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Me enteré sólo a través de las mujeres,
la ultimísima comunicación telefónica.
Llamé en ese mismo instante, que no se puede matar a tiros a las vacas,
son absoluta y totalmente inocentes, 25 terneritos.
Pero el jefe, cínicamente, dijo que las sacrificaría enseguida
si la cuestión era un ganado tan bello.
Expresé mi protesta. No ayudó. Prometió y pagó también
cien marcos más por cabeza de lo habitual.
Todo el ganado al completo perdió la vida
a causa de la actividad de las autoridades
y no fue un hecho aislado.
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