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| REVISTA PARA HETERODOXOS — RpH |
| ISSN: 1697-2074 |
Número 2003-III. Septiembre-diciembre del 2003 |
| http://www.heterodoxos.org/2003-iii/ensayo/ps.agorafobia.html |
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| Gili el que lo lea |
| Tonto el que lo lea |
PABLO SANTORO:
“Agorafobia”
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Transbordo: Gregorio Marañon: Dos líneas, hay que hacer un transbordo, los metros que coinciden en el mismo instante, de noche, cuando perder el tren quiere decir como mínimo un cuarto de hora de espera, esto si no es el último metro y perderlo significa quedarse colgado en medio de la Castellana, andar, esperar el lento autobús nocturno o gastar el dinero -siempre poco, hay que ir a un cajero- en un taxi. Es un conocimiento compartido por todos los que viajan en el primer vagón, y fijo en sus cabezas durante los últimos segundos en los que el tren decelera, y las ventanas del metro se iluminan desde fuera con las luces de la estación: es necesario bajarse inmediatamente, en cuanto con un silbido -como el sonido del roce de dos seres metálicos, de uñas- se abren las puertas, correr por el pasillo, bajar corriendo la escalera mecánica, superar el súbito agotamiento de la curva final, y llegar así a la imagen brusca y victoriosa del tren entrante.
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Durante el día no se produce este suceso: la línea 7 y la línea 10, que coinciden en esta estación, funcionan de forma independiente. Excepto en las horas punta, en las que el engranaje colectivo de los transportes muestra la inflexible previsibilidad de los comportamientos laborales de las masas, durante el día las articulaciones entre las líneas de metro parecen ser consecuencia del puro azar: encontrar pautas en la combinatoria de los transbordos es sólo un ritual de consolación ante la imagen del tren que se nos ha escapado por segundos. Incluso la composición de la colectividad viajera durante el día es múltiple y diversa, y no es raro ver grupos y clases sociales muy diferentes conviviendo en el vagón. De noche -a partir de las 10:00, pongamos- lo subterráneo del transporte urbano adquiere una naturaleza diferente. Durante el fin de semana, la hora y media posterior a la medianoche convoca la triste y desafiante euforia de turbas post-adolescentes, embarcadas en la caza desesperada de un ocio puro y vacío.
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Pero entre lunes y viernes, en las noches del metro madrileño, en las extensiones desde el centro urbano hacia los distintos grados de periferia, se organiza el retorno a casa tras la jornada laboral del nuevo proletariado de servicios: un sector infra-laboral que supone el extremo más expuesto a las estáticas catástrofes de la flexibilización laboral del capitalismo contemporáneo. Este contingente de trabajadores proporciona diferentes servicios de atención al público ocioso que navega la ciudad cada vez a horas más altas de la noche y que, junto con la extensión de la jornada partida, obliga a la nocturnización del sector: teleoperadores, recepcionistas, cocineros y camareros, empleados de hoteles, gasolineras o garajes, dependientes de supermercado o de tiendas de alimentos (ya todas abiertas hasta las 9:00 o las 10:00), trabajadores de cines, teatros y otros espectáculos, empleados de limpieza, empleadas del hogar ejerciendo funciones de cuidado infantil o geriátrico, trabajadores de obras en autopistas y carreteras (que se hacen de noche para no perturbar el tráfico)... Su jornada laboral se prolonga tras el anochecer, y en las ocupaciones que implican diferentes turnos, los de la tarde suelen terminar entre las once y las doce de la noche, como fruto de la racional división del día en tres partes (0:00-8:00, 8:00-4:00, 4:00-12:00, o una hora antes) Este sector, en cuya fuerza de trabajo se soporta la institución económica central, el consumo ocioso, se compone secundariamente -pretende ser, en la mayoría de casos, una ocupación temporal - de jóvenes estudiantes, y principalmente de inmigrantes y mujeres adultas. Su importancia numérica y económica, y las relaciones de dominación que se construyen -tan diferentes de las del trabajo fabril - lo convierten en la principal transformación que ha sufrido el proletariado de los países desarrollados en los últimos años.
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El fin de semana, el flujo de estos trabajadores se confunde en el metro con el de las personas a las que sirven, todas involucradas en la producción de una misma teatralidad colectiva -el juego del consumo. Los días laborables no hay la misma afluencia, y la frenética actividad de la urbe madrileña descansa un poco: una buena parte de los consumidores, exceptuando los vinculados a los estilos de vida más bohemios, respeta aún la división de la semana entre trabajo y ocio. No puedo dejar de notar que la temporalidad de este ciclo de festividad rutinaria reproduce grotescamente el sábat judío, el período sagrado de los hebreos desde el anochecer del viernes al del sábado. Sin embargo, la disponibilidad nocturna de los servicios durante la semana laboral, aun limitada frente a la orgía sabática, mantiene en marcha sus engranajes. Letalmente disminuido el bando de los consumidores (al cuál yo, becario universitario y músico aficionado de clase media-alta, pertenezco), coger el metro en las tres últimas horas antes de que cierre el transporte público me hace visible a este colectivo; especialmente, su diferente composición étnica: la proporción de inmigrantes -especialmente mujeres sudamericanas, también algunos magrebíes y subsaharianos, ningún asiático - que en la línea 7 se dirigen hacia los barrios de la periferia nor-este de Madrid (San Blas, La Elipa, Vicálvaro) se multiplica varias veces, parada tras parada.
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Alonso Martínez es la estación anterior a Gregorio Marañón. Cuando el hiper-moderno tren de la línea 10 la abandona, varias personas comienzan a levantarse y/o a acercarse a las puertas más cercanas a la cabecera del tren, primero lentamente, luego más rápido, por el pasillo mareante, continuo y extremadamente largo de los nuevos metros, trenes que han borrado la tradicional división en cinco vagones en beneficio de dos pasillos móviles, soñando quizá sus ingenieros, despiertos en el insomnio de sus matrimonios, con un mítico metro continuo, con una serpiente subterránea, con el Ouroboros definitivo de una calle bajo tierra, ahora que la ciudad pierde sus calles sustituidas por las filas humanas de los centros comerciales (paradójicamente, siempre rotuladas como "avenidas"), y a mí, que sé que comparto un estado mental con los otros viajeros -un cierto estado de proyección, de disponibilidad para la cada vez más próxima carrera - se me llena el cuerpo de excitación mientras me acerco a la boca de esta serpiente solamente para saltar a la de otra, varios metros de pasillo, una escalera mecánica y una breve curva por debajo.
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Y entonces, la extraña felicidad de la carrera colectiva con estas personas que no conozco, que no pertenecen a mi clase social ni -por tanto - al resto de mis grupos sociales, con las que tangencialmente me encuentro en diferentes momentos de mi vida (normalmente sirviéndome, menos veces en contextos más igualitarios), el gozo, la abundancia física de una carrera colectiva, y la (brevísima, instantánea, casi imperceptible, es cierto) sensación de comunidad al perseguir un objetivo no excluyente, el placer de un juego que no es de suma cero. Alguien no se ha enterado y se sorprende de ver a la gente corriendo. Alguien rezagado, lento en comprender qué es lo que motiva la carrera de las personas que marchan en la misma dirección que él, sale corriendo más tarde, oyendo las carreras que retumban arrítmicas en el pasillo, con la conciencia íntima de que poner todo su esfuerzo en la carrera no servirá, el bajar las escaleras de dos en dos, el estirar el cuerpo hacia delante en una pose casi cómica, ya oye el sonido metálico de la fricción, y también el silbato activado por el conductor.
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Cuando gira el pasillo, el tren se ha ido; algunos de sus compañeros de carrera tampoco han entrado en el vagón, y se dispersan a lo largo de la estación, uno saca un cigarrillo y lo enciende, pese a la prohibición de fumar. No se sabe si alguien llegó a coger el tren, o están aquí todos y cada uno de los que emprendieron el apresurado tránsito. La pantalla digital, recientemente instalada en sustitución de los antiguos mecanismos analógicos, marca ahora con precisión el tiempo que resta hasta el próximo tren: 15 minutos. Algunos se sientan en bancos a los que les faltan algunas piezas, o quizá no llegaron a tenerlas, otro decide también fumar. Nadie habla.
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