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| REVISTA PARA HETERODOXOS — RpH |
| ISSN: 1697-2074 |
Número 2003-III. Septiembre-diciembre del 2003 |
| http://www.heterodoxos.org/2003-iii/creacion/ru.fuera_del_juego.html |
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| Gili el que lo lea |
| Tonto el que lo lea |
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| Tonto el que lo lea |
ROCÍO UCHOFEN:
“Fuera del juego”
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Hoy es un día con recuerdos que juegan a entrecruzarse, se dijo. Buscó una mesa en la esquina y se sentó con cara de pocos amigos, quería que lo dejaran solo. Tomó a pequeños sorbos el café, y tal como se había dicho, recordó el último día, y los ojos de Lorena mirándolo extrañados, a través de la cortina de humo que subía desde sus labios: "No te entiendo, Eduardo, en realidad, o yo estoy en otro mundo, o tú estás fuera del juego".
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Ella arqueaba las cejas de una forma tal que le aparecían tres arruguitas en la frente, "olvídalo, la incertidumbre te pone fea", entonces Eduardo se llevaba el cigarrillo a la boca y ella bajaba los ojos, el tabaco se disolvía en una línea de humo blanco.
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A estas horas, Lorena estaría sentada en algún banco del parque, con las piernas cruzadas, mirando el reloj y practicando, una y otra vez, todo lo que iría a decirle.
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Era triste (terminó el café), Lorena simpática y llena de vida; últimamente parecía eclipsarse a su lado, disminuir, tan extraña, alejándose de él cuando creía que estaba más cerca, "¿Sabes?, creo que ya entendí lo que pasó ayer...fue mi culpa, creí que te ibas a llevar bien con mis amigos...qué tonta, ¿no? Ellos para ti son muy triviales."
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Lorena de la cuna de oro, la juguetona del cabello pintado y las alhajas, ¿hacía cuánto que no se arreglaba? qué enamorada estaba para hacerte caso, para olvidar a las amigas, las discotecas, todo por ti, decía; entonces ella parecía la santa, y tú siempre resultabas el malo.
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A Lorena le aconsejaron un corte asimétrico, y teñirse con el tono rubio cenizo, se había pintado las uñas (¡tanto tiempo sin hacerme la manicure!), se sentía nuevamente ella misma, hasta se había comprado ropa nueva, así además, estaría bien para la fiesta de la facultad de derecho (Cristian me ha invitado, ¡imagínense!), se vería espléndida frente al espejo.
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Sus ojos eran felinos, su cara de muñeca y su sonrisa, provocándote. Esa vez, sus pupilas te miraban de hito en hito, "...a ver tú, dinos qué entendiste..." y ella sonrojada, con las palabras saliéndole de a pocos: "...y Descartes también... habla de res ext..extensa..que..." Se asustó, te dijo después, mientras comían galletas integrales en la cafetería, "tú parecías muy serio y no dejabas de mirarme (mordió otro pedazo) hm, y se me puso la mente en blanco, qué tonta ¿no?" Y Eduardo se enterneció (¿te enterneciste, Eduardo?), Lorena trofeo de surfistas, con las pecas del último campamento y una migaja de galleta jugueteando en sus labios, "no, no eres tonta... yo creo que si tu leyeras más y..." Eduardo sin corbata, con la camisa arrugada y el cabello revuelto, "no le tengas miedo a los libros", y claro que él le ayudaría a entender, a comentar, "...Copleston, Mc Intyre..." (tercera galleta en su boca delgada), luego, quién sabe, hablarían de otras cosas, en fin, "sí, creo que tengo libre los jueves en la tarde, tú búscame en la biblioteca o por mi facultad".
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También le habían dicho que lo dejara plantado, ¡Ya no le vuelvas a hablar, Lorena! pero ella no quiso... "mejor cortarlo todo de una vez, sin mucho alboroto para no sentirme culpable, no será difícil, yo sé cómo manejarlo".
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Y entonces tú no sabes cómo fue, Eduardo, mientras tu existencia pendía de un hilo metafísico, y estabas al borde del suicidio por puro gusto; Lorena te pedía que le explicaras qué quería decir Nietzsche con tanta voluntad de poder y superhombre, "y en fin, de qué habló Zarathustra que no lo entiendo", y mientras tú, parecía que jugabas al papá, Eduardo, te gustaba eso, ser el hombre que ella admiraba desde la elevación de sus ojos claros. Tú no sabes cómo, pero la verdad fue que ella iba envolviéndote con sus ojos de gata, con sus incongruencias infantiles, y sus opiniones vacilantes. Eduardo, tú pensabas que la cambiabas, "evolucionas bien, ¿sabes?, captas muy rápido las clases", pero en realidad, qué era lo que intentabas transformar? "...Y son tres pasos: tesis, síntesis, y antítesis..." Tú, quien en realidad aún no sabe lo que es y no es en tu vida.
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En la banca del parque, Lorena contaba el número de hojas secas que caían... era en vano mirar el reloj: Eduardo y sus tardanzas, siempre serían la incógnita suprema en sus citas. Otra hoja caía, y era arrastrada por el viento hasta la pista, un auto pasó encima. Lorena desvió su mirada.
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Eduardo encendió otro cigarrillo. El humo silencioso cubrió su vista desde la ventana. Sintió unas miradas muy cerca: las amigas de Lorena, esas que no saben hacer otra cosa que perder las clases y pasar todo el día fumando en la cafetería. "¿Sabes que cuando Claudia se enteró, me dijo que eras muy viejo para mí?, qué tonta, ¿no Eduardo?" la idea de sentirse observado le molestó, era como si le obligaran a actuar, se sentía un payaso, "...es que tu amiga es muy esquemática, Lorena, mueve al revés una pieza de su juego, y es el fin de su mundo". Seguramente esas chicas se preguntaban a qué hora él se decidiría a ir a la cita del parque. Pero Eduardo, tú sabías muy bien (al menos eso parecía), que los encuentros por cartita ya no eran para ustedes, que esas tonterías ya se habían superado hace tiempo. Abrió el libro que tenía sobre la mesa, intentó leer algo (las amigas de Lorena reían en voz alta). ¿Y si por primera vez en tu vida intentaras encontrarte? buscar la beca para el Ph.D, cortarte el cabello, mirar al cielo y encontrar un punto de unión para todo aquello que dispersas a cada instante. Tal vez si volvieras a comenzar, pero comenzar ¿qué? Dejar la carrera de filosofía, empezar periodismo, comercio exterior, derecho... Tal vez dejar que Lorena vuelva a mandar, que ella decida, que ella sea la que diseñe nuevas reglas de juego, o quizá invente otro, sin cambio de piezas, claro; en fin, superarse y salir de todo esto.
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Lorena encendió un cigarrillo, el viento hizo enredar el humo con su cabello: ¿Y si Eduardo no viene? Tal vez equivocó el día, ¡cómo siempre! con tal que no se aparezca en casa por la noche, es un fastidio oírlo, siempre cínico y trágico... Nietzsche, Wittgenstein, Kant, parece un robot. Sin ganas aparentes de querer besarme, mientras sé que se está muriendo por dentro. Tal vez lo primero que haga sea telefonearme, ¿cree que yo no sé que él es el de las llamadas anónimas? Lorena botó el humo delicadamente: Y yo que siempre había pensado que él era el mejor, el aventajado... pero mira que debí haber pasado por periodo de estupidez crónico.
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Cerró el libro: imposible concentrarse, la bulla de la cafetería era ondulante, empezó a notarlo al cerrar los ojos; el sonido de platos, tazas, una cuchara cayendo al piso, una silla, risas, pasos... todo fluía en una cadena de desorden, inútilmente programable. ¿Qué soy yo sino otro sonido causal para este remolino?, otra voz, otro ruido en potencia, un olor nuevo en el aire... un fabricante de humo alquitranado. La mesa se estremeció, Eduardo abrió los ojos: era Lucho, se había sentado frente a él con una taza de café, y un par de libros; para variar, empezó a hablarle de las prácticas, "la gente es lenta, si vieras a los alumnos que tengo... todos parecen sordomudos..." El cigarrillo se consumió entre sus dedos, miraba fijamente a Lucho sin querer entenderle una palabra. Escúchame, escúchame: todos somos las piezas de un juego, Lorena, ¿sabes tú qué función tienes?
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El remolino de voces a su alrededor iba en aumento, Lucho le hablaba acerca de Habermas, alguien más allá movía una silla... Yo perdí las reglas del juego, Lorena, a veces pienso que no es así, pero ya lo ves, yo nunca puedo ubicarme... ¿entiendes lo que te digo?... ahora no soy más que existencia sin la certeza de un rumbo...
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No, no estaba hablando sobre Habermas, parece que sólo lo citó, su voz impostada tenía cierto tono de entusiasmo. ...Y entonces, tú sólo sabes qué pasa... en realidad no quiero hacerlo, pero siempre llego a eso, no es enigmático ni místico, es simplemente estúpido, ¿entiendes Lorena?, simplemente estúpido. Los dientes de Lucho eran amarillos, observó los movimientos de su boca; apuraba su taza de café:
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- Entonces, Eduardillo, nos vemos mañana, si llegas a la conferencia antes de las seis, me guardas un sitio.
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- Por supuesto.
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Y tanto como saberlo decir, o no, lo importante era que lo de ellos debía acabarse. Lorena no aguantó más y miró el reloj, tiempo después, un par de niños pasó corriendo frente a ella, los siguió con la mirada: hacían carreras alrededor del parque; pensó en Eduardo, "el odia todo lo que implique competencia, es un cobarde escapista".
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Eduardo se quedó observando los restos de café que aún quedaban, tuvo ganas de fumar, pero Lucho había cogido el último cigarrillo antes de irse; Eduardo apretó la cajetilla y la dejó al lado de la taza. Cogió el libro y se levantó: dos pares de ojos maquillados siguieron sus pasos. Lorena debía estar esperándolo, como era su costumbre le pediría explicaciones, y tú, ¿qué le ibas a decir?, sonreirías de lado y te alzarías de hombros, como siempre, total, una vez más; y allí tendrías otra mueca para la colección, otro mohín; y tú ¿qué? ya no se puede desandar lo andado, y en fin, ¿tendría importancia todo eso?
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Estaba a punto de salir de la universidad, alguien le pasó la voz, él siguió avanzando sin responder; la gente entraba y salía por esa puerta de rejas, y claro como no tenían problemas, no les sucedía nada; él iba a salir y tendría que escoger ¿sí o no?, que vuelvan a decidir los pies; las caras se confunden ante sus ojos, quisiera uniformarlas, hacerlas simple ambientación ¡la gente a mi alrededor no existe!, pero nuevamente le vuelven a pasar la voz, ¿qué es un saludo sino un intento nulo que hacemos para unir intereses?
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El parque no estaba lejos. Y es tan distante esa noche, sucedió y yo no fui quien lo quiso, lo quisiste tú, Lorena, tú lo manejaste todo felinamente: la ocasión, el lugar, hasta las palabras. Era tu juego y yo la pieza comodín, era tu pieza, y tu piel transpirante y perfumada envolvió todo el ambiente. Fuiste tú, Lorena, tu ropa tenía botones para que yo los fuera abriendo lentamente; y el apagón no fue casual, fue causal... o salió del arca de tus deseos... salió a pedir de tu boca...
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Le habían dicho también que no se pusiera nerviosa, "Domínalo, mujer, no dejes que él tenga la situación en sus manos". Los niños seguían dando vueltas en el parque, sus risas le sonaban burlonas, miró hacía las otras bancas y en casi todas habían parejas; las hojas seguían cayendo y se arrastraban en una mezcla de papel y polvo, el pequeño remolino que se formó paso por sus pies, rápido. Lorena cruzó las piernas.
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La reconoció de lejos, estaba sentada en la primera banca, y parecía buscar cigarrillos en la cartera. Se había cortado el cabello, y el tinte la igualaba a sus amigas en serie. Estaba de más querer acercársele, hasta se habría maquillado, y su cara sería una máscara, en donde podría esconder la más mínima debilidad. Dio media vuelta y tropezó con dos niños que corrían, el libro se le cayó en el césped y estuvo a punto de gritar "mierda", cuando lo recogió, ellos pasaban ya frente a Lorena quien se tocaba el cabello y cruzaba las piernas. Es cierto, ya sé que no me entiendes... Pero, Lorena, yo tampoco puedo entenderte a ti. Y así no funcionan las cosas. Eran casi las cinco y media, Eduardo se alejó del parque.
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Y así era, Eduardo, mientras tú armabas y desarmabas castillos de angustia y solipsismo, ella se te acercaba (¿o te cercaba?) con la imagen de un mundo que decía, se amoldaba perfectamente a ti. Ella lo había construido poco a poco, con respuestas para lo que creía tus preguntas, y nuevas reglas para un juego, al cual nunca supiste adaptarte... eras como un rey en jaque sobre el tablero de monopolio (¿o de damas?); una ficha de parchís que intentaba dar vueltas como un dado; una sota, un rey de espadas haciendo de pieza comodín. Y entonces, Eduardo, ella parecía decir que se había adaptado, pero los demás dijeron que tú la habías influenciado. Tú, que le robaste la alegría de sus conversaciones triviales; tú, que le quitaste las revistillas, para hacerla madurar a sus casi 19 años; tú, que le llenaste la cabeza de filósofos y poetas... Entonces yo no sé, Lorena, siento que estoy perdido, siento que eres mi ancla, pero a la vez me desorientas... ¡maldición! ¿qué hacemos juntos?!, "...y Wittgenstein, llega a la conclusión que todo eso es causado por colisiones entre distintos juegos del lenguaje, ¿entiendes?" Y en realidad, te quiero, Lorena, pero no me adapto a los esquemas... o tal vez yo tenga esquemas distintos, o los esquemas no existen y son sólo temas que inventamos para hablar de algo, o ¿qué sé yo?, mierda, tal vez sólo quise jugar contigo.
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Eran las seis cuando Lorena dejó el parque (con tal que a Eduardo no se le ocurra pasar por casa), antes de salir a la avenida, dio una última mirada a lo que dejaba atrás: una pareja se había sentado en su banca (aunque si hoy él va a casa, me va a encontrar con Cristian), más adelante quiso detener a un taxi, pero le pareció que el conductor tenía cara de pervertido (lo conozco bien, se hará el tonto, como que si nada estuviera pasando, se hará el profesor; tal vez intente loquearnos con sus cosas, tal vez sea Cristian quien lo bote). El cielo tomaba un color violáceo, se encendían algunas luces en los postes (en fin, mañana tendré que buscar a Eduardo y decírselo: Eres un perdedor, te detesto, lárgate de mi vida que me estorbas, supremo idiota. Luego correré a casa y me maquillaré para la fiesta). No tardó en conseguir un taxi y perderse entre los otros carros.
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Eduardo empezó a caminar hacía la avenida, tenía dinero para el autobús, pero prefirió regresar a pie, sentía que necesitaba el contacto del mundo, esa forma de sentirse aceptado sin serlo con seguridad propia. Cuando se dio cuenta, la calle era un bullicio creciente, la gente iba y venía a su alrededor, hablaba y callaba con intermitencia caótica. Es muy probable que mañana Lorena lo busque en la universidad, lo encuentre (¿a cuál Eduardo encontrará esta vez?), mientras los atisbos de ternura regresen a sus ojos; quizá lo note y entonces sea ella quien pida que la lleve a esa conferencia sobre Habermas, que luego le explique, conversen como antes, y tal vez encuentren, por fin, el cabo suelto que siempre estorba. Sí, Eduardo, tal vez ella finalmente crea que por fin te convenció de estudiar comercio exterior, o de comprarte un auto para ir de paseo, mientras tú digas que sí a todo, sin pensar, por supuesto, e invites galletas integrales, o trates de estandarizarte. Entonces, Eduardo, ella pensará "gané", mientras tú, sin pedir explicaciones te prepares a aceptarla nuevamente, total Eduardo, ella inventó el juego, tú nunca conociste las reglas, pero algo, algo, Eduardo, te hacía creer que eras la pieza más importante.
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| Tonto el que lo lea.
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