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Sé llamaros compañeros,
vosotros que esperáis en las esquinas
de los bailes de disfraces,
que sois hijos del desprecio.
Vosotros, compañeros, que mamáis del humo de los bares,
que os quedan colgando los pies cuando os sentáis
a miraros reflejados en las fuentes,
o a contaros que Caín se mueve por instinto.
Compañeros de sed, hijos del año en que nacimos.
Porque seremos saciados con sonrisas huecas,
bien podríamos ser todos
bienaventurados.
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