REVISTA PARA HETERODOXOS — RpH
ISSN: 1697-2074 Número 2005-III. Septiembre-diciembre del 2005
http://www.heterodoxos.org/2005-iii/creacion/ph.lumeton_aika.es.html
Gili el que lo lea

Tonto el que lo lea
PAAVO HAAVIKKO:
“Tiempo sin nieve”
 
Narración publicada en 1964
Título original finlandés: Lumeton aika
Traducción al español: Emilio Batista Barcón
Tonto el que lo lea.
1

El otoño fue bonito durante el mes de septiembre, despejado y cálido como una mujer de cierta edad. Cuando los vientos empezaron a cambiar, era que ella intentaba acordarse de algo, que estaba buscando algo, que sacó unos papeles y empezó a leerlos. El otoño empezó y dejó a medias muchos vientos. El otoño de Helsinki es una mezcla de semanas de muchos otoños, un oportunista, mientras el mar sigue estando abierto. Los años, mi vida, las flores, los frutos. El 24 de octubre, cuando se inauguró la exposición conmemorativa del centenario de las colecciones del Ateneo, estaba fuera de Helsinki, de regreso de un lugar del que no hay razón alguna para seguir hablando, pero, cuando en noviembre fue la fiesta del 90 aniversario de la Ópera de Finlandia, me reservé esa noche y fui con Palaga.
Un día fui a la exposición del Ateneo, que Palaga había dicho que quería ver.
— Tengo que volver ya para acostarme.
Me desperté, seguí un momento en la cama, Palaga dormía, era martes. Me levanté. Los zapatos, que había dejado en el suelo delante del radiador, estaban mojados. El radiador, frío. Ponte los zapatos negros. Al otro lado de la ventana hay una rama de un árbol. He vivido aquí diez años, tenemos dos habitaciones, un piso compartido del que tenemos dos habitaciones, baño, y en esta habitación también una alcoba. Ésta da a la calle, a Bulevardi. Debajo de la ventana está sujeto con un gancho un cable de sujeción de la catenaria del tranvía. Tomo té.
— Ponte los zapatos negros —dice Palaga.
Los coge del armario y empieza a cepillarlos.
— Vuelvo mañana o el jueves, pero no me esperes.
Me voy. Da tiempo a ir a la farmacia. Subo calle arriba, está en la esquina. Allí está esa mujer en la treintena, tranquilamente una veintena de años más joven que yo. Hoy ya se ha despertado, se ha levantado, se ha lavado, se ha vestido, ha desayunado, ha venido hasta aquí. Se aparta con la mano el pelo que le cae sobre la cara, casi igual que una señora en la peluquería se mete tras la cortina hecha de filas de cuentas de madera. Y ésta hace el mismo movimiento para los dos lados, levanta un poco la cabeza como soplando hacia la frente. De cierta manera, la pelvis le hace también el mismo movimiento cuando va detrás del mostrador. Lleva zapatos bajos, se tiene que agachar, y tiene la voz grave.
Tiene la piel clara, en el labio superior una línea de fino vello oscuro. Estira el cuello, levanta la cabeza.
Pasa aquí muchas horas al día, y, al final, su vida.
— Gracias.
En la calle, el aire huele a bacalao, es algo nuevo, y no es bacalao, es perfume. Diciembre. Las cosas, hasta este momento del día, son aún más insulsas que una taza de té recién levantado. En el bolsillo llevo un folleto doblado en el que dice que la salida hacia Turku es a las 8.45, que los coches salen de delante del Ministerio de Cultura, que se hace una parada en Salo y que la llegada es a las 11.30. El almuerzo que nos ofrece la ciudad, a las 12.30. Inauguración del monumento a la Defensa Costera organizado por el Regimiento de Defensa Costera, que representa a un piloto de los tiempos de la guerra de Crimea, inauguración de la exposición de su autor, el artista Kaitila, cena para los invitados.
El programa empieza nada más llegar al ministerio.
Väisälä ya ha llegado cuando voy a su despacho.
— Buenos días.
— Buenos días —responde—, así que ya has llegado.
Está totalmente ensimismado con sus papeles. Cuando viene la señora Mäkihannu, Väisälä dice:
— Vaya peinado indecente que nos lleva. Y madre de tres hijos.
— A que sí —dice la señora Mäkihannu juguetona, y da una vuelta, alta como un hombre, falda estrecha hasta la rodilla, a la altura de las corvas, ayer fue a la peluquería a ponerse guapa, y por eso se ve dura, consumida, seca, acabada.
— ¿Y cuántos días dura? Sería un desperdicio si no estamos nosotros para admirarla.
— Que se diviertan —dice la señora Mäkihannu.
— Nosotros no nos atrevemos a desearle lo mismo.
— A saber lo que se me ocurre cuando me quede aquí sola sin protección.
Väisälä se sienta en la mesa, apoyado con las manos, con cuidado de no desordenar los papeles. Cuando nos quedamos solos, dice:
— Huhtanen por fin se ha vuelto senil. Es incapaz de decidir nada.
— ¿Otra vez?
— No, es que está empezando a ser muy molesto.
Es hora de irse.
Los coches están ya en la puerta, chóferes conocidos a su lado. Nos saludamos con la cabeza.
— Hola —digo a los que ya han llegado, y a los que llegan; también vienen. Conozco a casi todos.
Esperamos. Me echo hacia la pared cuando pasa gente, van al trabajo. Kaitila llega con su joven mujer en un taxi que se para al final de la fila de coches. La falda estrecha de la señora recorre con dificultad el trecho de allí aquí. La mujer habría querido, está claro, que el taxi hubiera seguido hasta delante de la fila, que se hubiese detenido delante del coche del ministro, con lo que habría bajado justo delante de la puerta principal. Seguro que sí. Los saludo. Väisälä viene también. La señora Kaitila es la única mujer, excepto dos o tres periodistas que van en el último coche.
El ministro sale por la puerta, vamos a los coches.
— Vamos yendo a los coches.
El ministro, los Kaitila y dos funcionarios van al coche grande, cinco personas, un coche de siete plazas.
— ¿Dónde está la señora Qvintus?
— La señora Qvintus está enferma y no viene.
Qué habrá querido decir eso, pienso. Ella iba en el coche del ministro. El coche se empieza a mover. Cinco coches. El coche del ministro, este coche, los representantes de la comisión de monumentos, tres, el coche de la prensa, cuatro, el coche de la asociación de escultores, que seguro que no corre por cuenta del ministerio, sino que lo han montado ellos mismos. Yo voy con Väisälä en el asiento de atrás, el tercero atrás es Niemi, un chico alto que acaba de terminar sus estudios, licenciado, que estuvo en servicios especiales durante el servicio militar y vino de allí al ministerio. Es joven, y todas las frases salen con naturalidad cuando él está, escucha con muchísima atención.
Saco un periódico de Estocolmo de la cartera. Han condenado en Alemania Occidental a un soldado a ocho meses de prisión por una novatada, empiezo a leer. El ministerio fiscal pedía que se impusiera a Raub una pena de un año de prisión, pero el tribunal lo consideró un poco demasiado riguroso. Lo han condenado a ocho meses. El alto mando militar ha llamado pocilga a la compañía, pero ha advertido de que los sucesos de Nagold no se pueden generalizar. Sigue en la página 26. He pasado rápidamente las páginas y me he leído el final. Me ha dado que pensar. Por qué se hizo público si se habría podido mantener perfectamente en secreto. Se ha mostrado que el ejército quisiera hacerse popular. Ha sido un mal presagio.
O como si el partido del gobierno quisiese hacer público con este asunto que la popularidad del ejército desciende, vaya usted a saber.
El humo que brota de lo alto de unas chimeneas redondas u octogonales se hacía rojo cuando le daba el sol.
Que todo lo que hay ahora sea actividad productiva, pienso.
Cogí otro periódico. Siempre he sido un lector asiduo de periódicos, y tengo buena memoria hasta lo irritante.
Me fijo en una noticia:
 


Los bufetes de abogados fueron legalizados sólo hace cinco años, cuando nuestro parlamento aprobó la ley sobre la abogacía el 12 de diciembre del 1958. Ésta se mostró ya en aquellos años ajustada a las necesidades y acertada, y así la posición de los abogados como órgano del derecho se ha hecho más clara que antes en el seno de la ciudadanía, dado que en esta ley se han incluido minuciosas disposiciones acerca de la denominación profesional de los abogados, los requisitos, las licencias necesarias para el ejercicio de la profesión y también sobre cómo debe desempeñar el abogado la tarea que se le encomienda.

 

Tuvo, en otras palabras, una gran aceptación y un gran provecho. Antes había lo que había.
El precio del tabaco sube. Yo no fumo. La ley de manutención de los hijos se reformará este año, decía el periódico. Me lo leí.
No des las gracias antes de recibir nada. Refrán finlandés. Ex cunno viene la gente. Refrán finlandés.
Doblé el periódico y lo dejé.
La influencia del clima costero del Báltico desaparecía ya aquí, en los árboles empezaba a haber una capa de nieve que parecía que iba a durar.
Estaban arrastrando con unos caballos unos troncos al lado de la carretera; un par de gruesos troncos oscuros en un trineo, salía vaho, los caballos, los hombres, las orejeras de los gorros bajadas, las cintas sueltas. Bosque, un país poco poblado en el cual difícilmente se llegaría a un total de dos millones si uno se pusiera a contarlos de uno en uno según se los va viendo, aunque naturalmente hay otro tanto. Y, sin embargo, en proporción cada mañana somos menos en el mundo que la tarde anterior, pensé, es como un embrujo. Cuando en ese momento miré por la ventanilla, en un día que era de los más oscuros, y más cortos también, del año, sentía que cada uno de nosotros, los que hemos vivido en este país, nos merecemos ya que escriban nuestra biografía.
Todos, porque somos tan pocos que cada Navidad ya nos hemos muerto la mitad, pensé.
Cogí el periódico, estaba entre la puerta y yo, sobre el asiento, y empecé a leer.
— Aquí nieva ya mismo.
Dejo el periódico. El segundo de los jóvenes, Tallgren, que va sentado delante, ha empezado a escribir algo en unas tarjetas que hay siempre en las mesas del ministerio. Productos de Tako. Seguro que son poemas, pienso. Hakonen conduce bien, da confianza, como siempre. Charlar con él es agradable. Un viejo veterano. Miro fuera. Ya enseguida llegamos a las montañas. Casas al fondo de los claros, y con qué lealtad siguen a las casas los tejados, vuelan siempre encima de ellas, como una tupida bandada de pájaros que no deja pasar la lluvia, y el bosque, confusión de abeto y abedul, es poco denso en el monte, ralo, las ramas de abeto como rayas oscuras.
Reinaba un tierno sentimiento hacia la maquinaria del mundo, funcionaba, y, si hubiese dependido de nosotros, algo se podía haber rechazado.
Después de un largo rato en silencio, Väisälä sacó unos papeles de la cartera y empezó a leer.
 

2

Acerca de mí hay siete líneas en la enciclopedia, sin foto. Tal vez muchos recuerdan además alguna otra cosa, yo no consigo recordar más que un par. — Yo no diría eso —dijo Kuusniemi en el 54. Yo no le veo la gracia, pero se morían de risa con ello. Tal vez sí la tenía. Pretendía ser una muestra de prudencia. Era reflejo de un tiempo en que también yo tenía que guardar silencio. Siempre he sido demasiado valiente. Nunca he sabido tener miedo. Tal vez por eso soy tonto. Sé que estos hombres jóvenes no saben nada de mí. Dependo de la gente de mi tiempo, y todos nosotros dependemos unos de otros, como familiares que necesitan pelearse, hablar las cosas entre sí, mientras que los demás no saben nada sobre ello. Con el paso del tiempo, esto te convierte en un viejo.
He visto gente miedosa, he hablado con su miedo.
— El que tiene miedo no se distingue mucho del oportunista que solamente ve las equivocaciones. El que ha vivido entre los años 44 y 52, sabe que muchas cosas que ahora parecen equivocaciones había que hacerlas. ¿Y no es que las equivocaciones, los errores, cuando se han hecho con buena intención, son en sí mismas soluciones acertadas que sólo el rápido desarrollo ha convertido en erróneas? ¿Y no es en realidad la crítica sin fundamento una crítica de este rápido desarrollo? Yo no veo una sola equivocación —dije—, aunque admito que hay alguna cosa que no habría que haber hecho. La historia no conoce alternativas —dije.
Hablaba con Juuti, del Tribunal Supremo, y asintió, y Väisälä, que estaba al lado, asintió, meditabundo, como si se tratara de alguna otra cosa. El ministro ya había hablado, la exposición estaba inaugurada. Estábamos de pie con las copas en la mano, entre las esculturas, en la sala de exposiciones. Väisälä se va.
Pensé un momento y dije:
— Estoy empezando a pensar que un hombre justo no escarba en los errores ajenos ni reconoce los propios.
Juuti siempre ha opinado eso mismo, y añade:
— Dilo, escríbelo.
Y se metió una aceituna pinchada en un palillo en la boca, que para ella significó la eternidad del norte, todo oscuridad que engulle.
Niego y digo:
— Este tiempo oscuro, este principio de invierno sin nieve, este tiempo sin nieve me deja sin fuerzas, a esta edad se empieza ya a notar.
— Yo también he intentado empezar a pensar algo en el sentido —dice Juuti— de lo que acabas de decir.
— Un año sin nieve, un tiempo de lealtad, me repito a mí mismo. Y en realidad no sé qué quiero decir con eso —digo.
Juuti ve algo detrás de mí, ve un general, el general Vällijärvi, que yo conozco ya desde hace años.
Intenta presentarnos a Vällijärvi y a mí.
— Voy a pasar dentro de nada al servicio del general —dice Juuti.
— Ah, ¿sí? —dice Vällijärvi.
— Esta vez tomo juramento, a primeros de diciembre debería ser —dice Juuti.
— Efectivamente. Bienvenido.
Vällijärvi ha perdido a su mujer, está viendo si está por aquí, y pregunta cómo estamos.
— Aquí estamos, criticando las circunstancias —digo.
— Vaya, tú también —dice, aunque había oído ya de mi propia voz, y lo sabía ya de todos modos, quién soy.
— Sí, esto es ya criticar las críticas —digo—, nunca es demasiado.
— De verdad que no —dice Vällijärvi.
Juuti está de acuerdo.
— O si es que nos estamos haciendo viejos...
— Sólo faltaría.
— Yo me tengo que ir marchando —dice Vällijärvi—, mañana siguen las maniobras. Ven a verlas.
Acepto con entusiasmo.
— Todavía me sigues poniendo firmes —digo.
— Tú lo has estado toda la vida, y no vas a dejar de estarlo fácilmente.
— Ya lo creo que es verdad —digo.
— Entonces, vente, y usted también, señor consejero —dice Vällijärvi.
— Yo no puedo, de ninguna manera, es una lástima —dice Juuti.
— Yo mañana estoy libre.
— Te pongo en la lista de los periodistas y así te recogen por la mañana en el hotel.
Digo dónde me alojo. Así conseguí irme.
Tallgren me hace un gesto con la cabeza cuando pongo la copa en la mesa. Cuando estamos solos, dice:
— Väisälä ha estado hablando de ti con Huhtanen. Las mismas cosas de siempre.
No me sorprende.
— Es algo tan desleal —dice—, ¿qué piensas hacer?
— En cuanto nos veamos —digo.
Veo a Väisälä, está con Kaitila y su esposa. En cuanto me acerco a ellos, Väisälä los deja.
Empiezo a hablar con Kaitila. Enseguida se le empezó a notar angustiado, se pasó un par de veces los dedos por el pelo, y dijo:
— Sí, los diseñadores gráficos, esos ahora están en un momento en que hacen siempre artículos para los periódicos, ensayos. No es total.
— Ya, ya —digo.
— Han conseguido que se les preste demasiada atención. Tantas veces es tan exagerado que enseguida empiezan ya a elogiarse a sí mismos.
La señora se quiere ir. El ministro ya se ha ido.
Palaga me pregunta muchas veces qué pienso decir sobre algo. No lo sé.
Väisälä aún no se ha ido. Pasa por aquí hacia la puerta cuando se va.
— ¿Cómo va el reclutamiento de escultores? —pregunto.
— Tenemos algunos muy jóvenes con mucho talento, parte de ellos estudiantes. Pero llegarán lejos —dice Kaitila.
— Ustedes no tienen las dificultades que tengo yo —dice alguien que acaba de llegar y que no conozco, ni Kaitila prácticamente, eso parece— como escritor, me veo en la situación de no saber elegir si escribir un libro en finlandés o en sueco, porque uso ambos sin darme cuenta de cuál estoy usando. Mi yo interior necesitaría hacer eso mismo, que las descripciones cambiaran de una lengua a otra así sin más, que para mí son una sola lengua, una y la misma, författaren e inte bara en människa utan många, levande o döda, en hel stad —continuó en sueco, como sin darse cuenta—. O de e så att om inte själva språket kommer mee i teksten så som den gör i mej, e romanen inte sann. Me gustaría escribir un pequeño libro sobre su exposición.
— Yo lo podría meter en la serie de publicaciones del ministerio de asuntos exteriores —dice alguien.
Så började de tala om boken som sku nu skrivas, fotona som sku tas, och av vem, om boken som sku översättas, publiceras, de su edición vars storlek man måste vidare diskutera såvida den inte var alltid densamma, om utrikesministeriets kulturavdelning, som inte sku ha nånting göra med bokens innehåll, men som alltid blandade sej i kulturministeriets utomrikespubliceringsavdelningens ärenden, o om allt y de ahí parte del sueldo podría no tener retenciones.
Väisälä viene, digo:
— Si yo me voy, entonces nos vamos juntos del ministerio. Piénsalo.
Me llamo Kuusniemi.
 

3

Kuusniemi fue en un todoterreno con los periodistas. El camino subía de un campo de cultivo al bosque. Enseguida se llegaba a un puesto de vanguardia, una parte del camino cubierta con redes, y a una barrera, la frontera entre la brigada y la división, y a la policía militar. La barrera se abrió hacia un lado. El todoterreno se adentró en el bosque. Cuando el camino empezaba a zigzaguear hacia abajo, alguien dijo que en la ladera había una batería antiaérea. Su misión era, además de la defensa aérea, disparar también contra cualquier cosa que viniera del cruce de caminos y estuviera en su campo de visión. Allí se juntaban dos caminos que venían de la costa, la posición que defendía la división. El todoterreno continuó el camino. A los lados había zapadores despejando puestos de vanguardia. Prosiguieron hacia el cauce del río a través del prado en pendiente, o era un campo ocupado por el aliso. Había zapadores allí tendiendo un puente de madera.
— Pausa —dijo alguien.
Bajaron a los matojos. Los pinos en la colina, como verdes instrumentos defensivos, armas secretas plantadas en la tierra.
Había llegado otro coche. De él saltó un suboficial que gritó:
— Fuera de aquí inmediatamente, aquí está prohibido detenerse. Eh, dónde está el conductor de este coche. Soldado, sáquelo de aquí.
El árbitro, un capitán, salió de otro coche y se acercó a grandes pasos, tenía un papel en la mano, y dijo con voz de barril:
— Suboficial, que no se detengan vehículos junto al objetivo.
El suboficial ordenó a un hombre correr colina arriba para detener la marcha ya allí. El hombre salió a toda prisa.
El avance enemigo sobre la colina había sido detenido por una fina cortina que había sido colocada para dificultarlo. Se esperaba que el atacante, al comprobar la dificultad de mantener la posición, intentase avanzar en dirección al interior. Pero el defensor también había aprovechado muy bien su tiempo, había concentrado sus tropas, reforzando sólo un poco la primera línea, a medida que habían ido llegando. La lucha frente a frente se podría desarrollar cuando se pudiera apuntar sobre las tropas del enemigo para destruirlas. El transporte, por la noche; de día, sólo el tráfico de mantenimiento habitual, su ausencia sería muestra de algún preparativo especial, de un ataque, dijo el capitán.
— Deja que se vayan —indicó el suboficial.
Cuando el coche hubo cruzado el puente, se encontró delante un camión con un carburador de madera, el transporte de correo. Se hizo a un lado del camino, se inclinó, dejó paso. Tras el sembrado, un abedul que crecía entre los abetos parecía que estuviese planchado, que fuese de dos dimensiones. Una tremenda bandada de cornejas saltó de los árboles y voló al barbecho, donde había postes vacíos. Ya había sido la siega. A veces la gente piensa cómo y de qué manera el estado congrega a casi todos los hombres bajo su bandera, pero a lo mejor ocurre que un hombre sano no soporta la presión del alma si no se le da algo que hacer, pensó Kuusniemi.
Ordenaron detenerse al coche delante de la tienda cuando el pueblo ya estaba a la vista.
— Se echa en falta caminar en este viaje —dijo alguien.
Entraron a la tienda. Fuera había un hombre con un abrigo blanco poniendo guirnaldas con una escalera por encima del escaparate.
— Buenos días —dijeron a las dependientas. Las chicas saludaron y esperaron atentamente a que pidieran. Esbeltas cinturas.
Kuusniemi compró tabaco y chocolatinas Fazer, dos manzanas y un paquete de pañuelos de papel.
— Nada más —dijo.
Pusieron al conductor, un soldado, a comprar con las chicas y sacaron una foto.
— Y también desearía los nombres de las señoras.
— Hertta Tamlander, con una eme.
— La señora Hertta Tamlander, y el marido también con una eme.
— Sí, y es el encargado de la tienda.
— Sirkka-Liisa Järvinen, Sirkka guión Liisa, y señorita.
El encargado entró por la puerta, pasó ante las chicas por el estrecho pasillo y entró al almacén.
No salió a la tienda, se sentó al fondo del cuarto y miró a través del cristal oscuro cuando el coche se marchó.
— Está bien llevar una tienda ahí, la casa y la comida, todo en el mismo sitio.
— Allí todo está siempre en el mismo sitio.
— Yo empiezo ya a tener hambre.
— Son las once.
Nunca se piensa en ello, pensaba Kuusniemi, esto hay que vivirlo ahora. El camino se estrechaba, se llenaba de baches. Cuando llegaron, el soldado fue a buscar al capitán Pitkanen. El viento soplaba entre los árboles, brillaba el sol, silbaba el viento.
Les dieron un guiso de patata y carne picada, aderezado con sal y pimienta, pan de centeno, una porción de mantequilla y queso. Comieron en el campo, había piedras, y arándanos. Cuántos pormenores hay en el mundo, personas también sin ir más lejos, pensó Kuusniemi, si se empezara por ellos, no se entendería mucho. Les trajeron la comida desde la cocina de campaña, que estaba protegida por los abetos, el humo se deshacía hacia las ramas. Tomaron el café de los oficiales y les dieron información. Lo nuevo era que parte de los reservistas habían sido llamados de las cercanías mediante el envío de convocatorias una vez empezadas las maniobras, como en una situación real sorpresiva, y se habían ido poniendo a las órdenes del comandante a medida que habían ido estando pertrechados, tanto policía militar como correo de campaña.
El capitán Pitkänen tomó su coche.
El camino se estrechaba, no había nieve, un camino de esta época del año, abruptos hoyos en el medio, dentro de cada hoyo siempre una piedra, no caída de ningún sitio, como si hubiera aparecido allí. El camino se había helado, su superficie había ascendido tal vez diez centímetros, y que la piedra seguía siendo la misma lo decía el sentido común. Estaba claro que se iba hacia algún sitio. El coche iba a poca velocidad, se estaba a mucha altura, lo que ahora era necesario. Era la villa de Kastalo. Salieron del coche. Caminaron. Llegaron a la parcela de una pequeña casa, o, dicho directamente, una cabaña. Los peñascos poblados de abedules, o de abedules y abetos, hacían que no se vieran las casas del pueblo.
— No tenemos mucho tiempo para esto.
Había tal vez treinta hombres sentados en dos grupos, en posición de descanso.
Era un grupo especial de la división, cuyo jefe era el capitán Pitkänen, dijo alguien.
A un grupo le asignaron una misión de reconocimiento; al otro, de destrucción. Tenían que cruzar las líneas enemigas en la oscuridad por sus propios medios. Les dieron dos horas de tiempo para presentar sus planes para llevar a cabo la misión. Es difícil, porque la zona es poco extensa, densamente ocupada. El enemigo se organiza en forma de brigadas. Son independientes en cuanto al abastecimiento, y tienen suministros como para poder luchar durante varios días incluso bloqueados. El capitán Pitkänen repasó rápidamente algunos asuntos insustanciales, y explicó los principios según los cuales actúa el enemigo. Sitúa la plana mayor de la brigada y el puesto de mando del batallón de abastecimiento en el mismo lugar.
— En la elección del lugar toma en cuenta, aparte de la red de caminos que tendría que ser capaz de proporcionar transporte en una dirección, también las posibilidades de defensa cercana.
El capitán presentó las misiones de los hombres del grupo de trabajo y el de defensa cercana; excepto la vigilancia, la misión de los grupos era la defensa de la zona.
— En caso de que se rompa el frente.
Explicó la situación comprobada del puesto de mando.
Los hombres tenían mapas en los que no se marca; en su lugar, se lo tienen que grabar perfectamente en la memoria.
Las viejas construcciones de la cabaña estaban a un lado del sembrado. El sembrado había sido un edificio. Entre el sembrado y los abetos, había una zona de piedras, seguro que habría sido una choza. Junto al sembrado pasaba la frontera, infranqueable. Dos habitaciones, una chimenea, dos ventanas hacia aquí, una sala de estar y una despensa, los ganchos del tabique interior se ven en la pared exterior. En el frontal había pegado un cobertizo o un trastero, los listones y tableros de su tejado, un trastero, un cobertizo a mitad de camino entre habitación y granero, orientado al sol hacia acá. Un granero, en el frontal hacia acá, y detrás seguramente una sauna. Sobre el tejado de la naveta había una cubierta roja y verde.
Todo estaba muy cerca lo uno de lo otro, y el gran abeto, que arriba ya estaba poco poblado y retorcido, sufría. Seguramente empezaba a dejar de llegarle agua a la raíz.
Las circunstancias de la propiedad de la tierra son una clave importante de la historia de este país, pensó Kuusniemi.
— ¿No es ya hora de que establezcamos conexión? —dijo Lehtinen en voz baja.
La hierba crujía en los pies, en los pinos, los brotes del año estaban oscuros, maduros.
Caminaron hacia el coche, Kuusniemi con zapatos bajos, con el sombrero de fieltro y el abrigo largo puestos. Se dirigieron hacia la carretera principal, la idea era conseguir asistir a la maniobra de ruptura del frente, que había de empezar a las tres. El coche iba dando tumbos por la carretera, el tiempo era ya justo. Era asombroso de qué manera el conductor sabía, a través del mapa, adónde había que ir. Tenía un mapa, en un ramal de la carretera pensó un momento, y después aprobó su idea.
Cuando por detrás empezó a oírse ruido continuo de explosiones de artillería y lanzagranadas, el coche se detuvo; pensó. Habría que oírlo desde delante. El soldado condujo con los intermitentes puestos doscientos metros hacia un lado, hasta donde había un promontorio. Una vez allí, giró el coche en el lugar cubierto por el parapeto de madera. Giró allí como si en ese punto hubiese una meta intermedia que hubiese que rodear, una especie de mitad del viaje. Empezó a enmendar el error. El coche se salió de la carretera y lo empujaron para volver a ponerlo en marcha. Volvió al camino marcha atrás. Se hizo arañazos, y ya tenía bastantes antes. El soldado giró hacia la carretera, en dirección al sol.
Dos soldados caminaban por la carretera. Detuvieron el coche y corrieron hacia él.
— Dónde es la guerra.
Era a tres quilómetros.
— Todo claro —dijo el soldado.
Nadie dijo nada.
El coche y el soldado se quedaron a un par de quilómetros del lugar de ruptura del frente, que era el espacio entre las brigadas 157 y 103 del enemigo. Kuusniemi iba con los periodistas. Dibujó una flecha en el mapa que señalaba la dirección del ataque. La ruptura del frente era en el extremo oeste del campo, desde donde salía el lecho de un arroyo donde crecían algunos abedules, como un pantano, a ambos lados amplias colinas donde crecían pinos. Cuando se miraba con los prismáticos, la artillería instalada por la división para utilizar en otra operación y los impactos de la artillería del regimiento a ambos lados del arroyo, se reconocía cómo los proyectiles iban a algún hoyo desde el que la explosión se elevaba como una estatua negra.
El segundo batallón del regimiento llevó a cabo el asalto por el norte del arroyo, según las órdenes.
El fuego de la artillería se dirigía a un área estrecha y se desvió después hacia la retaguardia y los laterales del lugar del asalto, adonde ya no se podía dirigir durante las maniobras cargas de fuego pesado. Sólo se señaló en el terreno. Casi al tiempo que explotaban las últimas granadas, el segundo batallón llegó a la posición del enemigo. Cuando se había avanzado en posición de asalto a través de determinada área, siguió el tercer batallón, que extendió el asalto al lateral. El bombardeo había sido tan eficaz, según las órdenes, que el segundo batallón casi se limitó a cruzar. En cambio, el tercer batallón se quedó atascado en las posiciones enemigas al intentar cargar sobre ellas desde el flanco.
Entretanto, el primer bat. del regimiento atravesó la brecha hasta lo más profundo antes de lo calculado.
Lo atravesó como desde una puerta que hubiera sido derribada y cuyas jambas fuesen los bat. primero y segundo.
El asalto transcurrió con rapidez y agilidad.
Ahora se introdujo por la brecha otro regimiento, que giró hacia el norte en cuanto lo hubo atravesado. El sentido de su movimiento era avanzar sin detenerse hasta la carretera, obstruirla en dirección a la costa y volver fragmentado hacia la línea y abrir el camino.
Volvieron al coche.
— Los defensores intentan atrincherarse en el campo.
Pero el atacante avanzaba sin preocuparse de los escondrijos. No se podía entretener en detalles.
Condujeron un par de quilómetros hacia atrás, más allá del cruce de caminos desde donde habían venido después de su odisea, y regresaron a la carretera principal. Kuusniemi seguía un mapa en que no salían todas las carreteras. El coche giró hacia la costa. Esta era la carretera desde donde se debía iniciar el ataque. Era esa época del año en que, antes de llegar la penumbra, la luz no lo cubre todo. Es un tiempo sin nieve a principios de diciembre. Delante se teñía de rojo el cielo, pero era cosa suya y el efecto no llegaba acá. Los andrajos de nieve en la tierra eran como a veces en abril, cuando la nieve huye hacia el norte por los bosques, ahora al contrario, reposaban en sus agujeros en la tierra, en sitios sucios.
Fueron hacia una carretera pequeña por la cual debía poder encontrarse la dirección de las maniobras. En el puente que cruzaba el arroyo, un teniente con aspecto preocupado vigilaba la subida hacia los cañones.
— Salude al teniente Kuusniemi, si lo ve —dijo Kuusniemi—, de parte de su padre.
— Sí, está aquí.
— Gracias, adiós.
Empezaba a oscurecer. El rojo de la parte occidental del cielo era fuerte como el de la pared de un granero, y se hizo negro. Hacer fuego estaba limitado a lo menos posible. Refrescó, hicieron fuego cuando era posible en hoyos alargados excavados en la tierra, en un extremo ardía el fuego, por el otro le entraba oxígeno constantemente. Por un lado estaban tapados con una cubierta abierta de ramas de abeto, debajo había ramitas de abedul. Era una instalación complicada, o al menos así parecía. Subía aire caliente del hoyo.
— No se ve ni por los lados ni por arriba.
La tropa pasó la noche a cielo abierto a causa de las maniobras.
Por la noche fueron a la escuela, donde habían instalado también un puesto de la agrupación de tropa y un locutorio telefónico.
 

4

Esa noche que pasó en la escuela fue para Kuusniemi una experiencia decisiva en tanto en cuanto esa noche visitó el más avanzado imperio de la apatía. Cuando se despertó por la mañana, en la clase, y miró fuera, vio allí bolas de nieve que se habían empezado a derretir, separadas unas de otras como a veces los dientes de los niños, esparcidos y pequeños. Tierra sin nieve, nieve sin tierra, pensó como los niños que invierten palabras. Tiempo sin nieve, tiempo oscuro. Tiempo oscuro, tiempo de lealtad. Principios de diciembre, viento débil, parcialmente nuboso o nublado, vientos templados del oeste y del sur, decían. Allí comprendió de pronto que ya tenía que haber más de esos que tienen alguna actividad digna de perdurar, de defender, que oportunistas.
Pasó cuatro días de viaje en lugar de uno solo, como estaba previsto, y en este tiempo llegó hasta Laponia.
No leyó periódicos en todo el tiempo.
Palaga estaba en la entrada.
— Huhtanen ha llamado preguntando por ti muchas veces.
— Ah, vaya.
Ahora Kuusniemi se enteró de aquello de lo que esos días sólo había oído ecos lejanos. La delegación del gobierno había llegado el martes por la tarde, en el tren nocturno, de modo que prácticamente nadie había ido a recibirla. A la mañana siguiente, la noticia sobre su llegada era pequeña, una noticia a una columna, del tamaño de una esquela normal. Pero ya a la mañana siguiente esa pequeña noticia empezó a crecer cuando se dilucidó que había venido con un programa claro. Su tarea no era encontrar un final, sino un principio. Se pudo ver que un gobierno puede estar diez años en el poder, tropezar con las críticas, y aun así renovarse. Eso ahora era otra cuestión.
— Hasta habría podido llegar el tren primero —dijo Kuusniemi.
Y lo hizo. La delegación del gobierno, cuyo partido había salido la misma tarde en una máquina extra para solicitar y entregar información, había vuelto sin haber hecho nada. Le invadía cierta alegría, quería recrearse en ello. Palaga no preguntó, se puso a preparar té, calentó el agua, puso té verde de Fuji que Kuusniemi había comprado en la embajada de China, o en su departamento comercial, sede de la sociedad fino-china, cuando estuvo allí. Había comprado mucho; hacía ya tiempo, y quedaba poco. Durante este rato, Kuusniemi fue al teléfono. Cuando el té estuvo listo, volvió y lo tomó.
— Porque alguien que no tiene experiencia tras de sí levanta siempre la voz cuando se queda a solas contigo, y habla de los errores.
Palaga asintió.
— Vamos a la ópera esta tarde —propone Kuusniemi cuando Palaga está saliendo a la compra.
— De acuerdo —asintió Palaga.
Kuusniemi salió antes de que Palaga hubiese vuelto. Llevaba un portafolio con papeles a medio terminar.
En la calle, de camino al ministerio, sintió que era el enviado de los bosques, los campos y las escuelas de la tierra del norte.
Fue al despacho de Väisälä.
— Qué hacemos ahora —preguntó Väisälä.
Lo dije.
Negaba con la cabeza, mirando hacia mí todo el rato, y me equivoco si digo que en su expresión había, además de tristeza, desilusión.
Tomé el teléfono y llamé por centralita y pedí audiencia con el ministro.
Conversé con Väisälä como con alguien a quien hay que dejar recuperarse, a quien hay que dejar hablar. Era hora de irse. Al final del pasillo había un ventanal, fuera caía nieve, grandes jirones, echándose abajo, era nieve, aguanieve, lluvia, nieve medio fundida, nieve, lluvia derramándose, era el mismo revisionista de siempre. No dejo de mirar la nieve que cae tras la ventana del despacho del ministro mientras hablo. Es más fácil hablar cuando hay algo que mirar.
A él le resulta fácil hablar, es un hombre educado que hace sentirse cómodos a los demás, un caballero.
— Se ha pensado en ti como secretario del comité de cultura del partido —dice.
Digo que soy miembro de él y esbozo una sonrisa. Digo:
— No sé. En los últimos tiempos siempre ha celebrado sus juntas cuando yo estaba fuera, de viaje o cualquier otra cosa.
Soy el único de él que trabaja a la vez en el gobierno. No lo digo.
Hablamos de la colocación de Väisälä y de Huhtanen.
— Propón un comité nuevo del que puedas ser secretario —dice.
— Así es como funciona esto —digo o pregunto de pasada, sorprendido, afirmando.
— Exacto. Hazme una propuesta de aquí a la tarde. Necesitarás un poco de información. Descuelga y llama a no sé dónde, dice que necesita un papel para quince nombres.
— ¿Cuánto tardas en hacerlo? Tráelo dentro de media hora y lo vemos.
Enciendo la luz roja de ocupado en mi despacho y me pongo a trabajar. Antes digo a la centralita que no acepto llamadas.
Estoy junto conmigo mismo cuando empiezo a trabajar.
Cuando le llevo mi lista, no es mi lista, es algo más, es la lista que ha hecho esta situación.
Creo que la está viendo. Pone su nombre abajo y de pronto la vuelve a repasar.
— Bueno —dice escuetamente, y se levanta.
Salgo. Busco el abrigo, salgo fuera. En la calle, se mojan los faldones y se notan en las rodillas. Ya estoy llegando a Esplanadi, mojado como un pájaro, contra el viento, paraguas por delante, la vista en el suelo. Oigo mi nombre. Es un conocido, redactor de la revista de la organización del comercio. Hola. Le llevo a una cafetería que queda de camino y empiezo a hablar enseguida. Pregunto si no conoce a algún hombre joven que pudiese ser adecuado para mi puesto. Nombra a un joven. No estoy de acuerdo, me atrevo a suponer —digo— que tiene nada más la relación necesaria con quien le propone y con el objeto.
Han empezado a criticar la producción, los llamados consumidores, pero quien es consumidor también es siempre productor.
— Son conceptos inseparables —digo—; la crítica, de lo que hay que hacerla.
— Ay, si nos escribieras una columna sobre este asunto para el periódico.
No se puede hacer un artículo de cada palabra, pienso.
— Pero piensa algún hombre adecuado —digo.
Promete pensarlo.
— Volvamos al tema —digo.
— Hacia dónde vas —pregunta.
— Voy para allá, al archivo de Katariinankatu.
— Ah, ya —dice, pero veo que no comprende, aún no, tal vez dentro de poco, después de recorrer parte del camino.
Siempre me ha gustado la arquitectura imperial de estilo Petersburgo del centro.
El archivo de la policía está en el primer piso. El conserje llama por el teléfono interno al licenciado Jaakko. Entro. Camino rápido. Me presento yo mismo. Es un hombre tranquilo, de mirada aguda, simpático y ágil, se ve claramente. Es sábado, pero eso no es impedimento. Aquí siempre se está de guardia, por supuesto.
— Usted dirá —dice.
Digo que tengo bastantes nombres en la lista.
— Eso aquí lo conseguimos rápidamente.
Le doy el listado firmado.
— Me gustaría ver también la información sobre mí mismo —le digo.
Piensa un segundo.
— Sí es posible, la pediré a mi nombre.
Le doy las gracias.
Cuando llego a la parte del archivo donde está la sala de lectura, me entregan todo. Trabajo concienzudamente. Las pulcras fichas actuales son continuación de las antiguas fichas de la Policía Central de Investigación de los años 30. Son fichas de cartulina amarilla. Sólo al hacerlo me di cuenta de que este trabajo no era formal, y por eso lo hacía concienzudamente. Está claro que estos asuntos importantes los investiga también algún otro, y si hay dos trabajos uno junto a otro delante del ministro, estas investigaciones son en buena medida una investigación sobre mí. Me concentré, y entonces me di cuenta de qué poco se sabe sobre la verdadera persona de la gente aunque esté cinco o diez años en el mismo ministerio. Me daba cuenta de qué estaba ocurriendo en mi mente: todo lo personal desapareció de mí, y era un investigador objetivo.
Tomo los nombres como nombres, miro qué se dice de cada cual, y tomo lo esencial.
Al terminar, tomé las fichas sobre mí. De los años 35 al 39 había ya cinco.
Abrí el dosier. Bien, allí estaba todo. Todo era incorrecto, como en una fotografía de hace 20 años. Dicho de forma inexacta, pero eso es lo que quiero decir. Es inexacto decir que abrí el dosier en el cual estaba mi nombre. Nadie puede abrir dosieres en los que está su nombre. Eso es imposible. Tuvo que suceder algo antes. En mí sucedió. Me volví completamente objetivo. Leí lo que había allí escrito. Estaba la década de los 30, el tiempo antes de los años de cárcel, antes de los años de exilio, y todo lo que había sucedido a partir del año 44 iba todo tan seguido que sólo ahora podía tomar aliento. El desarrollo histórico, pensé, es mucho más real que nosotros. Así es. Así tiene que ser. De otro modo, todo sería un sinsentido.
Y eso no puede ser.
Muchos han abierto este dosier sobre mí antes que yo, pensé, y escuchaba en mis oídos la voz del hombre que había escrito o dictado las cosas de los años 34 al 39. La voz refunfuñaba, falseaba, enredaba. Pero, aun así, oí que había minusvalorado mi relevancia en la actividad de aquellos años. Me parecía que esta vez el tiempo se había detenido a mi alrededor, lo podía percibir. Era en ese momento un hombre que ya estaba en el lugar antes del gran acontecimiento, no como los que nada más llegan mañana, igual que el periódico. Leí lo que había escrito sobre mí, percibía que yo existía cada vez más. El pathos de la inevitabilidad histórica me llenó la mente.
Cobré conciencia de esa sensación.
Llegué a la democratización del 1948, que había partido de tan poca cosa y había sucedido tan espontáneamente.
Pensé, recordé, respiré. Y enseguida llegó el año 52-53, la gran crisis, en que se agrietó la relación entre los dirigentes y las masas.
Ahora puedo decirlo. Ya lo puedo decir, pienso.
El poder, eso es una responsabilidad, pienso.
Pero todo esto es mi experiencia, y no se puede traspasar a otro, pienso.
Kuusniemi viaja siempre lejos cuando va a llegar alguna solución, y siempre regresa cuando empieza a esclarecerse la dirección, leí.
Levanté la cabeza y pensé. Podría decirse eso de mí, por qué no, aquellos años viví literalmente sobre ruedas.
Continué leyendo fríamente cuando apareció la señora Wallenius, leí lo que había escrito.
Había convertido en costumbre organizar mis viajes al mismo tiempo que ella viajaba. Del mismo modo que una calle simboliza un tiempo o una cosa, eso pasaba en los vagones de tren. Era nuestro modo. Al principio tenía que ser así. Después hacíamos un viaje a Tampere, en el tren nocturno, y volvíamos al día siguiente. Es difícil de comprender hoy, que hay muchas más viviendas. Pero la sección del coche-cama era como nuestro cuarto. Parecía claro, indudable, que alguien había seguido esos viajes. En efecto. La iniciativa, la sugerencia de investigar el asunto había partido del comité de control del partido. Era un procedimiento habitual.
En las grandes estaciones, el sonido que golpeaba las ruedas del tren en el frío probaba si estaban en buenas condiciones.
Tal vez sea como el que esa característica que hace al principio atractiva a una mujer sea la que la hace molesta cuando la historia se prolonga ya un tiempo.
— Tengo unos hombros muy bonitos. Aunque los tengo un poco encorvados.
Es su voz la que lo dice. Y nada más.
 

A partir de los comienzos del año 1953 ya no hay anotaciones acerca de los viajes.
Está claro que se controlan las acciones de una persona en mi situación, pensé.
Me fui a casa por el ministerio.
Caminé en calcetines por las habitaciones, y me parecía que estaba recordando algo. Estaba a punto de salirme.
Había llegado tarde el sábado. Palaga me empezó a hacer la comida hasta que llamé para decir que me retrasaba. Le pedí que exprimiera todo el zumo de una naranja de sangre y que le echara nada más un poco de agua. Llegué muy tarde, le dije a Palaga que me despertase al cabo de una hora. Teníamos ópera esa noche. Era en el edificio que está al lado del antiguo teatro ruso. Dormí, me salió a los ojos una rama de lila que florecía contra la pared de ladrillo. Pronto va a atardecer. Cómo es posible entonces que la lila esté ya en flor, pregunté. La rama se mueve contra la pared. Qué pared. Qué año. Sólo una pared.
Palaga me despertó. Y la vida es como el final del día después de una siesta.
— Vamos bien de tiempo.
Volvimos directamente de la ópera a casa.
Sonó el teléfono.
— Hola puedes dar mañana una conferencia aunque sea domingo, a las dos en mi casa.
— Un momento.
Fui a buscar mi agenda a la cartera, una agenda de médicos, con horas divididas en cuartos. Pasé las hojas con dedos torpes, las hojas vacías demasiado lentamente, desde el final de diciembre, donde había apuntadas cosas para pasar a la siguiente agenda, como Fondo de Cultura 28.2, Sociedad de Artistas de Finlandia 100 años Kalastajatorppa 20 h. Llego a la página de mañana, es día feriado, sólo tiene parte de una columna.
— No tengo nada —digo.
— Estupendo. Entonces a las dos.
A partir de aquí mi narración es historia. Fui a la ventana, miré a la calle, a la oscuridad, tomé aire, respiré. Este otoño, este tiempo sin nieve me había dejado sin fuerzas. Lo recordaré mientras viva. — Palaga —dije. Me apetecía hablar con alguien. Palaga está en el cuarto de baño. En la historia reciente había tiempos, cosas que recordaba con orgullo ahora que se podía decir que habían sido tiempos difíciles.
Dije:
— Palaga, cariño, con qué compararte;
    los años de exilio, mi vida; las flores, los frutos.
Y yo, Kuusniemi, supe que el amor a este país reparaba, hacía perdonables también esos hechos que hoy eran errores evidentes. Y que solamente nosotros tenemos derecho a corregirlos.
 

 
Tonto el que lo lea.

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