| Tonto el que lo lea |
ABIGAIL SIGÜENZA PÉREZ:
“El tambor de la lavadora”
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Era domingo y Luis Miguel esperaba viendo la televisión a que la lavadora terminara. Los domingos eran eternos y aburridos. No había ninguna película decente y el fútbol estaba codificado. Tampoco le apetecía salir porque la resaca del sábado aun le duraba. Así que, desde que se independizó, a sus 33 años, Luis Miguel se pasaba la tarde del domingo pasando el polvo, limpiando y poniendo lavadoras.
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El electrodoméstico empezó a coger velocidad y a centifrugar, agitándose de tal forma que parecía sufrir un ataque de epilepsia. Después de las convulsiones paró en seco. La lavadora se había desplazado tres palmos. Luis Miguel marcó con esparadrapo la posición de la lavadora y después la volvió a colocar en su sitio.
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- Vaya, vaya, hoy has batido el record de hace dos semanas.- Dijo mirando el resto de las marcas de esparadrapo que había pegados al suelo con distintas fechas inscritas.
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Acto seguido, abrió el tambor de la lavadora y empezó a sacar la ropa húmeda.
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- A ver qué tal has lavado hoy, porque la semana pasada me dejaste unos pantalones llenos de manchas blancas.
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Empezó a tender la ropa, agrupando todos los calzoncillos juntos, las camisetas y los calcetines. De esa forma era luego más fácil colocarlo en el armario. Cuando hubo terminado se fijó en que faltaba un calcetín blanco de deporte.
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- ¡Maldita sea! Yo no sé qué pasa con los calcetines que siempre desaparece alguno de un par. Ya es el quinto que pierdo.
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Empezó a buscar a su alrededor, en el barreño, en el pasillo, en el cajón de los calcetines, pero no había ni rastro de él. Terminó volviendo al centro de operaciones- el tambor de la lavadora- recorriendo cuidadosamente cada centímetro de sus paredes metálicas. Allí tampoco estaba.
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- ¡Mierda!- Gritó al tiempo que empezaba a golpear la lavadora con las manos. Se levantó y le pegó una patada final en un costado.
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De pronto, sonó un "click" hueco y metálico. Luis Miguel se volvió a agachar y miró extrañado hacia el interior del tambor. Cuál fue su sorpresa cuando descubrió que la parte trasera del tambor se había desprendido y de la rendija salía una luz brillante. Empujó suavemente la puerta de metal y un chorro de luz salió desorbitado cegándole por momentos. Intrigado, alargó el brazo para ver qué era aquello, pero no llegó a tocar nada. Metió el otro, pero con el mismo resultado, así que decidió asomar la cabeza y sin querer, poco a poco, fue metiendo el resto del cuerpo hasta estar completamente al otro lado.
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Sus ojos ya se habían acostumbrado a la luz y de pronto se vio rodeado de miles de pares sueltos de calcetines. Estaban todos revueltos, blancos con negros, rojos y azules, a rayas, con dibujos, zurcidos, con la punta del dedo gordo roto, largos, cortos, toda una variedad inimaginable de calcetines.
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Todo era extraño pero empezaba a tener sentido al mismo tiempo. Ahora sabía dónde iban a parar sus calcetines los domingos, pero ignoraba de quién serían el resto.
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Empezó a mirarlos más detenidamente, intentando buscar los suyos. Por fin vio el calcetín de deportes a rayas rojas que había perdido hace dos semanas. Lo recogió del suelo cuando..."¡Suelta!"- dijo una voz. Pegó un salto del susto y dejo caer el calcetín. Miró a su alrededor, pero no había nadie. Recogió el calcetín del suelo.
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- Que me sueltes he dicho.- Salió una voz del calcetín. Luis Miguel lo miró atónito, incapaz de creer lo que estaba viendo, a su calcetín de deportes hablar.
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-¡Suéltame!- Insistió el apresado, pero Luis Miguel, confundido, no hizo sino apretar más fuerte.
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- ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Me asfixia!!- En ese momento, todos los calcetines que estaban allí se levantaron y corrieron en su auxilio. Empezaron a patear a Luis Miguel por todo el cuerpo hasta que este cayó al suelo y soltó su calcetín. Todos los calcetines corrieron a agruparse en una montaña mientras Luis Miguel se levantaba dolorido.
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- ¿Qué es esto? ¿Por qué estáis todos aquí? ¿Cómo es posible que un calcetín pueda hablar?
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- Este es el grupo rebelde de calcetines.- Dijo un valeroso calcetín zurcido dando un paso hacia adelante.
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- ¿Cómo?
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- Sí, nos rebelamos ante la tiranía de los humanos y nuestro objetivo es liberar a todos los calcetines que quieran unirse a nuestra causa.
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- ¿Pero de qué tiranía estáis hablando? ¿Qué causa?
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- Nos negamos a ser sometidos todos los días al mal olor de los pies humanos. Durante ocho, doce o más horas, estamos medio ahogados en el calzado, soportando la pestilencia y el pegajoso sudor del pie. Es una tortura inaguantable...
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- Sí, imagínate -dijo un calcetín blanco y largo- el chico que me tocó a mí jugaba al fútbol, o sea, que no solo estaba en una permanente piscina de sudor, sino que al final del día estaba lleno de moratones de los balonazos y patadas. Así no hay quien viva dignamente, creo yo.
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- Yo me rompí el talón en el 98 y jamás me volvieron a coser.- Dijo uno amarillo.
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- Pero a veces cuando te cosen es peor, porque te estiran el tejido, te dan de si, te desdoblan, y terminas como recién salido de un lifting súper tirante.- Dijo un calcetín verde con una especie de venda en la zona de la punta.
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Luis Miguel miro mejor a su alrededor. Había un enorme póster en el centro de la sala con un dedo gordo dibujado y tachado con una "X" roja. A su lado estaba el retrato de un calcetín de deporte gris con una raya negra. Bajo este se podía leer: "El Tin, nuestro libertador".
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- Creo que me estoy volviendo loco.
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- No, no lo creas.- El calcetín negro que hablaba entonces se fijo en sus pies.-
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Compañeros, hay que rescatar al par de inocentes calcetines que aun sufren bajo los pies de este humano.- Todos los calcetines repararon en las zapatillas de estar por casa que escondían un par de calcetines de rombos.
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- ¡Al ataque!- Gritó uno rojo. Y acto seguido, todos sus compañeros se abalanzaron sobre Luis Miguel, quien apenas podía hacer nada espantando a los calcetines con sus brazos. Fue derrumbado y despojado de sus zapatillas y calcetines preferidos.
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Apenas tuvo tiempo de levantarse, los calcetines revoloteaban a su alrededor, y terminaron empujándole de nuevo por la puerta de la lavadora hasta que cayó sobre el suelo de su apartamento. Dos segundos después, sus zapatillas cayeron sobre su cabeza y la puerta de metal se cerró de golpe.
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Se levantó y corrió al cajón de su mesilla. Cogió todos los calcetines que allí había y los encerró en la lavadora. Después puso un anuncio en el periódico donde regalaba su lavadora al primero que se la llevase. Se encerró en el salón y puso el resumen del partido de fútbol para olvidarse de todo lo sucedido.
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| Tonto el que lo lea.
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