REVISTA PARA HETERODOXOS — RpH
ISSN: 1697-2074 Número 2003-I. Enero-abril del 2003
http://www.heterodoxos.org/2003-i/ensayo/fn.canon_para_nuevo_mundo.html
Gili el que lo lea

Tonto el que lo lea
 "Entrevista"  Frederik Nikolaj: "Pavana para una infanta difunta"
Tonto el que lo lea
FREDERIK NIKOLAJ:
“Canon para un nuevo mundo”
 
Título original: Der neue Kanon
Traducción del original en alemán: Manuel Alcántara Plá
Tonto el que lo lea.

En la presente reflexión, pretendo plantear una hipótesis que explique el momento de desasosiego político, social, moral y cultural que atravesamos y, si es posible, una solución rápida y eficaz para él. Junto con los aspectos más ásperos y teóricos, y siempre que nuestro conocimiento lo haga posible, incluiré ejemplos cercanos y prácticos a modo de demostraciones [...]
 

Con el cambio de milenio han vuelto los mismos temores que quedaron registrados en estos límites temporales que nos hemos ido marcando artificialmente: el año 2001 como el fin de una era, de una Historia, quizá, según los más alarmantes profetas, de todo lo que conocemos. También hubo cabida para los mayores optimismos: el Hombre ha aprendido durante el siglo/milenio pasado lo perniciosas que son las guerras, que la violencia no es el camino adecuado, que somos capaces de producir, con las nuevas técnicas, sustento suficiente para todos.
 

Tanto unos como otros son, no debería hacer falta indicarlo, pensamientos occidentales. El famosísimo once de septiembre nos enseñó que el resto del mundo andaba por otras reflexiones y probablemente ayudó esto a su efecto traumático. Por supuesto que no era ni la primera ni la más grave matanza de lo poco que llevábamos de milenio. Era la primera en occidente y prácticamente la única en los Estados Unidos americanos.
 

[...]
 

El shock me afectó personalmente, pero creo que no por las mismas razones que a la mayoría de la opinión pública. A mí me atravesó una idea que se repetía, como se suceden las sensaciones en las pesadillas, día a día, telenoticias a telenoticias. Me refiero a la constatación, a todas luces falsa, de que en aquellas titánicas torres habían muerto muchos inocentes. Esta representación del acontecimiento desnudaba violentamente el hecho que, a mi juicio, había marcado el siglo veinte: el distanciamiento de la realidad. Este distanciamiento es una enfermedad si lo contemplamos desde el punto de vista que nos interesa aquí, el del individuo y la sociedad, que son un mismo punto.
 

Vivimos en la sociedad de la información. Los datos nos rodean y acosan incesantemente desde los más diversos medios, pero esto no significa que nuestra capacidad de asimilación haya aumentado de forma proporcional. En realidad, creo que el proceso ha sido justo el contrario. [...] Como muestra, podríamos preguntar cuántas de aquellas personas que se encontraban en el fatídico World Trade Center no habían escuchado o leído que gran parte de las riquezas que manejaban provenían de países (sociedades) en las que los niños mueren cada hora por inanición. Supongo que ninguno. O cuantas desconocían la política de intromisión que nuestros países llevan a cabo sobre otros (generalmente sudamericanos, africanos o asiáticos). [...] Muchos de ellos, debemos suponer, no sólo lo habrían oído/leído, sino que lo sabrían a ciencia cierta: eran expertos economistas. Nuestras macroeconomías no se pueden sustentar por las acciones que acometemos sólo en Occidente.
 

La calificación de inocentes era, por supuesto, inclusiva. Los fallecidos eran inocentes como nosotros. Espero que la necesidad del nuevo canon comience a vislumbrarse. ¿Qué necesidad real hay en el mundo actual de inocentes?
 

[...]
 

Tuve la suerte de ser invitado recientemente a una manifestación pacifista en París, centrada fundamentalmente en el inminente ataque a Irak. El ataque será, según juzgaban aquellos compañeros, injusto. La mayoría de nosotros abandonó el lugar en autobús y los más valientes lo hicimos en coche. Mi anfitrión creyó inapropiado, debido a mi edad, hacerme montar en un autobús, por lo que optamos por aguantar más de media hora de atasco (y de conductores que injuriaban a los manifestantes que habían provocado aquel caos).
 

Todos los que participamos en aquella manifestación sabíamos que necesitábamos, para nuestra comodidad, del petróleo y del gas natural. También sabíamos, quizá más oculto por nuestra enfermedad, que para mantener nuestro status al mismo precio debían controlarse los países productores de dichos recursos. Léase controlarse como manipularse, colonizarse. No se escuchó ninguna propuesta del tipo: "preferimos volver a casa andando antes que atacar a Irak".
 

Yo he sido, en tiempos, uno de los más afectados por dicha enfermedad alucinatoria, que podríamos denominar antigua moral. Debo advertir, incluso ahora, que es un mal terriblemente literario. También, que se cura. Hubo un tiempo en que podía llegar a confundir un asesinato con un asesinato por un millón de dólares. Ahora los distingo perfectamente como cosas distintas.
 

En mi memoria, encuentro otro ejemplo distinto de este tipo de alucinaciones, casualmente también en París. Fue en el juicio contra cierto cantante de Lyon acusado de haber secuestrado y violado a una chica de nueve años. El odio que le dedicábamos los asistentes era patente, en mi caso disimulado por el hecho de que acompañaba a una de sus exmujeres, una de las personas cuya sensibilidad más aprecio. Esta relación privilegiada me hacía saber desde el principio que el acusado era realmente culpable y que sus problemas mentales eran aún más graves [...] De vez en cuando, se oían recriminaciones impropias para una sala de tal talante, pero parecían inevitables. Cuando se le preguntó al acusado si quería alegar algo en su favor, sentenció con toda serenidad su culpabilidad, provocando que la sala respirara al fin, pero después lo matizó alocadamente añadiendo que la chica no era virgen cuando ocurrió el incidente. El silencio consecuente, que debía haber sido eterno, duró apenas unos segundos y enseguida fue ahogado por una tormenta de murmullos. ¿Añadía aquel dato algo relevante? ¿Por qué los murmullos? Moral antigua.
 

Han ocurrido en muy poco tiempo dos acontecimientos históricos relacionados con los recursos naturales a los que hacía referencia anteriormente: Afganistán (gas natural) e Irak (petróleo). En ambos casos su justificación es fácil y evidente, pero chocan con el antiguo canon. Aún quedan en nosotros vestigios de una moral obsoleta, teórica, que nada tiene que ver con nuestro comportamiento [...] En el primer caso, el de Afganistán, se sintió la necesidad de inventar un personaje como único culpable del once de septiembre para después situarle en las explotaciones de gas natural. Todos sabíamos desde antes que el gobierno que regentaba aquel país no era compatible con los intereses de Occidente. Ahora acusamos a Irak de tener las armas que nosotros mismos les dimos, y sus dirigentes, como si fueran igualmente occidentales, juegan a negarlo creándonos una paradoja brutal.
 

Este juego de dos realidades me provoca un desasosiego que tiene un claro paralelo en la cultura y la sociedad actuales. Creo intuir que estamos en un momento decisivo, que ya apenas quedan conceptos de la moral antigua, que pronto no entenderemos igual a los clásicos. Cualquier niño distingue entre un asesinato y una muerte por un millón de dólares (o de euros) porque sólo el primero les sorprende [...] Los conceptos más públicos son los que se están mostrando más resistentes: aún necesitamos sentirnos inocentes y aún remitimos nuestros actos a la Justicia. Son los últimos síntomas de una dolencia que se cura.
 

Algunas de mis amistades lograron su salvación de forma inmediata a través de la adquisición de un puesto (público=político) de cierta importancia. Podría acabar esta reflexión acusándoles precisamente a ellos de ayudar a que la agonía de la enfermedad se alargue. Ellos no admiten que ya han visto la luz. En este nuevo canon, el descubrimiento no se comparte, sólo el tiempo sepultará las ideas antiguas hasta que nadie se extrañe, como lo hice yo, de que mi querido cantante de Lyon pareciera menos culpable en dos instantes habiendo cometido el mismo crimen.
 

 
Tonto el que lo lea.

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