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| REVISTA PARA HETERODOXOS — RpH |
| ISSN: 1697-2074 |
Número 2005-I. Enero-abril del 2005 |
| http://www.heterodoxos.org/2005-i/vitrina/vitrina.es.html |
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VITRINA
Revista para heterodoxos — RpH Enero-abril del 2005
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| Tonto el que lo lea. |
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Psicoanálisis
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Pablo Santoro | Madrid
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Los casos clínicos de Sigmund Freud desperdigados a lo largo de sus Obras Completas
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Obras completas publicadas en español por Amorrortu, y, más recientemente, por Biblioteca Nueva, aunque esta última edición sin los utilísimos comentarios del compilador inglés James Stratchey. También se pueden encontrar algunos casos en bolsillo en la Biblioteca Freud de Alianza Editorial.
Hace años leí un artículo del perspicaz Juan José Millás a propósito del caso del Hombre de los Lobos, un paciente de Freud sobre el que éste escribió una monografía. En ese artículo Millás consideraba el estudio como una de las mayores obras literarias del siglo XX, algo que resultará sorprendente a cualquiera que haya accedido al pensamiento freudiano a través de aburridas clases universitarias o simplificadoras diatribas contra el creador del psicoanálisis. Pero, tal y como aconsejaba Millás, aproximarse a Freud como un literato antes que como un pensador es una empresa absorbente y fascinante, que bien merece dedicarle un mes o dos. El mejor camino para ello es leer los diversos casos clínicos dispersos a lo largo de sus obras completas, y la mejor aproximación, creo, concebir la escritura freudiana como un sub-género de la novela negra, una variante del género detectivesco desarrollado en la literatura anglosajona (Poe, Conan Doyle, Agatha Christie) aproximadamente por las mismas fechas en las que Freud construía su teoría.
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El culpable al que Freud, transmutado en sagaz detective, persigue con una persistencia casi obsesiva es un fantasma. El fantasma del niño-bestia, las ruinas psíquicas del amasijo incontrolado de instintos que cometió el crimen originario de la infancia. Cada caso comienza con un misterio -una neurosis, una esquizofrenia o cualquier otra patologia psíquica- que demanda una respuesta: una acusación. Freud nos narra la historia del tratamiento, y el progresivo descubrimiento de indicios: sueños, errores verbales, reacciones desplazadas, asociaciones libres, elementos todos que han pasado por alto tanto el afectado como anteriores detectives-psiquiatras, elementos que todos antes que el psiquiatra vienés han considerado secundarios. Con estos residuos Freud construye un lenguaje, una gramática del inconsciente en la cual resulta posible engarzarlos y darles sentido. Lo que aparece invariablemente es el relato de una caída. La reconstrucción de lo que, respecto del caso del Hombre de los Lobos, llama Freud la "escena originaria" -en esta ocasión, la contemplación traumática de un brutal coito de los padres a la tierna edad de un año y medio- es el objetivo final de la indagación, pues ilumina desde los barros del pasado los lodazales del presente y consigue de esta manera la catártica curación del paciente, que ha reprimido el recuerdo a lo largo de toda su vida.
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Cada uno de los casos es fascinante, y las colecciones de imágenes que en ellos se contiene va mucho más allá ? y en una dirección bastante más interesante ? que las boutades del surrealismo. Los casos del Hombre de los Lobos y el Hombre de las Ratas juegan con inquietantes asociaciones entre imágenes animales y la estructuración sexual del cuerpo, especialmente con la analidad. Las Observaciones psicoanalíticas sobre un caso de paranoia, autobiográficamente descrito (Caso «Schreber») analizan la bizarra autobiografía de un diputado alemán que, atacado en su madurez por una esquizofrenia, cree que un peculiarísimo Dios le ha elegido para concebir una nueva raza humana, y que por ello su cuerpo está cambiando de sexo y preparándose para fecundar. La mitología schreberiana alcanza cotas más altas que las mejores pesadillas teológicas de la ciencia ficción de Philip K. Dick. Otros estudios también rebosan hallazgos: el Análisis de la fobia de un niño de cinco años (Caso «Juanito») adopta un punto de vista naturalista, que puede pensarse cercano a El pequeño salvaje de Truffaut, para narrar el día a día de un niño de cinco años y su descubrimiento del sexo y el mundo. Dos trabajos con pacientes del pasado son asimismo interesantes. Una neurosis demoníaca en el siglo XVII, muy breve, nos cuenta los pactos con el diablo de un pintor fracasado. Un recuerdo infantil de Leonardo da Vinci psicoanaliza al genio renacentista a partir de la mención que éste hace de pasada a un extraño recuerdo de su infancia de contenido inequívocamente fálico ("Parece que ya de antes me estaba destinado ocuparme tanto del buitre, pues me acude, como un tempranísimo recuerdo, que estando yo todavía en la cuna un buitre descendió sobre mí, me abrió la boca con su cola y golpeó muchas veces con esa cola suya contra mis labios"). Incluso La interpretación de los sueños puede leerse como los prolegómenos a un caso clínico, en el cual el paciente sería el propio Freud, pues son sus sueños los que analiza allí en mayor profundidad, mostrándonos su obsesión con el trabajo, sus ansiosas expectativas por conseguir el reconocimiento del psicoanálisis, sus deseos de lograr nombramientos, su miedo al antisemitismo, su terror a equivocarse... Las narraciones que Freud hace aquí de cada sueño son una muestra de su maestría literaria, especialmente El sueño de la monografía botánica, precursor de los cuentos ultra-breves de Monterroso: "Sueño que he escrito una monografía botánica sobre una especie de planta, y que la tengo ante mí".
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La escritura de Freud, fría, naturalista y precisa, proporciona una inmejorable guía por los pantanosos terrenos de las ruinas psíquicas. La terminología que utiliza resulta de una belleza nueva y radical. Las frases antológicas se multiplican. Una de mis favoritas: "Se comportó entonces como suelen hacerlo los niños a quienes se da un esclarecimiento indeseado. Se decidió en favor del intestino y en contra de la vagina, de la misma manera y por los mismos motivos por los que más tarde tomó partido contra Dios y a favor de su padre". El -y por los mismos motivos- convierte esta frase casi delirante en una genialidad. Y, por supuesto, el humor forma parte integral del proceso detectivesco, como muestra este final de párrafo perfecto: "La identificación del padre con el castrador adquirió sustantividad como la fuente de una intensa hostilidad inconsciente hacia él, acrecentada hasta el deseo de muerte, y también como la fuente de los sentimientos de culpa sobrevenidos a modo de reacción. Empero, hasta aquí su comportamiento era normal, es decir, similar al de cualquier neurótico poseído por un complejo de Edipo positivo".
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Cúal un Sherlock Holmes vienés, otro ilustre detective y toxicómano, me subyuga pensar en Freud, escribiendo de noche después de la ya agotadora jornada laboral en su consultorio, bajo una breve luz de gas, con las pupilas dilatadas por la cocaína, capturado por los entresijos de la vida infantil de uno de sus aristócratas clientes. Sustituyendo sus propios sueños -se rumorea que no dormía más de cuatro horas- por los delirios oníricos de otros, tratando de darles un sentido. Soñándonos quizá a todos nosotros, como un bondadoso y cocainómano Rey Rojo.
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