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| REVISTA PARA HETERODOXOS — RpH |
| ISSN: 1697-2074 |
Numero 2004-I. Enero-abril del 2004 |
| http://www.heterodoxos.org/2004-i/creacion/oa.le_noyau.es.html |
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| Gili el que lo lea |
| Tonto el que lo lea |
OLYMPIA ALBERTI:
“La semilla”
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Cuento publicado en el año 1984, inédito en español
Título original francés: Le noyau
Traducción al español: Tanya Tynjälä
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| Tonto el que lo lea. |
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Para François Esménard
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| Tonto el que lo lea. |
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No sabíamos lo que hacíamos, pero ella sí. De inmediato estuvo allí. Mirándonos. No se movía, parecía tener frío, con las manos en los bolsillos. El árbol aguantaba, como si sus ramas se hubiesen aferrado al cielo.
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De inmediato tuve vergüenza, no porque ella nos mirase, es que tenía la impresión de no estar haciendo lo que ella quería. De ser torpe, de estar sucio - no, de ensuciar. Tiramos, empujamos y luego presionamos fuertemente sobre sus raíces, separándolas... se reventó. Ella gritó. Como si fuese a ella a quien desgarrásemos. Gritó, levanto la mano - pequeña, blanca, tenía un lapicero negro, debió haberlo llevado en el bolsillo. Parecía como si tuviese un gran dedo vengador. Ella arriba desde el patio, nosotros abajo en el jardín, lanzó palabras, hinchadas con su gran cólera. Ella no es grande, ¿cómo pudo, desde que empezó a observarnos, esconder una tan grande emoción? Ella gritó cosas - no entendía todo, pero lo que no podía escuchar me decía que habíamos hecho mal, que ella tenía razón. Tuve vergüenza, como barro pegado no sólo a nuestras botas, sino también a nuestros gestos.
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Sus ojos crecieron con las grandes palabras, ella agitó la mano con el gran lapicero negro, como si escribiese nuestra maldición en el cielo, y luego se limpió los ojos, con el dorso de la otra mano, como nosotros, cuando las tenemos llenas de cemento. ¿Se las ensució por lanzarnos palabras a nosotros, que estábamos avergonzados y llenos de barro? En ese momento, se nos parecía, sin embargo. Su voz de golpe se volvió pequeña, ella se volteó, se fue. Yo sé bien que ella no se fue por irse, sino para esconderse. Para esconder que lloraba. No tiene inconveniente en darnos sus palabras sublevadas como viento marino de hace un rato, pero sus lágrimas, sólo son para ella. Quizá es musulmana, sabe esconder, está bien. Debimos escuchar sus palabras, son justas. ¿Quizá no podamos entenderlas?
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Cuando miré el gran hueco, las raíces desnudas hacia el cielo, el mandarino tumbado, comprendí: todas sus palabras no lograban llenar el hueco que habíamos hecho en su jardín; todas sus palabras, aunque estuviesen agrandadas por su voz y su mano, no podían esconder el hueco. Mi vergüenza hubiese podido llenarlo.
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Ella volvió mucho después. Se llevó una mano a la boca, como alguien que piensa, para impedirse volver a decir, para tachar sus palabras. Ella sabe que sus palabras, a menudo, caen al suelo y que uno las pisotea - sin hacerlo de propósito. Quisiera decirle que guardé algunas, pero no conozco las palabras para decir eso.
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Entonces ella se queda sola, arriba, mirándonos, y nosotros, incómodos, haciendo gestos que demuelen, que destruyen, que hacen polvo. Es el patrón que lo quiere así. No me gusta, pero, para decir no, hay que ser rico. Mi hija, algún día, podrá decir que no si quiere. Es también por eso que trabajo, no solamente para ahora comprar la oveja y pagar el agua. A menudo, me digo que trabajo por cosas que están lejos, que nunca veré. Cada día hago un poco el futuro de mi hija. Somos siempre el presente de alguien. Tendré que preguntarle a mi hija lo que hace la señora. Ella escribe con el lapicero negro, bueno - pero eso no es un trabajo. Otras veces, escribe a máquina, como mi hija. ¿Quizá es mecanógrafa? Mi hija sabrá decirme.
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Entre tanto, ella regresó, dice cosas al jefe de obra, insiste. El escucha - es la primera vez que escucha a alguien. ¡Y a una mujer! Está de acuerdo, sí hay que asegurar bien el muro del patio con un hormigonado ancho, sobre un empedrado. ¿Cómo sabe ella todo eso? Dice sonriendo: mi padre trabajó en esto.
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¡Eso es bueno! Aprendió de su padre. Mantuvo esas cosas en la cabeza - sin embargo no las necesita para escribir a máquina, ¿no es cierto? Mi hija también podría aprender lo que yo sé, como la señora recibió de su padre.
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Tengo menos vergüenza. Dentro de un rato barreré el pasadizo del patio. Estará menos sucio cuando ella lo atraviese cuando venga a vernos trabajar. Estoy seguro de que, cuando nos observa, ella lo ve todo. Aprende de nosotros - ella aprende a saber cosas que un día serán grandes, porque ella sabrá decirlas como esta mañana, con una gran voz. Hay personas que agrandan las cosas con ellos. Nosotros debemos llenar el hueco con piedras. Ella, con unas cuantas palabras. Yo creo que, llorando, lo llenó de golpe. Pero ella no lo sabe.
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Mi hija me ha dicho que no, no puede ser mecanógrafa si está todo el día en la casa. Le dije que a veces ella se iba, con sus hijas, o que iba sola para luego regresar con ellas. Me dijo: es por el colegio, nada que ver. Dentro de un rato, si viene, que se acerque a donde estoy excavando y le preguntaré.
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Ella vino, pero de pasada. De todas maneras, no me hubiese atrevido: estaba bien vestida, no como cuando se pasea por el jardín, en pantalón y botines. No: tenía un bonito vestido, sonrió - y luego señaló al cielo diciendo algo a su hija, a la grande. No, no me hubiese atrevido a preguntarle: tenía las manos muy sucias. Mañana quizá.
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Ella regresó y el Señor estaba allí. Él siempre está en traje, con una corbata, por el trabajo. No habla mucho. No mira como ella; sus ojos parecen quedarse dentro de sí mismos, en donde él está, o, si no, parecen atravesar las cosas para irse lejos. Ella no es igual: sus ojos se posan, tocan. Puede pasarse mucho rato mirando - creo que no sólo hace eso. Mientras mira, mueve cosas en su cabeza, actúa, avanza en su jornada. Su mirada es como una casa llena - casi podría escucharla.
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Sí, regresó nuevamente, dijo muchas cosas muy rápido, reía mirando a su marido. Y luego hizo un gesto, se inclinó hacia él y puso la mano sobre su bolsillo de arriba, bajando la cabeza, sonriendo. En ese momento, él entendió, se entendieron, ella le dijo mucho (¿sin pronunciar nada?). Como cuando quito un cabello de la blusa de mi hija. Una sonrisa, ofrecida así, porque uno se siente bien. Esto es nuevo, trabajo y veo cosas. Miro mejor: me parece que veo más cosas que antes.
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Hoy día ella vio que tomábamos té bajo el cobertizo. El fuego crujía. Sonrió, para sí misma, por reír, como de costumbre. Y luego su hija, la pequeñita, nos llamó: "Señor, señores del jardín", y nos alcanzó un plato con pastel - tarta de manzana.
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Entonces me atreví; al devolverle el plato, bien lavado con el agua del jardín, dije:
-¿Qué haces, señora, con tu máquina?
Lo dije de golpe, sin respirar. Tenía miedo de preguntar. Ella me respondió: "Escribo. Escribo libros." Fue como si de pronto ya no estuviese cansado - honrado por esa Palabra. Ella dijo: "Escribo. Escribo libros." Ella dijo eso, con alegría en los ojos, y con silencio también. Alrededor. Como respeto. El mío y el suyo, juntos, como el agua, la arena y el cemento, para la pared. Se lo contaré a mi hija. Es una gran noticia para contar. La señora escribe libros. La señora que sabe cosas sobre el hormigón, la pared y el cascajo, escribe libros. Entonces mi hija también, algún día, quizá... Dios es grande.
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Ella volvió a plantar la majagua, el jazmín, el mandarino herido. Con su marido y sus hijas. El domingo, estaban allí, temprano, creo que estuvieron de pie antes que nosotros: parecían despiertos desde hacía mucho.
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Él excavó un hueco, uno muy grande. Más grande que el hecho por nosotros en el jardín. Excavó bien. Ella dijo cosas sobre las raíces, la savia, que se debía hacer rápido, calentar, cercar - ella siente todo eso - porque hace más frío que el acostumbrado.
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Estaban contentos, trabajaban juntos, eso es bueno, él no estaba en traje, sino en normal. Por un momento, ella estaba sola, vi que hablaba. Al árbol. Es la primera vez que veo algo así: quizá es una religión, algo mágico. Lo hacía bajito, como algo que se debe esconder. La hija mayor tocó algo con su flauta - y la pequeña manejaba bicicleta alrededor, riendo: y luego se cayó, por culpa de una herramienta. Rápido la llevaron adentro, su barbilla sangraba. Cuando la pequeña volvió a salir, se puso a manejar bicicleta despacio. La señora puso hierbas con piedras encima, al pie del árbol, y se quedó un rato mirando a su hija.
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La manera que tenemos de mirar a nuestros hijos es algo en común entre las personas: todos tenemos ojos que tocan, en ese preciso momento. Y, cuando se termina, sin duda nos duele igual. Excepto Suad - desde que perdimos a nuestro último hijo, ella me dijo: "Me duele tanto como toda la tierra. Desde ahora, cuando tenga pena por cualquier otra cosa, ésta entrará en la gran pena, para siempre." Por más que le diga que está mal, que, según el Profeta, no hay que llorar nada más de tres días, ella me dice: "Mahoma, no tenía entrañas, no sabe. Quizá no digamos nada, pero el dolor no se acaba." Creo que se equivoca. Yo tampoco tengo entrañas, como ella dice - pero igual me duele, cuando lo recuerdo, al pequeño que se fue tan rápido. Dolor en las entrañas, justamente. Es después que me duele mi hijo que tengo entrañas: antes, no las sentía.
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Ella si lloró el otro día, es pues que le dolía el jardín, le dolían las entrañas por el jardín. Es extraño, hay quienes tienen las entrañas más llenas de cosas. Yo tengo a mi hijo dentro. Enterrado. Ella debe tener secretos, cosas que respiran en sus libros, y ese jardín. Y los árboles derribados. Y el gran silencio después, cuando me dijo: "Escribo, escribo libros."
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Muchas veces, quisiera preguntarle cosas para saber, para decírselas a mi hija. Pero no sabría preguntarlas... Y ella debió aprenderlas de la vida, lentamente. Entonces, mi hija también, quizá. ¡Si Dios lo quiere!
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Yo quisiera saber de qué hablan sus libros para que ella sea tan feliz escribiendo. Cuando lo dijo -después de eso, he pensado mucho en ello, me he repetido el momento varias veces- ella parecía más erguida, como un árbol algo alto, con raíces fuertes. Como un jardín en donde todo está en su lugar. Recibí fuerza, al escucharla, recibí valentía, como algo seguro, en lo que se puede creer siempre. Sí; si supiera leer, leería sus libros. Si hablan como mira, entonces hablan justo. Mi hija me lo dirá.
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Hubo fiesta el sábado. Del Profeta. Día libre. El domingo le llevé dátiles de Tozeur, mi tierra. También es la tierra de Zina, que trabaja aquí: ella me lo contó el otro día mientras fumaba afuera. El esposo de la señora no quiere que se fume dentro.
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Cuando le di los dátiles, un paquetito, ella me dijo "gracias señor, es realmente muy amable". Y luego lo abrió, puso los dátiles en un platito redondo y dijo:
¡Qué hermosos son! Tome uno.
No, ya tengo en mi casa, señora.
Sí, tómelo, para compartir.
Y tuve que coger uno, ella tomó uno también. Le agradecí y salí - hubiera tenido vergüenza de comer delante de ella. Más bien, sobre todo de escupir la semilla - ella siempre parece alguien que come todo, que lo toma todo, que nada bota. Quizá en sus libros también guarda la semilla. Siempre tiene el rostro como por la mañana, como alguien que llega, que no se avergüenza de nada. Excepto de llorar: ella se fue. Quizá en sus libros hay también lágrimas escondidas, como una semilla. Mi hija me lo dirá.
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La Marsa, 17 de diciembre del 1983
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