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 NÚMERO 2003-II
Querido lector
Entrevista
Creación
Avulón
Vitrina
NÚMERO 2003-II: CREACIÓN  
REVISTA PARA HETERODOXOS — RpH
ISSN: 1697-2074 Número 2003-II. Mayo-agosto del 2003
http://www.heterodoxos.org/2003-ii/creacion/ru.con_el_filo_de_la_obsidiana.html
Gili el que lo lea
Tonto el que lo lea
ROCÍO UCHOFEN:
“Con el filo de la obsidiana”
 
Cuento inédito.
Tonto el que lo lea.

Si amaneció no lo recuerda, el tiempo ha pasado junto a él sin que haya podido notarlo; sin que sus rezos, sus ruegos, sus invocaciones al dios Qoa, le hayan dado la paz que imploraba.
 

"En Qoa, felino alado, dueño de la lluvia y la paraca, reside nuestra fuerza..."
 

El temblor de la emoción estremece su cuerpo. Ahora es cuando debe demostrar que, con lo aprendido, puede emular a su maestro; mira hacia el lado izquierdo: el sol, fuente de vida y sabiduría, lanza rayos tenues que ingresan al recinto acariciando sus mejillas tensas. El maestro está acostado frente a él. Puede observar las arrugas de su rostro. No desea mirarlo.
 

Sabe y se repite que su linaje depende de cómo asimiló sus enseñanzas. La mano le tiembla sin que lo pueda evitar, y sus muslos fuertes, en donde reposará la cabeza, han empezado a sudar.
 

Cubre su espalda con la lliklla del maestro, es una forma de buscar más protección; siente la textura fina del hilado multicolor como si, sobre la tela, la figura alada del jaguar, multiplicada hasta el infinito, fuera clemente desde el comienzo.
 

Su maestro no parece tenso, el encargado del ritual le está dando el último brebaje. Son reglas que hay que seguir, mandamientos antiguos que rigen a su pueblo desde tiempos inmemoriales. Ya todo está preparado: las llikllas de fineza exquisita fueron confeccionadas con anticipación; las sinwas y otras hierbas, seleccionadas; el mullu hecho polvo que ofrendarán al dios fue conseguido a tiempo.
 

Cierra los ojos y, tal como fue enseñado, intenta poner la mente en blanco. Sus párpados temblorosos separan su vista de la realidad, le presentan una gama de tonos azules y violetas . Siente mucha paz, un halo tibio de energía que gravita a su alrededor, alza la cara y los rayos solares, filtrándose al recinto, lo envuelven con su luz confortante.
 

El encargado del ritual murmura alabanzas a Qoa, el dios felino, sus ojos oscuros tienen la mirada fría, tensa; sus orejas llevan grandes pendientes dorados, pendientes que relucen con la luz en el recinto. Afuera, la fuerza de la lluvia de arena, los amagos de las paracas, alborotan la paz del lugar; la gente del pueblo no ha salido de sus casas.
 

Le avisan que el maestro ya está insensible, mira su faz por última vez, mientras acomodan su cuerpo y lo cubren dejando libre sólo parte superior de la cabeza; coge el cuchillo dorado con punta de obsidiana. Todos han quedado callados, lo observan, los latidos de su corazón le estremecen el cuerpo sin que pueda evitarlo.
 

La cabeza ha sido rapada con piedras filosas, su trabajo así es mas ligero. La piel se muestra reseca, cortar con el filo de la obsidiana es muy fácil; los aprendices a su lado apenas respiran, sus manos delgadas sostienen con firmeza el cuerpo evitando que éste se mueva sobresaltado. Corta la piel lentamente, en cruz; sus dedos, lavados en los jugos de una hierba, apenas sudan...
 

"...cuando sientas que la luz suprema del sol se pose sobre tu cuerpo, dándote fortaleza interna, sabrás que estás listo para el ritual; llevarás una lliklla como la mía, ésta tendrá la imagen de Qoa como emblema; las plumas más brillantes adornarán su trama, el color azul del mar teñirá los hilos del tejido, sentirás que el calor de nuestro dios te protege mientras cubre tu espalda. La obsidiana será tu única defensa, sólo con el buen uso que hagas de ella llegarás a ser sacerdote..."
 

La piel se desprende con facilidad del cráneo, la sangre corre con mesura, la awaska que rodea la cabeza del maestro se tiñe lentamente de rojo. Cambia de cuchillo, necesita uno más fuerte; a lo lejos se escucha el sonido impetuoso del mar. Intenta hacer la operación con la mayor delicadeza posible, pero no puede; la punta redondeada hace incisiones en el hueso, éste cruje y los dos aprendices no se atreven a observarle las manos, él agradece en silencio a Qoa, porque la cara del maestro está cubierta, porque no le quitará la concentración, porque la paciencia aún no lo abandona.
 

Según su aprendizaje, las incisiones que hace formarán la circunferencia del sol; después, con un juego rápido de sus dedos, los pedazos de hueso podrán salir sin complicaciones.
 

Recién allí comenzará su gran prueba. Siente un estremecimiento creciente, aún le cuesta hundir el cuchillo en el cráneo: durante su etapa de aprendizaje veía hacer eso muchas veces, secaba la frente del maestro y observaba la firmeza de sus manos, sentía junto a él la angustia del error; la conciencia del tiempo que causaba el silencio absoluto; la presencia del felino alado, terrorífico y perfecto. Ahora siente como si estuviera solo en medio del arenal rojizo, únicamente la protección emblemática de la lliklla le da calor. Un aprendiz le seca el sudor de la frente, los paños aromatizados que utiliza, le molestan.
 

"...te escogí entre todos por orden divina, y ahora en la firmeza de tus ojos veo que nuestro dios tuvo razón: nadie más que tú podría ser el elegido. No te exijo nada, sólo que cumplas el ritual. Sí, lo sé, tu prueba iniciadora será importante, la verás inmensa como el arenal rojizo que nos rodea, pero no puede ser de otra manera; no debes fallar, no se te permitirá ningún error, el más pequeño sería fulminante, y si los hombres no notan tu descuido, serán los ojos del dios quienes te lo reprochen, quienes sin piedad exijan tu sacrificio..."
 

Las incisiones aún no completan la circunferencia. Se detiene un instante y cierra los ojos, siente mucha pesadez en la frente, el anverso de sus párpados vuelve a mostrarle tonalidades violeta, las hierbas aromáticas esparcen su olor en el ambiente. Suspira y abre los ojos, sus fuerzas se concentran en unir las hendiduras en un círculo perfecto.
 

Los pedazos de hueso se desprenden con facilidad, los eleva con ambas manos para que les lleguen los rayos solares; luego los sumerge en el líquido que el encargado del ritual ya ha preparado. Frente a él queda el orificio y una masa sonrosada que late como si fuera a salirse. Pide fuerzas, coge el cuchillo más delgado, y sigue invocando fuerzas. Siente que el manto tejido con plumas e hilos multicolores le quema la espalda.
 

"...Es un cuerpo extraño, un bulto oscuro tal vez imperceptible. Tú debes sacarlo sin dañar lo que está a su alrededor, recuérdalo, es tu enemigo principal, necesitas toda la fuerza y la habilidad para ganar esa lucha. En las manos sólo tendrás la obsidiana más delgada y cortarás sin inmutarte, sin que te tiemblen las manos; luego el dios recibirá tu ofrenda como siempre ha recibido las mías..."
 

Lo ha ubicado, está casi en el medio y le recuerda la forma del pallar, lo observa detenidamente: una ramificación parte hacia el extremo izquierdo, parece ser la única dificultad. La lliklla aún quema su espalda. Empuña con firmeza la obsidiana y delimita la extracción, algo de sangre fluye. El se paraliza observándola brotar amenazante, ¿error?, sus músculos se tensan; vuelve a intentarlo, esta vez el bulto oscuro parece ceder, se despega de la masa sonrosada sin mayor problema, lo saca, pero la ramificación se queda; es muy delgada y está bien adherida. El cuerpo del maestro convulsiona, ¿cómo evitar el daño de la parte intocable? Pide fuerzas nuevamente, pero lo único que siente es la cabeza fría del maestro: debe extraer la ramificación sin perder el tiempo.
 

"Cuando me vaya, y mi cuerpo envuelto en tejidos multicolores repose entre otros tantos, tú serás el único que podrá transmitir el secreto del linaje: los demás aprendices sabrán tratar los golpes y heridas de guerra, pero sólo en ti reposa esta sabiduría, un don del dios que perderías si no logras probar tu destreza."
 

Sus dedos intentan ser firmes. Acerca el cuchillo a la masa sonrosada mientras su corazón late hasta hacerle daño, las hierbas aromáticas siguen esparciendo su olor en el ambiente. Desliza el cuchillo con lentitud, trata de ser perfecto, pero aún así no salva la dificultad, no evita temblar por dentro; al final la ramificación es extirpada, los aprendices dejan su labor para observarla de lejos, luego su atención vuelve al maestro que nuevamente convulsiona. La sangre fluye con mesura, como riachuelo; él, murmura una alabanza y, sin que lo noten, esconde la última obsidiana entre el tejido de la wara que le ciñe la cintura. El encargado del ritual le alcanza los últimos aditamentos: las hierbas, los ungüentos que regenerarán la piel, luego los vendajes hechos de algodón crudo. La cara del maestro es descubierta, su faz está distinta: luce agotado, mucho más que él mismo. Los aprendices trasladan el cuerpo al recinto continuo; él debe seguir la ceremonia, coger la vasija con el bulto oscuro y su ramificación. Se levanta mientras la lliklla cae al suelo y un frío que es tan fuerte como la incertidumbre lo invade. A lo lejos vuelve a escucharse el sonido del mar, un canto esperanzador, como voz divina, que logra reconfortarlo por instantes.
 

Da media vuelta y se dirige al encargado del ritual. Se acerca con pasos cortos, erguido, con la frente en alto, la oscuridad de aquella mirada le da pavor; más adelante la imagen dorada del dios se ilumina con la luz solar. Extiende la vasija y se arrodilla.
 

"... Y si llegas a fallar, el encargado del ritual te ordenará morir, nuestro pueblo no tendrá más sacerdotes y de nosotros apenas quedará el recuerdo su destino será desaparecer bajo la arena rojiza, bajo la furia implacable de la paraca. ¿quieres tú que suceda eso?"
 

No puede evitar el temblor de sus manos, el escozor de la sangre corriendo por las venas, alza la vasija, el encargado del ritual la recibe. Nota con desazón algo sombrío en su mirada, ¿lo habrá notado?. Sin embargo, el dios felino está impasible, es parte de su grandeza, piensa; guardará su secreto porque sabe que a fin de cuentas no fue un error, en realidad no tenía opción, no sabe cómo explicarlo, pero intuye en cierto instante que la perfección nunca habría podido lograrse para extraer el bulto. El encargado del ritual, sin embargo, debe seguir las reglas, piensa, mientras lo ve dar media vuelta hacia la imagen, mientras siente respirarse desazón porque por algo muy ajeno a sus deseos, lo que fue y será su pueblo puede destruirse en ese instante; porque tal vez de ellos ya no quedará ningún vestigio en la tierra, salvo los huesos cubiertos por la belleza eterna de sus mantos, y entonces, piensa, para el recuerdo sólo serán un oscuro pueblo de muertos, poco podrán ofrecer de su poderío, de su saber, de la riqueza interior que han logrado. Es limitado el tiempo que le queda: pronto, los restos de masa sonrosada que tuvo que cortar con la ramificación podrán ser visibles; sólo son momentos, lapsos mínimos, decisivos, dudas que terminarán cuando avance hacia el altar, cuando saque el cuchillo que escondió entre sus ropas, cuando empuñándolo con firmeza y pidiendo clemencia a su dios intente salvar a su pueblo, luchar contra la absurda desaparición de la sabiduría, luchar contra el destino que le parece injusto; siente que debe seguir avanzando y no sabe si lo logrará, no sabe si en cierto instante la furia del dios despierte, o el encargado del ritual ya haya previsto su intento. Tal vez ya todo estaba predicho desde un comienzo y él sólo es una diminuta parte, un instrumento más para hacer un hecho de lo inevitable; no lo sabe. Ahora, su única certeza se apoya en el filo delgado y eficiente de la obsidiana.
 

Afuera del recinto, la paraca inclemente ha empezado a alborotar el arenal rojizo.
 

 
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