REVISTA PARA HETERODOXOS — RpH
ISSN: 1697-2074 Número 2004-III. Septiembre-diciembre del 2004
http://www.heterodoxos.org/2004-iii/creacion/nlg.barri.es.html
Gili el que lo lea

Tonto el que lo lea
 Núria Llopis García: "Ático" (2003-II)  Núria Llopis García: Poemes (2004-I)
Tonto el que lo lea
NÚRIA LLOPIS GARCÍA:
“Barrio”
 
Cuento inédito.
Título del original catalán: Barri
Traducción al español: Emilio Batista Barcón
Tonto el que lo lea.

El barrio tiene más de cuarenta años, pero yo siento como si mis pisadas fueran las primeras. Al doblar la esquina me agacho y cojo alguna flor los días que el sol las abre. Florecitas blancas, rosas y moradas. Separadas unas de otras, una aquí, otra allá. Se puede oír romperse el tallo, como romper un pelo, o como la piel cuando te cortas con el cuchillo negro de la cocina. Con él me hice el primer corte, en el pulgar, me acuerdo todavía. Un zumo de naranja de otoño, naranjas ácidas, casi difíciles de comer de ácidas, y el dedo mal puesto en el mal sitio, y la piel que se rompía como el tallo de una flor y se volvía rojo intenso y claro. Una primera sangre de flor.
 

El barrio nunca nos prometía nada. Solamente íbamos de escalera en escalera. En la siguiente plaza siempre se veía alguna cosa prohibida, y la queríamos hacer porque está prohibida. Poco a poco. Es la forma de prohibir las cosas. Poco a poco las hemos convertido en nuestras costumbres. Sentadas por las escaleras con las manos negras de aplastar escarabajos rojos y ver pasar las bragas de las niñas de uniforme. Alguien decía que los escarabajos rojos eran malos. Los aplastábamos por eso. Aunque nadie nos lo agradeciera. Alguien nos decía que no se miraban las bragas de las niñas de uniforme. Saltaba un líquido marrón, sangre de escarabajo. Yo sabía que ese no era el color de mi sangre, ni el dolor de mi sangre, y sabía que mi sangre era ácida y amarga como la piel de la naranja y cómo serían las manchas en las bragas de las niñas de uniforme.
 

Los escarabajos rojos inundaban la primavera de escaleras entre las plazas que forman los bloques del barrio. Los peldaños y los niños en patines, en la plaza de arriba, y el pasadizo de los portales oculto por el seto delante de las escaleras, en la plaza de abajo. Allí viven los escarabajos rojos, en pequeños nidos en los recovecos de las escaleras, entre las plazas. Quien se cría en las plazas no sale nunca del barrio. Los niños terminan tapando su nido con palos, con piedrecitas, y el cosquilleo en la barriga anuncia un porvenir escrito ya desde siempre. Los zapatos de hebilla y la falda del vestido con calcetines blancos tejidos con la caligrafía de los augures. Era imposible volver a casa con los calcetines subidos y las rodillas sin heridas. Costras añejas.
 

Casi nunca pasa nada. Doblar la esquina y meterse en el portal, los dos peldaños, la tierra metida en la suela de los zapatos. En los primeros zapatos de cordones, un invierno con dedos torpes aún y una vergüenza de desear que no se desaten nunca, que se queden atados para siempre y nadie sepa, nadie crea, nadie piense. Todos se enterarían enseguida porque las ruecas que hilan las noticias giran más deprisa que la más veloz de las carreras por el tejido de callejones y plazas del barrio. Todas las terrazas y los delantales y las anchas cinturas y los geranios y las barandillas verdes de los balcones pequeños y las contraventanas verdes de chapa de las casas bajas y los vasos de vino y los abuelos en las mesas y el dominó y el toro del bar y todos miran la vergüenza de cordones desatados lo quiero así, porque no tengo miedo y si he de tropezar será asunto mío y sangre mía la que se derrame sobre la tierra. Vergüenza madrastra de todas las sangres que bañan esta tierra, sagrada de sangre vertida sobre ella.
 

La vergüenza. Los cordones desatados casi por orgullo y una rabia de ojos ardiendo y puños cerrados con fuerza. En el bar del Tomás, donde las banquetas no tenían barra para apoyar los pies y escalar hasta el asiento era una humillación primera, como tantas que vienen después pero vista desde más abajo, desde la estatura diminuta delante de las banquetas del Tomás. Subir a las banquetas con la bolsa de los cascos de las cervezas, con el vestido negándose a cubrir los muslos durante la escalada y los hombres del bar que observan y ríen. Con el dinero de los cascos apretado en la mano, sin desviar la mirada de la puerta, el acaloramiento se pasará con el sabor de la propina del recado bien hecho y en el instinto queda un primer poso que ata en una figura de tres vértices los hombres, el dinero y el desnudo.
 

Los geranios de las plantas bajas siempre amarilleaban, podridos de raíz. Sentadas en nuestra escalera apenas nos contábamos secretos. El silencio significaba todo lo que hacía falta. Nos callábamos horas y horas pero sabíamos tantísimo que nunca se nos ocurriría preguntar nada. Sabíamos de dónde salía la podredumbre de los geranios que desesperaba a las señoras con sus mandiles. Nos gustaba. Nos ocultábamos detrás de la esquina del bloque, donde cubrían además los arbustos, y dejábamos que el perfume de los orines tibios contra los geranios nos turbaran el sentido. El hermano de Raquel y los otros chicos, aquella fila de hombrecitos en miniatura orinando con la maldad más fresca contra los tiestos, contra las rejas de las ventanas de los bajos. Nos gustaba verlo. Esa pequeña porción de carne brillante, rosa y alargada, como pétalos grandes de flor. Y dejaban una humedad tan templada tras de sí. También sabíamos que el hermano de Raquel no se había caído de la tapia negra. Y el Tomás también lo sabía.
 

No teníamos secretos que contarnos. Lo que no sabíamos era nada más lo que no nos podía interesar. En la tapia negra sólo podían sentarse el hermano de Raquel y los otros chicos. Los de la plaza de arriba iban de vez en cuando a pelearse, con piedras y con cuchillas de sacapuntas. Aunque en realidad perseguían más las cicatrices de batalla que el territorio ajeno. Uno que era larguirucho y torpe se tropezó una vez y cayó al suelo y aquella tarde vimos un primer cuerpo desnudo y la piel brillante mojada por los orines de unos chicos bestiales. El hermano de Raquel orinaba con la fuerza del mar y por eso su figura había sobresalido siempre sobre la tapia negra. A mí no me importaba a veces que me sorprendiera volviendo a casa sola y me llevara al callejón del guardamuebles. No me importaba sentir que sus manos me tocaban. Sus manos manchadas de orines con las que sostenía su carne milagrosa.
 

Como un escarabajo rojo sujeto al suelo con un palo y con la crueldad de la fuerza mueve las patitas, se intenta liberar, y la piedad solamente, piedad por diversión, puede hacer cesar la tortura. Tampoco el hermano de Raquel se hirió cayendo de la tapia negra, como los escarabajos pueden caer desde una tapia y seguir camino, el hermano de Raquel con su milagro de carne para orinar como el océano podría caer mil veces de la tapia. Al hermano de Raquel lo aplastó el Tomás como un escarabajo y eso lo sabíamos nosotras. Raquel se nos había ido alejando desde su distancia de tres años hasta una distancia de años luz. Apenas se rumoreaba sobre ella, sobre ellos, sobre el Tomás y sobre ella. A su hermano lo aplastó el Tomás como a un escarabajo, y poco a poco fue desapareciendo de las plazas como si hubiese sido una marea que se retirase después de la pleamar. Otros pies hollaron la tapia negra y los geranios podridos siguieron poblando las ventanas de los bajos. Pero no olvidamos la firme dulzura de yema de dedos sujetando la piel palpitante y muda de su porción de carne, fina, delicada y agresiva como cascadas larguísimas de un río.
 

La admiración llegaba casi todas las tardes. Los chicos de la plaza con las rodillas eternamente heridas. Se acercaba a las escaleras y sin apenas palabras nos brindaba los últimos tormentos de su carne, una sangre rojísima de superficie, acostumbrada a salirse de su curso y mezclarse con el polvo sobre la piel. La admiración llegaba a veces sin heridas frescas que ofrecer y entonces la ofrenda llegaba de las uñas que abrían las costras más viejas. Entonces era sangre densa, oscura, negra. La admiración era una obsesión de sangre, una obsesión de carne, sembró más sangre en el barrio de la que nadie sembró nunca, regó más carne en el barrio de la que nadie regó nunca. Calladas. Mudas. Porque a ninguna nos hacían falta las palabras para entender qué nos pasaba en las entrañas.
 

Sólo una piedra virtió una vez casi tanta sangre. Una piedra volando, arriba, abajo, caían las castañas del árbol derrotadas por la piedra. Un vuelo de piedra, una lluvia de castañas. Un vuelo de piedra, un golpe sordo entre la lluvia de castañas, un dolor en la cabeza, manos llenas de sangre finísima y el uniforme manchado como nadie lo vio nunca. La admiración llegó con un pañuelo blanquísimo y unos dedos fuertes como dedos de hombre. Se llevó a la niña de uniforme con el pañuelo empapado anudado en la cabeza y dobló la esquina del bloque. Aquella cabeza ensangrentada, aquella brecha que regaba de sangre el cabello de la niña de uniforme dejó una huella tan profunda como los dedos de hombre, la admiración. La piedra pudo haber caído en otra parte, o pudo simplemente no haber caído, pero señaló la suerte y la envidia, ese uniforme de muslo generoso. Sin que las demás pudiésemos hacer más que seguir matando escarabajos rojos en silencio.
 

Los árboles de morera en época de gusanos eran observatorio obligado. Recolectábamos hojas para nuestros pobres gusanos, en sus cajas de zapatos agujereadas, gusanitos de seda malogrados trabajando en vano, nosotras mirando con cruel inocencia por los agujeros de las cajas, el hermoso trabajo de construirse un capullo y hacerse polilla y llenar una madrugada de huevecitos las paredes de la caja, huevos malogrados que siempre se secan con el primer sol de la tarde en la ventana del cuarto. Subir a los árboles de morera, ayudándonos unas a otras, empujándonos por las piernas en un paréntesis, un vacío de pudor para mirarnos, tocarnos, reconocernos unas en otras. Desde las ramas veíamos los juegos de la plaza y luego nos veían a nosotras y los chicos venían a asediarnos desde abajo, a ofrecer sus manos sucias de tierra para ayudarnos a volver al suelo, asedio de caballero en pequeño al que siempre cedíamos, tú no nos ayudes, sólo él, y todos los ojos se clavaban entonces en nuestros vestidos controladamente indominados y unas manos calientes de suciedad, excitación y orines en la pared se nos posaban en la carne y se nos clavaban en escalofrío y se nos encogía hasta el estómago. Era un pequeño triunfo concedido y después a veces nada más pensábamos en el tacto de esas manos y ni siquiera recordábamos dar la morera a los gusanos.
 

Desde las ramas de las moreras seguíamos a la admiración. Apenas había vuelto a sus juegos, a sus aventuras con los demás de la plaza. Parecía ensimismado con la niña de uniforme, unidos por la sangre, por un pañuelo empapado en sangre, por otra sangre más pequeña de otro dolor distinto. Fue la primera vez que sucedía este tipo de cosas. Aquellos paseos de la mano que mirábamos absortas. Fue la primera ausencia del barrio, a los pocos meses. Un camión pequeño de mudanza y una familia entera que abandonaba el barrio entre las murmuraciones. No volverían. Comenzar la vida en otro sitio. La familia entera. Todas sabíamos que había portales escondidos. Escenarios de primeros dolores que nunca se terminan. Escenarios de una vergüenza de dos que después es vergüenza pública. La cintura del uniforme se hizo estrecha para unos pechos repentinamente distintos de unos pequeños pechos adolescentes. Una vergüenza de barrio y un camión de mudanza. Era la primera vez que sucedía algo como aquello. Y quedaba una certeza. Aquellos dedos de hombre que anudaban pañuelos con fuerza sin miedo de mancharse de la carne y de la sangre.
 

Todos los años venía una verbena y todo olía a churros durante toda la semana. Al principio nos había gustado siempre la tómbola, los regalos llenos de color, enormes regalos que nunca nos tocaron sino solamente los más pequeños, inversiones de todos los ahorros para pequeñas bolsitas de caramelos, revenidos de humedad, de meses de estar almacenados. Los grandes altavoces de la tómbola cantando los premios y pulular de puesto en puesto. Los años iban haciendo de la tómbola un marco, un fondo, nos desplazábamos a la música de baile para curiosear e imitar a las muchachas mayores, que bailaban en grupos, bailaban ligeras y superficiales y nos hacían anhelar la curva de la cadera y los pechos emergidos definitivamente para marcar el paso de la frontera hacia la mujer que todas llevábamos dentro.
 

El juego del cortejo de los chicos mayores nos despertaba una excitación aún inconsciente y terminábamos por repartirnos en busca de alguno de los chicos de la plaza, o de los del hermano de Raquel, para que nos invitara a chufas, a tomarnos las chufas a su lado y alejarnos un poco en secreto hacia algún recodo más oscuro. Nunca me gustaba el hermano de Raquel en las verbenas, olía a primeras borracheras, repentinas y veloces, de hora de la siesta, de efectos que debían terminarse a la hora de volver a casa. Olía a muchas más chicas y besarme con él era como besarme con tantas de nosotras y en su lengua reseca de estómago de alcohol sentía las lenguas de tantas de nosotras y después tenía que lavarme la boca muchas veces para quitarme el sabor de tantas bocas. En las verbenas prefería siempre a Alfonsito, el murciano, que iba a la tapia negra con el hermano de Raquel, pequeño, serio y feo y de ceño entrecortado, que no me tocaba y no me besaba, como los demás. Alfonsito sólo me agarraba la mano y me llevaba en silencio y a escondidas siguiendo su intuición para descubrir enamorados. Espiábamos absortos a aquellas parejas escásamente mayores que nosotros, sin decirnos nada, sin mirarnos, hasta mucho más tarde de anochecido, y al separarnos para volver a casa yo deseaba en secreto que se echara sobre mí y hurgara en todas las partes de mi cuerpo, que se me erizaban incontroladas mirando a los amantes, y de camino a casa se me hacía insoportable hasta el roce del vestido, y en la oscuridad de mi portal me llenaba yo sola de placer porque de todos modos ya llegaba tarde a casa.
 

La primera verbena después de haberse ido del barrio la niña de uniforme tuvo por primera vez sabores nuevos y olores nuevos. Raquel había desaparecido por primera vez, teníamos por fin los deseados pechos emergidos. La admiración despertó un comportamiento bestial en nosotras. Ya no tengo recuerdos de la tómbola, de Alfonsito, sólo el baile y la búsqueda constante de la admiración con sus dedos de hombre, todos los chicos del baile como instrumentos para despertar la envidia. Fuimos fieras. Que huelen a sus presas y a sus enemigos y los atacan con la misma crueldad. Si no los someten, los dejan heridos de muerte. Las peores de las furcias llamando a la lascivia de los hombres ajenos. Los chicos que venían de otros sitios a pasar la tarde al baile. Las más mansas de las hembras que contemplan los lobos lanzarse a dentelladas contra el macho forastero que las ronda. No se debe violentar el territorio marcado. No se buscan las hembras de otras madrigueras. El olor a sangre llegó a ser tan intenso como el del aceite de las sartenes de los picatostes. En esos días la admiración se hizo aún más grande ante nosotras. Aquellos dedos de hombre fueron también los dedos de una bestia. Dedos de nudillos en sangre, de la herida de las víctimas de su furia, de la herida de la propia piel abierta de golpear cien, mil, un millón de veces al enemigo vencido.
 

Nadie sabía de dónde salió el cuchillo. Nadie sabe si el muchacho hubo de morir. La ambulancia se lo llevó a otra parte. La última noche de aquella verbena feroz nuestro silencio tenía los ojos puestos en un nombre solo, en unos ojos de hombre clavados en nuestras ingles con más furia que las uñas que se arrancaban las costras secas de los codos. Unas manos capaces de atar pañuelos con los nudos más fuertes. Capaces de hundir cuchillos hasta la empuñadura. Habíamos echado de menos a Helena desde el atardecer. Pero no era la primera vez que la echábamos de menos. No era la primera vez que iba con algún muchacho por dinero. Con los chicos de uniforme era rápido y sólo había que dejarse tocar por encima de la ropa y yo lo sabía también porque así nos comprábamos Helena y yo los cigarrillos. Con el Tomás, incluso después de lo de Raquel, nos vimos más de una vez medio desnudas en la trastienda, dejándonos tocar, tocando a veces, tan distinto de lo que conocíamos de los chicos de los geranios, de los chicos de uniforme, del hermano de Raquel. Yo sabía que Helena se veía a solas con el Tomás, y Alfonsito y yo reconocimos con ella en nuestros espionajes a algunos clientes del puesto de su padre. Helena llegó mucho después de irse la ambulancia, con golpes en la cara y un desgarrón en la falda que dejaba ver las bragas restregadas por el suelo y los arañazos de la carne de las piernas. Sabíamos de qué era capaz la furia de la admiración, un cuerpo forastero desangrándose con los calzoncillos bajados y otro ocupando su lugar entre las piernas de Helena con la violencia marcada en los ojos. Helena con la cara hinchada, amoratada, Helena con su vergüenza de verbena, vergüenza de nueve meses, vergüenza de por vida, vergüenza con dos padres, muerto y asesino.
 

El bloque de hormigón que siempre había estado en obras se convirtió de pronto en biblioteca. Nos reuníamos delante de la puerta a fumar y a ver pasar la gente, las horas, las semanas. A la biblioteca sólo entraban los del colegio de uniforme, los demás no podíamos encontrar en la biblioteca nada que la calle no nos diera. Entre cigarrillo y cigarrillo fingíamos que no mirábamos hacia la pared donde los chicos de uniforme salían a orinar, sin esconderse, haciendo grandes manchas, grandes ostentaciones. Algunas veces alguna no venía, no venía y sabíamos que estaba en otra parte, en algún rincón, y era una rabia enorme y un asco hasta la entraña, con la falda remangada y el olor del sexo resbalando entre los muslos abiertos y era un odio por ser ella y no nosotras, por haber sido más rápida ese día que nosotras, por entregar su olor y su placer a la admiración mientras nosotras fumábamos mordiéndonos los filtros y los labios de la rabia. La lucha por la admiración nos hacía verdaderos animales y en los encuentros con él todo era una explosión de prisa agigantada por los celos. Sentadas delante de la biblioteca vimos girar el furgón que un día vino para llevárselo, detenido, humillado, con la mirada de un gato mojado, y parecía que sentíamos que el mundo se iba a acabar, pero hizo una tarde de sol y nos sentamos en la escalera de la plaza, a la sombra, a pasar las horas, y por la noche, a la hora del placer, ni siquiera pensamos ya en sus brazos musculosos.
 

Después de la biblioteca, los chicos de uniforme se nos acercaban con sus carpetas y luego nos acompañaban a casa, al portal, y nosotras sabíamos que aquello era sucio y que nos despreciaban, pero habíamos aprendido hacía mucho, y así nos comprábamos los cigarrillos y en el fondo sabíamos que ellos se irían del barrio y allí nos quedaríamos sólo los que pertenecemos a él, por eso no nos importaba. Las chicas de uniforme nunca les dieron nada y ese era nuestro orgullo y no nos importaba qué pensaran de nosotras. Al callejón del guardamuebles me llevaba a veces a alguno, y todo transcurría sin disimulos, sin misterios, sin fingir que intentaba resistirme como cuando el hermano de Raquel me traía tiempo atrás. Y en el callejón nos lo encontramos muerto una mañana.
 

Tirado sobre manchas de vómitos ancestrales. Con las llagas de los brazos infectadas, con las costras de la piel supurando blanquecinas, delgado, consumido. El hermano de Raquel, el Tomás lo aplastó y fue saliendo de las calles y las plazas, y cuando volvió aparecía tirado en los rincones y pasaba las noches en bancos, en portales o en el suelo, tan joven, tan hermoso, como nosotras, la luz de las farolas brillando en la piel de su cara apoyada en las baldosas de la acera, brillando en sus ojos medio abiertos, enrojecidos, fijos y ausentes, y para eso empezó a robar y le buscaban animados por el Tomás para pegarle palizas, y una mañana lo encontramos muerto en el callejón del guardamuebles. Como un escarabajo. Aquello no era justo y nos mordíamos los labios de rabia y la rabia no nos dejaba llorar como queríamos. El hermano de Raquel, aplastadito, ahogado. Él, que tenía toda la fuerza del mar en las entrañas. La abuela, que los había criado a los dos, se marchó poco después. Algunas chicas del barrio se fueron poniendo enfermas y empezamos a saber que morirían de una muerte que encontraron buscando su placer en el océano de carne que ahogaba los geranios de las plantas bajas años antes.
 

Esa era la forma que tenía la desesperación. La admiración y el hermano de Raquel desaparecidos para siempre, unos vestidos anchos que ya apenas disimulaban la anchura cada vez mayor de mi cintura, mi cintura sembrada. Un monstruo en las entrañas, un monstruo que no tendría padre, de padre desaparecido, royéndome y haciéndome deforme, estirándome la piel, hinchándome el vientre, y tanta vergüenza, tanta vergüenza. Esa era la forma que tenía la desesperación, desnuda en la calle, con la sangre en las manos de la criatura de la admiración, con una aguja de punto en la otra mano, la aguja abriéndose camino suavemente hacia mi vientre, metiéndome la aguja con el pulso tembloroso y los ojos cerrados de miedo y de vergüenza y con lágrimas de miedo en los ojos y lágrimas de vergüenza, y un dolor de pronto, un dolor de chirriar de cristales, de cuchillos que rascan en el plato, y toda aquella sangre, terrible sangre chorreando a borbotones en hilos densos, oscuros, calientes, y hay que pedir ayuda con la poca voz que quede, con la mano entre las piernas queriendo sostener la sangre vertida, intentando tragar el dolor de hoz en el vientre, de hijo segado con hoz, y arrastrarse a la calle, pedir ayuda mientras las entrañas vomitan poco a poco la vida del hijo de la admiración, de mi hijo, de nuestro hijo, vomitaban mi sangre y yo me encogía de dolor y estaba desnuda en la calle para buscar ayuda, toda la escalera ensangrentada, regada por nuestra sangre de hijo y de madre, el barrio viéndome los pechos crecidos de madre e inflamados de muerte de hijo, viéndome sangrar encogiéndome, apretando las piernas, tapando con la mano el camino a la sangre, a la sangre de mis entrañas, vomitando hasta secarse, mis entrañas vacías, secas para siempre, rotas por la aguja, desnuda y humillada y todo el frío de desnudez de otoño, mis rodillas juntas y apretadas llenas de sangre, de mi sangre, de nuestro hijo destrozado, y mi piel en sangre, humillada, mi piel helada, helada para siempre, desnuda para siempre.
 

La vergüenza que es la forma de vida de este barrio, mi vergüenza. De madre secreta, desnuda y asesina. Recojo las flores de la primavera porque así disfrazo mi desnudez de años porque quien ha gritado su sangre desnuda en la calle, con los pechos desnudos, con el cuerpo desnudo y en sangre, se queda desnudo para siempre. Al entrar con un ramito de flores recién cortadas en la mano, la sombra del portal me golpea la piel de las rodillas. Los portales siempre están fríos y erizan la piel. Son como las iglesias de los pueblos. Con sus ruidos de abanicos. Mis rodillas desnudas y el frío que sube entre las piernas. Una desnudez de flor, una desnudez de tallo, mis piernas. Recién salida de la tierra, con mi ramito de flores, con las entrañas secas.
 

Fuera corren y juegan los niños nuevos de la primavera, los niños que se arrancan las costras delante de las niñas, las niñas subidas a las moreras. Siembran el barrio de escarabajos muertos, hijos sembrados que dejó la admiración, hijos del Tomás, hijos de otros padres, que pertenecen al barrio porque lo riegan con su sangre en las rodillas como lo hicimos nosotros, nuestras sangres mezcladas que alimentan las pequeñas flores de primavera, porque nuestra sangre es sangre pequeña, como las flores. Todos los hijos del barrio, como nosotros. Nuestros hijos. Son frutos imposibles. Apenas manchas de pistilo.
 

 
Tonto el que lo lea.

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