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Así se va alejando la esquina, quedándose atrás. Sigue, por el flanco izquierdo. Lee el frío cartel azul de la extrema fría final opuesta. Reconoce, echando humo por las orejas debido al haber tenido que pensar, el nombramiento de la parcela en la que se halla. La esquina se queda atrás, mientras llega ya al vado que tiene más cerca, y, mirando fríamente, osa apretar el paso y salvar con frialdad el desnivel y acabar cara a cara, amenazantes ambos dos, con el taller Glez. Abandona su puerta, ya que tiene los segundos contados. El tiempo pasa fríamente en su reloj. Sigue adelante, con la cabeza alta y la mirada templada enfocada hacia los horzontes perdidos. Tras la primera desviación producida por el primer cuatrorruedas mal situado, puede ver ya a lo lejos la casquería, aunque, cuando puede sentir los viñedos a su lado, se fija en dos figurines vestidos en tonos fríos que, en ese preciso instante, doblan el chaflán que forma el bajo, casi seguro con el mismo cálido fin que nuestro "mesié". Cuando consigue tomar de nuevo el terreno en el que se ha de haber, torna tontamente su camino a fin de no llevar una estúpida continuidad descendente que le alejaría del frío y tétrico objeto de sus andares. Sigue, con la cabeza alta y la mirada fríamente enfocada hacia los horizontes perdidos. Sigue.
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