|
Cumple fríamente lo que le manda la señal, y, aburrido y sumido en sus calientes pensamenteos fríos decide seguir entre el calor de los automóviles en hora punta. Aún con los pies fríos, pero de sangre caliente como todos los hombres de sangre caliente, sigue andando y andando. Otro minuto. Pasan los segundos fríamente por el cálido mecanismo del reloj que enfría la muñeca suamvemente caliente. No siente que los aderezos fríos que lleva encima le calienten, pues están calientes, y por eso anda sin pensar en sus calientes pies helados. Así, absorto en sus gélidos pies, en los que ha congelado su mirada, y en el ardiente paso del tiempo se cruza, sin darse cuenta, con él, con él y sólo con él, frío, helado, congelado, pero ardiendo de ira y felicidad, calentito bajo su bufanda y sus orejas. Así le ve; se dirige hacia el frío paraíso del robo caliente. Allí va él, a abrir. Va él, pero fríamente pasa de largo sin percatarse.
|