me dirijo a la ducha por el pasillo quitándome la ropa para justo llegar desnudo a la ducha. La ducha tiene que llevar el tiempo justo para hacer un recorrido desde las orejas hasta los dedos de los pies, y no más. Luego me seco con energía y me voy a la cocina a calentar el café y las tostadas. En lugar de mirar y esperar a que se hagan, voy de nuevo por el pasillo, recogiendo la ropa del suelo, me visto con la ropa, que previamente he pensado en la ducha que me iba a poner, y vuelvo con el tiempo justo para meter la ropa sucia en la lavadora y echarme el café. ¿Qué hacer durante el desayuno? Hay gente que se pone a leer el periodico, lo cual está bien, pero uno se olvida de la hora y entonces resulta ser ya demasiado tarde. Yo prefiero repasar de memoria todas las cosas que he de coger antes de salir de casa, para así no darme una torta en la frente cuando voy en el metro. Lo normal es: dinero, llaves, abono de transportes, maletín y paraguas. Después me cepillo los dientes al tiempo que voy cerrando las ventanas. Ya está todo listo. Me pongo la gabardina y salgo apretando el boton del ascensor antes de cerrar la puerta. Conozco perfectamente el horario de todos los trenes, así que, cuando estoy en la calle, tengo el tiempo justo para llegar al andén al mismo tiempo que el tren de la línea 2. Normalmente, voy planeando lo que voy a hacer el resto del día: dejar todas las cosas en mi oficina a las 9.00, llamar a mi secretaria a las 9.03, repasar la agenda del día, almuerzo a las dos en punto. Y organizar el resto de actividades independientes del día normal, por ejemplo si he de ir a la tintorería a recoger algun traje o si he de llamar a alguien por teléfono. Vuelvo a casa exactamente a las 19.30 y tengo tiempo de preparar las cosas del día siguiente mientras se hace la cena en el horno. A las 20.30 ya he cenado y me he lavado los dientes. Y entonces tengo el tiempo que sobra para mí."
 

Todos los cuervos empezaron a aplaudir. Don Manuel estaba satisfecho de su discurso, de que sus técnicas gustasen a aquella multitud. Quiso sonreír, pero había algo que oprimía sus labios. Apenas podía esbozar una sonrisa. Se llevo las manos a la boca y descubrió que tenía un enorme pico amarillo. Se le nubló la vista y casi pierde el equilibrio, pero el cuervo de antes le ayudo a reponerse.
 

- No te preocupes, ya eres miembro del centro de cálculos del otro lado.
 

 
Tonto el que lo lea.

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