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 NÚMERO 2004-III
Querido lector
Creación
Avulón
Vitrina
NÚMERO 2004-III: VITRINA  
REVISTA PARA HETERODOXOS — RpH
ISSN: 1697-2074 Número 2004-III. Septiembre-diciembre del 2004
http://www.heterodoxos.org/2004-iii/vitrina/vitrina.es.html
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VITRINA
Revista para heterodoxos — RpH
Septiembre-diciembre del 2004
Tonto el que lo lea.
 
Cine
Pablo Santoro | Madrid
 
Futuros alternativos

La Jetée (1962, Francia, dir. Chris Marker)
Alphaville (1965, Francia, dir. Jean-Luc Godard)
Brazil (1985, EEUU, dir. Terry Gilliam)
Tres heterodoxas películas de ciencia ficción que insinuaron en su momento nuevos caminos y líneas de fuga vanguardistas para el género cinematográfico, pero que parecen haber quedado finalmente como inspiración ineludible para otras obras igualmente disidentes o no alineadas.
 

La Jetée, quizá la más radical de las tres, es un mediometraje de culto del realizador francés Chris Marker, quien arma la película a través de fotos fijas que se suceden mientras una voz en off nos narra la historia. El relato parte de los recuerdos de un hombre obsesionado con una imagen de su infancia: la cara de una mujer en la terminal del aeopuerto de Orly, y el asesinato del hombre que la acompaña. Después de que la Tercera Guerra Mundial haya destruido París y forzado a los supervivientes a una vida en las cavernas, los científicos del futuro tratan de enviar al protagonista atrás en el tiempo, confiando en encontrar un mecanismo que sirva para invertir la suerte de la civilización. En el pasado contactará con la mujer de sus visiones, para iniciar con ella un romance que resultará fatal: es él mismo el hombre al que, en aquella lejana tarde de su infancia, vio morir. El círculo del Tiempo se cierra en torno al niño que asiste al espectáculo de su propia muerte. Terry Gilliam realizaría una especie de remake hollywoodiense de La Jetée llamado 12 Monos (1995), en el cual colaboró como guionista el propio Marker, más o menos digno pero que ni de lejos puede reproducir la oscurísima cualidad onírica de esta pequeña obra maestra, ni acercarse a la fascinación que ejerce la pausada sucesión de imágenes -y, entre todas, el rostro de Hélène Chatelain-.
 

Alphaville, una obra desigual de Godard rodada en pleno período de hiperactividad fílmica (estrenó 9 películas entre 1963 y 1966), narra un nuevo caso del agente Lemmy Caution, protagonista de una serie francesa de películas de aventuras popular en los años 50. Caution viaja a Alphaville, una ciudad-planeta gobernada totalitariamente por un super-ordenador llamado Alpha 60, que censura toda muestra de emoción y sentimiento entre los humanos; la muestra de algún tipo de emoción -como llorar a la muerte de la esposa- es castigada con la ejecución pública. Caution demuestra la imposibilidad de la represión absoluta del sentimiento en los humanos enamorando a la hija del científico que diseñó Alpha 60, con la cual huye tras asesinar a su padre, hacer enloquecer al ordenador y precipitar Alphaville en el caos. A pesar de la simpleza casi paródica del argumento y de ciertas demostraciones "vanguardistas" forzosamente envejecidas y embarazosas si se ha nacido después de 1960, la película de Godard resulta una original muestra de dislocación entre fondo (argumento) y forma (discurso fílmico), dando matices y tintes peculiarísimos a una mala historia de ciencia ficción. La cámara, que sin efectos especiales sólo cuenta con el París sesentero y un puñado de trucos de iluminación, inventa en sus inesperados giros y retorcidos encuadres una ciudad futura -y una manera futura de mirarla-. Y la visión de Eddie Constantine con el sombrero puesto, fumando incesantemente un cigarro tras otro, es a un tiempo risible, épica y nostálgica.
 

Brazil resulta la más cercana de las tres a una superproducción. Rodada por Terry Gilliam (ex componente de los Monthy Pyton y responsable de las secuencias de animación de The Monthy Pyton Show) justo después del extraordinario cuento infantil Time Bandits (Los Ladrones del Tiempo), Brazil implementó la desbordante imaginación visual que Gilliam ya había demostrado anteriormente sobre una sátira amarga y distópica de la Inglaterra thatcheriana. A pesar de su actualidad -o a causa de ella- la película fue un fracaso de taquilla, algo que ha compensado convirtiéndose en una película de culto de las que siempre encabezan las listas de lo mejor del género. Gilliam realizó aquí su mejor obra, una película magistralmente engarzada en la alternancia entre largas secuencias donde se narra la historia, que impresionan en su exhuberancia y ambición, y paisajes simbólicos que corresponden a las fantasías del (anti)héroe de la película, un burócrata kafkiano que, llevado por los acontecimientos, termina enfrentándose con la lógica del Estado -y pagando dolorosamente la osadía-. La imaginativa ambientación y el trabajo de los actores (el papel de Ian Holm como jefe del protagonista es antológico) acaban de redondear la película. Al igual que La Jetée y Alphaville, Brazil adopta un futuro terroríficamente similar al presente -incluso envejecido, más antiguo- que contrasta de manera intensa con las fantasías tecno-fálicas de la ciencia ficción mainstream. Estas tres películas desmienten esa pesadilla de efectos especiales y sonido THX, descubriendo caminos formalmente arriesgados con los que pensar el terror del futuro.
 

 
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