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 NÚMERO 2005-II
Querido lector
Creación
Ensayo
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Vitrina
NÚMERO 2005-II: ENSAYO  
REVISTA PARA HETERODOXOS — RpH
ISSN: 1697-2074 Número 2005-II. Mayo-agosto del 2005
http://www.heterodoxos.org/2005-ii/ensayo/fah.el_mal_en_los_tiempos_del_riesgo.html
Gili el que lo lea
Tonto el que lo lea
 Fernando Ampudia de Haro: "Experto en mí mismo" (2005-I)
Tonto el que lo lea
FERNANDO AMPUDIA DE HARO:
“El mal en los tiempos del riesgo”
 
Ensayo inédito.
Tonto el que lo lea.

El Mal ha sido rebautizado por enésima vez. En la actualidad responde al nombre de Riesgo, denominación que con fortuna se ha instalado entre pensadores y analistas de nuestros días. Así, en términos de riesgo, se han escuchado interpretaciones sobre acontecimientos que en mayor o menor medida han afligido, preocupado y afectado a diversos grupos humanos: escapes radioactivos, desastres naturales, sangres contaminadas, epidemias o atentados. Así, desde Chernobil hasta Nueva Orleáns no es extraño encontrarse con argumentos que hagan de la noción de riesgo su piedra angular. Sin embargo, dicha noción no es más, a mi juicio, que una reformulación de la noción de Mal, presente aunque con variadas nomenclaturas a lo largo de la historia. Y pese a las múltiples denominaciones, entiendo que sigue siendo una noción inaprehensible para el ser humano: el Mal no pertenece al terreno ni de la objetividad ni de la subjetividad sino que, como término, ilumina la incertidumbre ante lo extraño, lo misterioso, lo pavoroso; eso que el ser humano experimenta hasta quebrar la cohesión individual y social. El concepto de riesgo es una tentativa racional de embridar el Mal para hacerlo comprensible y gestionable en las sociedades actuales. Sin embargo, como creo, no termina de conseguirlo.
 

¿QUÉ ES EL RIESGO?

Como instrumento de análisis, fue propuesto por Ullrich Beck en su texto La Sociedad del Riesgo. Podría definirse como la contingencia o proximidad de un daño a resultas de una decisión. Beck hace suya esta definición para hablar de la sociedad actual como sociedad de riesgo. La sociedad industrial confió a la ciencia y la técnica la conjura de los peligros que pudieran cernirse sobre los hombres. Hoy en día, ciencia y técnica son ya causas de riesgo y anticipan amenazas que, de concretarse, podrían tener efectos irreversibles, quedando en entredicho el destino biológico del ser humano. Ciencia y técnica han puesto sobre la mesa posibilidades como la clonación, la manipulación genética, el control del medioambiente o la conquista del espacio. El proceso de industrialización desata un conjunto de amenazas que, a la vez que pretenden ser encauzadas, revelan cómo el hombre ha generado las condiciones que posibilitan su propia destrucción. No es tan disparatado afirmar que vivimos hoy una coyuntura global que pone en solfa la presencia de la vida humana en la Tierra.
 

¿CÓMO ENFRENTARLO?

Referirse al Mal como Riesgo presupone que podemos predecirlo, calcularlo y gestionarlo. Así, se admite que, como tal, no es eliminable, pero sí manejable. Estrategias como la previsión, la prevención o la precaución se conciben como formas de manejo para hacer de él algo normal, corriente y ordinario. El riesgo como versión normalizada del Mal ofrece la oportunidad del cálculo probabilístico y de la cuantificación e identifica como su origen la organización social de los hombres. Los hombres y sus decisiones son la veta originaria de la malignidad. Por lo tanto, si atendemos a los procesos sociales de tomas de decisión, nos hallaríamos en condiciones de gobernarlo. La interpretación del Mal como riesgo queda del lado de una concepción del Mundo como universo inteligible y descodificable para la razón.
 

¿QUÉ ES EL MAL?

Complicado interrogante. Puede conceptualizarse como ausencia de Bien, como imperfección, como perturbación del orden, como azar desfavorable, como desmesura, como pecado, como rebeldía humana frente a Dios. Al menos así ha venido haciéndose hasta hoy, cuando se ha acuñado la noción de riesgo para nombrarlo y caracterizarlo. Con todo, la posibilidad más inquietante es la que maneja la existencia real y efectiva del Mal como ser que corrompe sin actuar, simplemente estando y tomando la cualidad o perfección de aquello que destruye. Es ésta la posibilidad que repugna y espanta a los hombres. De ahí también derivan los continuos intentos por nombrarlo y caracterizarlo con el propósito de desvelar su enigma y opacidad. Sucede que, con la noción de Riesgo, se obvia esta última posibilidad. Es lógico que así suceda, puesto que entramos en terreno en el cual la razón enmudece. La literatura sí que ha contemplado esta posibilidad: El corazón de las tinieblas de Conrad o Los hermanos Karamazov de Dostoievsky son ejemplos válidos de esto que digo. Recientemente, lo maligno reverdeció laureles cuando se nos habló del eje del mal. No deja de ser una retórica curiosa hablar del Mal y del Bien hoy que se ha desactivado el lenguaje y se lo ha revestido de asepsia. Pero se trata de eso, de mera retórica, máxime sabiendo que vino de quien vino. Porque si algo es el Mal, sospecho que poco tiene que ver con aquello.
 

¿Y QUÉ HAY DEL MAL HOY?

Comoquiera que se llame, el Mal es la expresión más profunda e inextricable del fenómeno humano. Escapa a una reflexión objetiva, serena y matizada y termina por aparecer como territorio vetado al conocimiento del ser humano. Con todo, me arriesgaré a realizar algunas consideraciones en torno a la cuestión. Si nos decidimos a hablar del Mal en la actualidad, ¿qué rasgos podemos atribuirle? Se me ocurren los siguientes:
 

El primer rasgo distintivo del Mal es la virtualidad de las catástrofes que con frecuencia se nos anuncian. Aunque muchas de ellas han llegado a concretarse, lo cierto es que un número importante de ellas nos amedrentan más por la inquietante sombra que proyectan que por su concreción definitiva y tangible. Conocemos los peligros de armas mortíferas en manos de dueños promiscuos e intereses facciosos. La catástrofe no termina de desencadenarse y la guerra nuclear, paradigma de la debacle, contrasta con la realidad de guerras localizables y activas en determinados puntos del planeta. Que la catástrofe sea virtual reposa en el hecho de que existan mecanismos de destrucción —misiles, virus o agujeros en la capa de ozono— sin que acabe de desencadenarse el cataclismo definitivo. Esa virtualidad nos obliga a vivir con la inminencia del peligro y a ejercitar la imaginación pensando en el desastre inimaginable.
 

El segundo rasgo no puede ser otro que su propia irrealidad. La falta de concreción a la que aludía permite que esos mecanismos de destrucción se asemejen más a fantasías mortíferas que a medios efectivos de aniquilación. Que la catástrofe no advenga pone en tela de juicio el estatuto de realidad de las propias amenazas. El Mal aparecería desprovisto de entidad toda vez esa amenaza no llega a materializarse.
 

El tercer rasgo guarda relación con su deslocalización geográfica. Los acontecimientos intempestivos se ceban con el sexo, la salud, las conexiones informáticas, la comunicación, el abastecimiento, la seguridad... todos ellos elementos transversales a las sociedades actuales. De este modo, parece imposible que todo comience de nuevo cada mañana tras el aciago día anterior. Tras el inmenso gasto de energía —en un sentido amplio— cuyo abuso parece aproximarnos a la catástrofe, parece haber siempre más y más energía. La energía de la catástrofe no se agota y los mismos que intentan alejarnos de ella emprenden acciones que de nuevo nos ponen en su camino. La complejidad, la imposibilidad de disponer de todos los datos y el desconcierto de las acciones que se entrelazan bien pueden convertir la energía benefactora en esa energía catastrófica.
 

El cuarto y último rasgo alude a la perversidad del Mal. Nada más perverso que la energía de la catástrofe naciendo de la energía benefactora. La intervención en los problemas mundiales a menudo termina por demostrar que la voluntad individual y colectiva para corregir el estado de las cosas es continuamente sobrepasada. La perplejidad que esto provoca conduce a la risa cuando las acciones del hombre alcanzan resultados contrarios a los previstos como deseables. Si lo que se pretendía inicialmente era proteger y lo que finalmente se consigue es la destrucción, la risa sobreviene como consecuencia de esa devastación por motivos contingentes. La destrucción no respondería a razón necesaria alguna; lo que se destruye, desaparece revelando al tiempo lo insólito de su aparición. Lo que ha desaparecido o ha sido destruido es ahora objeto de duda intelectual: presuponíamos una existencia y una estabilidad que se han desvanecido. Debemos administrar un caudal de terror cuando comprobamos que lo destruido o desaparecido nunca tuvo la naturaleza que le atribuíamos.
 

(IN)CONCLUSIÓN

El concepto de riesgo no demuestra capacidad suficiente para normalizar el Mal; para hacerlo comprensible y aprehensible. Al contrario, el Mal, sin llegar a saber exactamente de lo que se trate, consigue que emerjan las dudas acerca de la naturaleza humana, del sentido de nuestros actos, de la pertinencia de las decisiones. Traza una brecha entre lo factible —lo que podemos hacer— y lo que acaece —lo inesperado, lo terrorífico. La noción de riesgo trata de que esa brecha no suponga un enigma. No pretende eliminar el Mal, sino tan solo gestionarlo. Procura embridarlo, mas no siempre lo consigue. El Riesgo representa y sintetiza el Mal en las sociedades actuales a la vez que se erige en la nueva etiqueta de un fenómeno asido a la más honda e inmemorial experiencia humana
 

 
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