REVISTA PARA HETERODOXOS — RpH
ISSN: 1697-2074 Número 2006-I. Enero-abril del 2006
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Gili el que lo lea

Tonto el que lo lea
JOSÉ MARCHENA:
“Exordio a las lecciones de filosofía moral y elocuencia”
 
EXORDIO. SOBRE EL PLAN DE ESTAS LECCIONES DE FILOSOFÍA MORAL Y ELOCUENCIA.

Menester es que confesemos que las más de las recopilaciones de trozos selectos que de los autores castellanos de más nota hasta ahora se han hecho, antes que metódicas colecciones merecen el dictado de centones de fárrago y broza, en que el oro y las margaritas están enterrados. Sin duda la causa de este mal es la falta de tino, la carencia de acendrado gusto de los recopiladores, no menos que estos mismos achaques, de que casi todos nuestros mejores autores adolecen. No fueron solos Góngora y Jáuregui, Calderón y Lope, los escritores españoles que con un eminente ingenio juntaron el más depravado gusto; mácula casi universal es ésta en nuestra literatura; ni Solís ni el propio Cervantes se eximieron de ella. Requiérese, por tanto, mucho pulso en la elección de los trozos que como dechados se presentan; que si bien no todos han de estar totalmente inmunes de yerros, han de ser éstos tales que los que en las nuevas colecciones quisieren beber saludables y limpias y dulces aguas, no hallen ponzoñosos charcos, con hediondo azufre y sales mortíferas inficionados. ¡Cuán fácil cosa fuera en la colección de poesías, con nombre de Parnaso español, publicada por Sedano, en la de Escritores en prosa de Capmany, en la más moderna de Poesías selectas por Quintana, hallar repetidas pruebas de este vicio capital! ¿Qué es ver en la colección de poetas de don Ramón Fernández, junto con los Argensolas, Herrera, Rioja, y el Maestro León, un Diego Mejía colocado entre nuestros poetas clásicos, sin duda como Saúl entre los Profetas? A nuestros lectores toca fallar si a esta nuestra puede achacarse el mismo yerro; nosotros lo que aquí pretendemos, es decir por qué principios nos hemos guiado.
 

En el prospecto dijimos qué causas nos habían movido a seguir en estas Lecciones el orden de materias, más antes que poner de seguida todo cuanto de un mismo autor copiamos, y fuera inútil tarea repetir razones que nos parecen inconcusas. Hemos, pues, formado un número de capítulos, a que hemos reducido las materias todas: hemos así evitado la confusión que de una división en más crecido número hubiera resultado, y los capítulos son los que bastan a desvanecer la oscuridad, sin originar la confusión. Hemos puesto largos trozos, en cuanto nos ha sido dable; más cortos nada enseñan, y engendran aburrimiento y hastío. Eso más es necesario que sean más largos los trozos de los escritores que citamos, que son éstos más castigados y elegantes; que ¿a quién se esconde que los primores de la sana elocuencia en la perfecta harmonía y unidad de las partes se cifran, y que entonces resplandecen, cuando tiene el todo la conveniente magnitud? Hermosísima por sí sola es sin duda la pintura de la blanda paz de la naturaleza en una serena y sosegada noche del cuarto libro de la Eneida; empero lo que más realce le da es la natural oposición del descanso de todo lo criado con las tormentas que el pecho de la desventurada Dido furiosamente embaten. La belleza literaria no menos que la física se aviene mal con la suma pequeñez, y si no están las Gracias enteramente reñidas con lo diminuto, nunca la verdadera beldad puede figurarse enana. Fuera de que no es nuestro intento presentar máximas, reflexiones, o imágenes hermosas, que en tal caso algunas hubiéramos encontrado al espacio de uno o pocos renglones ceñidas, mas sí descripciones, pinturas, razonamientos que requieren un conjunto de partes artificiosamente distribuidas.
 

No hemos hacinado los escritores, porque, como ya dijimos, no es esta obra aborto de una impertinente indigesta erudición, antes parto de una acendrada crítica. Quevedo, Lope, Feijoo, Hurtado de Mendoza, Mariana, Solís, el Maestro León, Cervantes, son casi los únicos escritores en prosa que nos han dado los trozos que insertamos; si los autores de nuestro tiempo no han tenido parte en ella, excusado es que digamos el porqué, ni creemos que a ninguno de nuestros lectores se le esconda.
 

Extrañarase acaso que tan poco sea lo que de Fray Luis de Granada copiamos. Nadie más que nosotros está persuadido del soberano mérito de este escritor; ni nos hemos movido por razones literarias a excluir de él mil y mil elocuentes razonamientos y acabadas pinturas. Mas no nos hemos olvidado de que no son éstas meramente Lecciones de literatura, que también lo son de moral, y esto nos ha retraído de acotar más los escritos de tan bien cortada pluma. Es la materia de casi todos ellos la religión, y acerca de los dogmas y moral religiosa nos hemos conducido por los principios que voy a manifestar.
 

Compónense todas las religiones positivas de asertos de tres especies distintas. Son los unos verdades inconcusas, cuales por ejemplo la brevedad de la vida humana, lo deleznable de nuestros contentos, la inmensidad de la naturaleza, lo inacabable del tiempo, los embelesos y utilidades de la virtud, la fealdad y estragos del vicio. Los segundos son más o menos verisímiles, sin que ninguno pueda evidenciarse; en esta división se colocan la existencia de una o muchas naturalezas increadas, distintas de la materia, y señoras de ella; la multiplicidad de sustancias en el ser humano; la incorruptibilidad de unas, cuando se corrompen las otras; proposiciones todas que sujeta la sana filosofía al cálculo de probabilidades, graduando el asenso que se merecen por la suma de las que en su abono presentan. Son las terceras aquellas cuya falsedad es demostrable; cuales son las que atribuyen a las acciones humanas un mérito o demérito independiente de su moralidad natural, ora mandando un culto externo y exclusivo, ora vedando lo que no defiende la razón, suponiendo siempre que ha podido y querido comunicarse la Divinidad a los mortales por otro conducto que el de la razón humana. Los que llaman dogmas revelados son todos de esta última especie, sin que pueda existir uno cuya falsedad a priori no se demuestre.
 

Y como sea la verdad único estable cimiento de la sana moral, claro es que cuanto en mentiras se apoye, no es dable que pueda mirarse como reglas éticas de la vida humana. No es mi ánimo establecer que este o aquel sistema religioso sea incompatible con la más escrupulosa conducta y las costumbres más irreprensibles; lo que sí sustento, es que moral fundada en una religión positiva no es la moral de la naturaleza, y por tanto no es la sana moral. Avénganse cuanto quieran los preceptos religiosos con los morales, mas no aspiren a ser su sustentáculo y norma, que en tal caso sólo veo desorden, confusión y ruina. Pues cabalmente esto es lo único que en todos sus voluminosos y elocuentes escritos ha hecho Fray Luis de Granada. ¿Y cuáles han sido las resultas? Arredrar a los hombres del trato con los humanos, incitándolos a perpetua oración, esto es a continuas conferencias con imaginarios y fantásticos seres; raros y nunca vistos coloquios en que pregunta la locura y responde la necedad. Lejos de pretensos moralistas de este jaez las exhortaciones a las altas y varoniles virtudes, que al linaje humano tanto encumbran y enaltecen: ¿que cómo se sacrificará por esta patria terrenal y perecedera el que no tiene otra patria que la Jerusalén celestial, no otros conciudadanos que los monjes de la Tebaida, los mártires de Alejandría? ¿Cómo se prendará de los embelesos de la libertad civil y política el que a ninguna otra libertad aspira que a la de la divina Gracia, avasallando la parte irascible y concupiscible de su naturaleza? ¿A cuál dará la palma, a la incontrastable resignación del esclavo Epicteto y a la igualdad de ánimo del emperador Marco Aurelio, o a las desatinadas mortificaciones del ermitaño Hilarión, y los deliquios místicos del fundador de frailes Francisco de Asís? ¿No llama el propio Fray Luis de Granada ximios de virtudes a cuantos dechados de vida humana la antigua Grecia y Roma nos dejaron como inestimables mandas, a Sócrates y Foción, y Timoleón, y ambos Cipiones, y ambos Brutos, y ambos Catones? ¿Qué importa al varón espiritual que modere Trasíbulo la república, o que la aherrojen y ensangrienten los treinta tiranos, si los únicos tiranos que él ha de combatir son los enemigos del alma, sus únicas prisiones temibles las mazmorras cuyas puertas de diamante tiene eternamente cerradas el Príncipe de las tinieblas?
 

Y si esto es así, como lo es, ¿era conveniente atestar de tan perniciosas y soñadas máximas una obra destinada no menos a presentar modelos de elocuencia, que dechados de verdaderas virtudes? El tiempo, dice Tulio, que acaba con las ficciones de la opinión, fortalece las máximas de la naturaleza. Salgan nuestros lectores más justos, más tolerantes y mejores de la escuela de estas Lecciones, aficiónense con ella a la libertad, a la razón, a las leyes iguales y justas, y saldrán ciertamente más instruidos en la oratoria, la cual no es otra que el arte de hablar bien, junto con la práctica de bien obrar.
 

En las poesías hemos admitido no pocos trozos de las que llaman sagradas, sin creer por eso que de nuestros principios nos apartábamos. Una verdad hay filosófica, y otra poética; preside aquélla a los escritos en prosa, ésta es lo que los escolásticos llamaban forma esencial del poema. Nadie acude a los poemas por averiguar qué ha de creer, ni menos qué creía el poeta; que cierto ni estaba Virgilio persuadido de la verdad del vaticinio de Celeno, ni Horacio de la aparición de Baco, ni de ninguna de sus transfiguraciones Ovidio. Desatino fuera colegir de la oda a Cristo crucificado del autor de este artículo, la cual en nuestras poesías insertamos, que estuviese persuadido de las opiniones de los teólogos cristícolas acerca de la redención del linaje humano; la verdad poética está satisfecha cuando no desdicen punto las ideas del poema de las que establece el sistema de filosofía o religión en que va fundado. Tan arregladas están con la mitología gentílica las odas de Horacio a Venus, Mercurio y Baco, como conforme con los dogmas de la teología cristiana la oda a Cristo crucificado. ¿Pues en qué se diferencian verdades de naturaleza tan diversa? En esto:
 

La verdad filosófica es la exacta conformidad de una proposición con la existencia real del objeto, ora físico, ora moral, ora intelectual. El sistema de Newton es verdadero porque realmente se ejerce, como él lo dijo, la atracción en razón inversa del cuadrado de las distancias. Tucídides, Polibio, Hurtado de Mendoza son historiadores verídicos, porque, como ellos cuentan los acontecimientos, así sucedieron; y Locke ha escrito verdades en su Ensayo sobre el entendimiento, porque efectivamente proceden nuestras ideas y raciocinios del modo que lo observó este profundo ideólogo. Mas la verdad de los poemas de Homero, de Virgilio y de Ariosto no se cifra en que saliera Tetis de la mar a consolar a Aquiles, en que hiriera Diomedes a Venus y a Marte; no en que Minerva enviara dos sierpes a despedazar a Laocoonte con sus hijos; ni menos en que montado Astolfo en su hipógrifo trajera del orbe de la Luna el perdido juicio de Orlando. Empero estos tres admirables poemas casi nunca se apartan de la verdad poética, porque en las costumbres las pintan tales cuales en la realidad eran en el tiempo que sus héroes vivían; porque las fábulas que imaginan no se apartan en los dos primeros de la índole de la mitología griega, ni en el último de la creencia de las hadas y magos que a Europa trajeron los bárbaros del Setentrión que de ella se apoderaron, y que, amalgamada con la teología cristiana, estaba universalmente admitida en Italia y Francia cuando imperaba Carlo Magno; en fin, porque los actores de la Iliada y la Odysea, como los del Orlando Furioso, jamás se olvidan de su carácter, el cual en las dos primeras es conforme al que les señalaban las tradiciones populares perpetuadas por los rapsodas cíclicos, como en el postrero al que les suponían las antiguas leyendas de caballerías.
 

Pues la verdad poética de las religiones judaica y cristiana, que tanto en los salmos y en otros cánticos del Viejo Testamento resplandece, luce fulgidísima en el Maestro León, en el himno A la batalla de Lepanto de Herrera, y en no pocos poemas líricos de otros autores españoles. El autor de la Índole poética del Cristianismo, en esta materia como en todas cuantas su rara y estrambótica pluma ha tratado, se engaña de la cruz a la fecha (como dice el vulgar adagio) en cuanto de ella dice; y no es cosa extraña pues acometió y dio cima a su obra sin entender palabra de teología cristiana, sin examinar los libros de los primeros escritores de esta doctrina religiosa, sin conocer el idioma que hablaron Moisés y los Profetas, en cuyos libros fundaron los cristianos los suyos; creyendo sin duda que le bastaba hojear la versión de Homero por Bitaubé y Madama Dacier, y la Historia del pueblo de Dios del jesuita Berruyer, para fallar ex tripode acerca del carácter poético del cristianismo. Así su pretenso poema de Los Mártires es una ensalada compuesta de mil y mil yerbas, acedas aquéllas, amargas éstas, saladas estotras, y que juntas forman el más asqueroso y repugnante manjar que gustar pudo el paladar humano. Entre el poema de Los Mártires y la oda A Cristo crucificado media esta diferencia: que Chateaubriand no sabe lo que cree, y cree lo que no sabe, y el autor de la oda sabe lo que no cree, y no cree lo que sabe.
 

Con no poco sentimiento nos hemos visto precisados a excluir de nuestra colección cuanto con ciencias naturales y físicas dice relación. No ignoramos cuánto luce una valiente pluma en estas materias; sabemos que Plinio entre los antiguos y Buffón entre los modernos son escritores de primera nota. Mas en España padecemos total carencia de autores de esta especie, por lo poco o nada que estas ciencias se han cultivado. Apenas es dable figurarse cuántas paparruchas, cuando de las costumbres de los animales, de su organización, etc., hablan, hacinan nuestros autores. De la Introducción al símbolo de la Fe de Fray Luis de Granada quisimos poner algo de lo que de historia natural dice, empero es todo ello tal cáfila de desaciertos y patrañas, que en breve desistimos de nuestra idea. La ideología, la buena física, la sana política, la economía civil, la filosofía de la jurisprudencia ni se han cultivado, ni podídose cultivar en España; por consiguiente nada hemos podido insertar que con ellas tuviera conexión.
 

No se presuma el lector que hallará todos cuantos trozos hacen parte de esta colección totalmente inmunes de los vicios de estilo de que adolecen los más de nuestros autores, puesto que serán muy contados, o acaso ninguno, aquellos en que no encuentre muy apreciables dotes. Fatalidad nuestra es que, en saliendo de Fray Luis de León y Fray Luis de Granada, apenas se hallan en otros autores pedazos que se puedan ofrecer como verdaderos dechados. Mariana y Hurtado de Mendoza son los que a estos dos se siguen; mas aquél, siempre puro, es no pocas veces desaliñado; éste raya en oscuro a poder de afectar en su Historia de los Moriscos sentenciosa concisión. Permítasenos en este lugar hacer un cotejo de aquellos dos grandes autores; los estudiosos de las letras humanas fallarán si el juicio que de uno y otro hemos formado se acerca a la verdad.
 

Puesto que las similitudes que entre los grandes ingenios se descubren son siempre en extremo defectuosas, porque, guiados todos ellos del impulso de su alta inteligencia, cada uno vuela por regiones distintas, todavía es cierto que entre los clásicos franceses el que más a Granada se asemeja es Bossuet, como Massillón al Maestro León. León y Granada fueron ambos versadísimos en la antigua literatura eclesiástica y profana; ambos desterraron de su estilo los muelles y afeminados adornos, los retruécanos, las argucias y las sutilezas; ambos manejaron con indecible maestría el habla castellana; ambos la pulieron y perfeccionaron: Granada se deleitó más en la literatura sagrada que en la profana, la cual empero en alto grado poseía; León hallaba más embeleso en la imitación de los modelos de los siglos de Augusto y de Pericles. El idioma en el Maestro León es más terso y más cadente; en Fray Luis de Granada más osado y más vigoroso. En aquél luce más el buen tino y el acendrado gusto; en éste campea el alto ingenio y la vasta imaginación. La inteligencia del primero es más valiente; la razón del segundo más fuerte, más consiguiente y más metódica. Granada arrastra con su elocuencia, cual desatado raudal sin márgenes ni vallas; León, semejante a un purísimo y caudaloso río que por amenos prados se desliza, plácidamente nos lleva adonde van sus corrientes. El robusto estilo del primero linda a veces con la aspereza; la blandura del segundo nunca degenera en afeminada molicie. La pluma del Maestro Granada corría más suelta por las pinturas tremendas de las venganzas de la justicia divina, de la fealdad del pecado, de las grandezas de Dios, de la nada del ser humano; la del Maestro León se complacía en celebrar las misericordias de la redención, el infatigable afán del buen Pastor, el cariño del Padre universal, la mansedumbre del Príncipe de paz, la benignidad del Rey del siglo futuro. Aquél sólo de vida cristiana y devota da reglas; éste enseña en uno las obligaciones de la civil; aquél dedicó sus escritos al monarca; éste nunca mentó a los reyes en los suyos que para censurarlos o reprenderlos no fuese. Ambos se grangean el respeto de los lectores; pero mezclado con cierto involuntario temor el primero, con cariñoso afecto el segundo. En suma, la meditación de los libros de ambos y su continua lectura son acaso el estudio más provechoso para los que quisieran escribir dignamente en el idioma castellano.
 

Y aquí conviene rebatir el yerro de los que piensan que el estudio de los mejores dechados contribuye poco, cuando no perjudique, a la elocuencia. El arte de decir le dicta, según ellos, la naturaleza, y más vale escuchar sus preceptos que los de los retóricos; seguir sus impulsos que imitar a los escritores famosos, los cuales por eso mismo lo fueron que aprendieron de aquella gran maestra. Y si nosotros somos, como ellos, dóciles a sus inspiraciones, también como ellos cobraremos eterna gloria; ¿donde no, qué nos vale estudiar sus obras? Demóstenes no escribió reglas de elocuencia forense, ni Tucídides de historia, ni de epopeya Virgilio, ni de poesía pastoril Teócrito, ni Sófocles de tragedias. ¿Quién sabe si hubiera sido Quintiliano un buen orador? Corta la imitación los vuelos al ingenio, y los que en la lectura de los grandes escritores se ejercitan, rara vez traspasan el coto de la medianía.
 

¿Mas quién no ve la vaciedad de estos sofismas, que ni aun con el dictado de especiosos merecen alzarse? Sin duda los preceptos de la retórica no son otros que los de la naturaleza, aquél es más perfecto escritor que más atento ha seguido sus inspiraciones; empero por eso mismo se han de seguir con más escrúpulo las huellas de los que por la vía por ella indicada se han encaramado al templo de la inmortalidad. Decir que un autor no escribió la teórica de los escritos en que sobresalió, no es para colegir que no meditó en las reglas de ellos porfiadamente. ¿Y cuánto no hubo Demóstenes de aplicarse al arte de decir y escribir, pues sabemos que copió varias veces de su propio puño las historias de Tucídides? ¿No es Cicerón el mejor autor de preceptos de elocuencia que nos dejó la antigüedad, y Horacio el que con más tino dio reglas de poética?
 

Sin duda el imitador falto de ingenio y entendimiento sólo el esqueleto de sus modelos representa; mas el verdadero arte de imitación no es el copiar lineamentos, a guisa del muchacho de la escuela que sigue hasta los perfiles del seguidor que le dan para pauta, mas sí ver cuáles son las hermosuras y dotes peculiares de cada escritor, no estorbando esto aficionarse a uno más que a otro. San Crisóstomo leía sin cesar a Aristófanes, sin que en su estilo se eche de ver lo empapado que estaba en las comedias de este poeta. La imitación liberal (si se me permite usar aquí esta voz) no quita que sea original un autor; y de otro modo imitan Canova y Micael Ángel a los escultores antiguos, que un principiante que modela en yeso para vender a cientos las copias del Apolo de Belvedere.
 

Baste lo que hemos dicho para exordio o prólogo de estas Lecciones; ahora dirá el lector si hemos errado o acertado en la elección de materias.
 

 
Tonto el que lo lea.

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