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Los más intrépidos se encaraman a la fuente para ver la multitud desde arriba, para hacer fotos para el recuerdo, o, simplemente, por el placer de poder hacer algo que habitualmente no se puede hacer pero que en ocasiones especiales se permite.
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A diferencia de las ciudades españolas, los vecinos conviven con sus monumentos pacíficamente, y es extrañísimo que causen destrozos. Sin duda, la actitud de los ayuntamientos tiene mucho que ver: aún recuerdo la sorpresa con que mi hija, la primera vez que la llevé a España, siendo aún muy pequeña, me señalaba los pinchos que hay en las fuentes de la Puerta del Sol de Madrid para que las personas no puedan sentarse. En ésta, como en tantas otras fuentes, los vecinos se sientan a charlar, a esperar, a leer, e incluso, en los días de más calor, no es raro verlos sentados hacia el interior, con los pies en remojo.
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