Gili el que lo lea
AVISO: Esta página se ve PEOR con Internet Explorer
 
 » Portada general
 » Grupo Pecocer
Presentación
 » Exposiciones
 » Documentos
 » RpH
Último número
Números anteriores
Perfil de los autores
Últimas novedades
En desarrollo
 » Índices
Índice de autores
Índice de títulos
 » Manifiestos
 NÚMERO 2006-III
Querido lector
Entrevista
Reportaje
Creación
Avulón
Vitrina
NÚMERO EN DESARROLLO: CREACIÓN  
REVISTA PARA HETERODOXOS — RpH
ISSN: 1697-2074 Número 2006-III. Septiembre-diciembre del 2006
http://www.heterodoxos.org/2006-iii/creacion/mw.el_alma_de_lisboa_ii.html
Gili el que lo lea
Tonto el que lo lea
MARCELO WIO:
“El alma de Lisboa II”
 
Cuento inédito.
Tonto el que lo lea.
Y de octubre 1920, en algún lugar entre Lisboa y Madrid.
Tonto el que lo lea.

Yo no lo conocía a Pessoa. Supe de él por un amigo, en cuya casa me alojé mientras trataba de retener algo de Lisboa como para escribir el bendito artículo que me había encargado un diario de provincias argentino para el suplemento de viajes y mundo —una coartada para mis indecisiones. “Tal vez si te encontraras con un tipo que conozco a través de Moreira, un tenedor de libros que trabaja con él, se te haría todo más sencillo“, me dijo Joao, una noche después de cenar en silencio, algo incómodo. Hacía ya tres semanas que estaba en su casa, y lo cierto era que no tenía perspectivas de marcharme pronto. Pensé que era una excusa de Joao, una forma de decirme que ya era hora de que me fuese, que la cuota de hospitalidad ya había sido rebasada. De todas formas, un poco por tentar la paciencia de mi amigo, le dije que preparara un encuentro con ese hombre. Dijo que con mucho gusto, y me empezó a contar que el tipo era un ignoto escritor que tan sólo había publicado un libro, Mensagem, y que trabajaba en una oficina en la Baixa, en la Rua dos Douradores, para ser más exactos. Me di cuenta de que Joao no había buscado coartadas, lo que me hizo sentir miserable. Me prometí encontrarme con Pessoa cuanto antes —sobre todo, porque estaba muy intrigado por conocerlo— y partir de casa de mi amigo (en ese momento otros nombres y otras ciudades se cruzaron en mi cabeza, pero decidí posponer cualquier decisión).
 

Finalmente, Joao me dijo que el día X tenía una cita con Pessoa, se lo había confirmado Moreira esa misma mañana, mientras tomaban un café. Tenía que pasar a buscarlo por su trabajo, a media mañana. Por la tarde, saqué un pasaje para Madrid, y le envié un telegrama a Idelfonso Ruiz Alzaga anunciando mi llegada el día Y.
 

El día X pasé por la oficina donde trabajaba Pessoa, en la Rua dos Douradores, y pregunté por él a un hombre que estaba en la entrada de la oficina. Me lo señaló con desgano. Allí estaba ensimismado en unos libros inmensos. Era de contextura pequeña, tenía unos bigotes finos que ocultaban su boca más fina aún, que sólo se adivinaba por un pequeño cigarrillo humeante que colgaba como si siempre hubiese estado allí. Su nariz había quedado entre la rectitud y lo aguileño y sostenía unos lentes con una montura que se me hizo demasiado gruesa. Su cara casi no tenía expresión, pero no como la de aquellos hombres a los que nada los afecta, no, su cara se guardaba, o eso pensé, demasiadas sensaciones. El hombre a quien le había preguntado por Pessoa lo llamó a la vez que me señalaba con la mirada. Él alzó la vista con indiferencia y se acercó, me saludó con timidez y me preguntó cuánto tiempo llevaría la entrevista. Le dije que entre una hora, una hora y media. Me dijo que lo mejor, en ese caso, sería encontrarnos cuando él saliera de la oficina, en un bar.
 

Mientras lo esperaba en La Brasileña me dije que era una lástima no haber podido leer su libro; al menos de esa forma hubiese tenido por dónde empezar a preguntarle. Desde afuera, el Tajo traía un aroma mezcla de mar y de agua dulce. Los árboles parecían querer explotar de tan verdes. Por fin llegó. Venía caminado lentamente, abrazando unos papeles y, a mí, se me figuró que se abrazaba a sí mismo, como protegiéndose del mundo exterior. Llevaba un abrigo gastado —toda la mañana había amenazado con llover, pero el cielo insistía con un azul que hacía doler los ojos—, un moño gracioso y unos pantalones que de tan cortos dejaban sus tobillos flacos a la vista. Apenas me divisó se acercó lentamente y me saludó con desinterés. Me dijo que prefería ir al café Martinho de Arcada. Hacia allí partimos en un silencio que a mí me ponía muy nervioso pero que Pessoa parecía disfrutar. Llegamos y nos instalamos en una mesa al fondo del local. Él pidió macieira, yo opté por un vino tinto.
— ¿Qué significa, para usted, escribir? (Apenas escuché lo que acababa de preguntar me sentí tonto.)
— Para mí, escribir es despreciarme; pero no puedo dejar de escribir. Escribir es como la droga que me repugna y tomo, el vicio que desprecio y en el que vivo. Hay venenos necesarios, y los hay sutilísimos, compuestos de ingredientes del alma; hierbas recogidas en los rincones de las ruinas de los sueños, amapolas negras halladas junto a las sepulturas de los propósitos, largas hojas de árboles obscenos que agitan las ramas en los márgenes oídas de los ríos infernales del alma.
Su respuesta me apabulló, me sentí indefenso, pequeño, ínfimo. Pensé con lástima de mío mismo que ni siquiera podría apelar a mis pocas astucias. Lo mejor sería dejarse llevar, aprovechar la ocasión de aprender algo, de salir del círculo insulso de reportajes idénticos, mezquinos.
— Entonces, ¿escribir es perderse? —le pregunté interesado.
— Sí, escribir es perderme, pero todos se pierden, porque todo es pérdida. Pero yo me pierdo con alegría, no como el río en su desembocadura, para lo cual nació sin saberlo, sino como la laguna que en la playa forma la marea alta, y cuyas aguas quietas jamás regresan al mar.
— ¿Si es así, cómo queda cuando finaliza un texto?
— Me quedo pasmado cuando termino algo. Me quedo pasmado y desolado. Mi instinto de perfección debería impedirme incluso empezar.
— ¿Y por qué empieza?
— Empiezo porque no tengo fuerza para pensar.
— ¿Por qué termina?
— Porque no tengo alma para interrumpir.
— Entonces para usted nunca es posible obtener lo que desea —me sentía ineficaz; una molestia para este hombre que debía querer volver a su casa, terminar cuanto antes el cuestionario insulso que le presentaba, como si estuviese pegando manotazos a una mosca.
— Me pareció siempre que la virtud estaba en obtener lo que no era posible alcanzar; en vivir donde no se está, en estar más vivo después de muerto que mientras se vive, en conseguir, en fin, algo difícil, absurdo, en vencer, como obstáculo, la propia realidad del mundo.
— Cuando usted dice vivir donde no se está, el viajar, ¿no podría solucionarlo?
— ¿Qué es viajar y para qué viajar? Cualquier poniente es el poniente; no es preciso ir a verlo a Constantinopla.
— Pero ¿y la sensación de liberación que nace de los viajes?
— Puedo tenerla yendo de Lisboa a Benfica, tenerla con más intensidad que aquel que va de Lisboa a China, porque si la liberación no está en mí, no está para mí en ninguna parte. Jamás desembarcamos de nosotros. Nunca arribamos a otro, a no ser convirtiéndonos en otros a través de la imaginación sensible de nosotros mismos. Los verdaderos paisajes son los que nosotros mismos creamos, porque así, siendo dioses de ellos, los vemos como ellos verdaderamente son, que es como fueron creados. Quien surcó todos los mares surcó únicamente la monotonía de sí mismo. Nadie ha surcado más mares que yo. A los países que los demás visitan, los visitan ellos como anónimos y peregrinos. A los países que yo he visitado, no sólo los he visitado con el placer oculto del viajero incógnito, sino también con la majestad del Rey que allí reina, y como parte del pueblo cuyas costumbres allí habitan, e integrado a la historia entera de esa nación y de las otras. Hasta los paisajes y las casas vi porque los fui, hechos en Dios con la sustancia vida real. Esta tendencia me ha acompañado siempre.
Me reí para mis adentros: a las agencias de viajes y barcos que imprimían sus anuncios en el suplemento no les gustaría nada esta respuesta. Me imaginé, con una lamentable capacidad para adelantarme a los hechos, que Mastretta, el jefe del semanario, suprimiría esta parte. Quizás por esto, y porque la entrevista-para-el-suplemento ya no me importaba, empecé a preguntarle por cosas que me interesaban a mí. Joao me había dicho que Pessoa vivía en un mundo imaginario (al menos, esto de la había dicho Moreira, aunque él no ponía las manos en el fuego por nadie, “viste como es, que a veces la gente inventa cosas sobre el resto de los mortales”).
— ¿Recuerda al primer amigo ficticio? —me la jugué. Por un instante pensé que se iba a levantar y me iba a dejar allí, plantado. Pero sonrió de una manera amistosa, cálida y se recostó sobre la silla. Fue como si hubiese comprendido que había terminado la entrevista, que lo que empezaba era una especie ritual de confraternización: el encuentro de dos seres semejantes que tal vez se habían estado buscando sin mucha fortuna.
— Recuerdo al que me parece que fue mi primer heterónimo o, mejor, mi primer conocido inexistente: un cierto Chevalier de Pas, de cuando tenía seis años, a través del cual yo me escribía cartas suyas a mí mismo, y cuya figura, no del todo vaga, todavía hiere la parte de mi afecto que confina con la nostalgia.
— Esta tendencia a crear a su alrededor otro mundo, ¿lo ha abandonado alguna vez?
— No ha abandonado nunca mi imaginación. He tenido varias fases, entre las cuales ésta, ya en la edad madura. Me venía un dicho ingenioso, absolutamente ajeno, por un motivo u otro, a lo que yo soy o a lo que yo supongo que soy. Lo decía inmediatamente, espontáneamente, como si fuese de un amigo mío, del que inventaba el nombre, del que montaba una historia.
— ¿Dónde nacen sus heterónimos? Porque, interpreto, estúpida o caprichosamente, que una vez que inventaba el nombre y la historia, no hacía más que el hilo que se le presentaba a través de unas palabras que reconocía ajenas.
Asintió. Pero no supe si lo había hecho por una cierta resignación benevolente hacia el que dice disparates o porque había dando en el clavo (o al menos no me había destrozado los dedos a martillazos).
— El origen de mis heterónimos es el trazo profundo de histeria que hay en mí. No sé si soy simplemente histérico o si soy, más propiamente, un histérico-neurasténico. Soy propenso a esa segunda hipótesis, porque hay en mí fenómenos de abulia que la histeria propiamente dicha no registra entre sus síntomas. Como quiera que sea, el origen mental de mis heterónimos está en mi tendencia orgánica y constante a la despersonalización y a la simulación. Estos fenómenos, afortunadamente para mí y para los demás, se han mentalizado en mí.
— ¿Qué quiere decir?
— Que no se manifiestan en la vida práctica, exterior y de contacto y con los demás; explotan hacia el interior y yo los vivo sólo, conmigo mismo.
Comprendí que no había asentido con lástima, pero que tampoco lo había hecho porque yo había dado en el clavo (el martillazo había pasado a kilómetros del clavo). Asintió para sí mismo, por algo que andaba dando vueltas por su mente, algo que no tenía nada que ver con mi presencia allí, con las preguntas.
 

Una ráfaga de viento distrajo la atención de Pessoa. El cielo se había borroneado con unas nubes muy oscuras. Se intuían truenos lejanos en el aire que entraba a sopapos por la puerta abierta del bar. De pronto, después de un silencio que pensé que era su manera de dar por finalizada la charla, siguió:
 

— Hacia 1912, salvo errores, me vino la idea de escribir alguna poesía de índole pagana. Esbocé algo en versos irregulares, y lo dejé. Se había esbozado en mí, sin embargo, en una mal tejida penumbra, un vago retrato de la persona que estaba escribiendo aquellos versos. Había nacido, sin que yo lo supiese, Ricardo Reis. Un año y medio después, un día se me ocurrió gastarle una broma a (Mario) Sá-Carneiro (con quien había fundado la revista literaria Orpheu, de la que se editaron sólo dos números cinco años atrás): inventar un poeta bucólico, bastante sofisticado, y presentárselo, no me acuerdo ya de qué modo, como si fuese real. Pasé algunos días elaborando al poeta sin que viniese nada a la mente. Al final, un día en que había desistido —era el 8 de marzo de 1914— me acerqué a una cómoda alta y tras tomar una hoja de papel, comencé a escribir, de pie, como escribo cada vez que puedo. Y escribí treinta y tantas poesías, seguidas, en una especie de éxtasis del que conseguí definir su naturaleza. Fue el día triunfal de mi vida. Y lo que significó fue la aparición en mí de alguien a quien inmediatamente di el nombre de Alberto Caeiro. Perdóneme lo absurdo de la frase: en mí había aparecido el Maestro. Fue esta mi inmediata sensación. Me puse inmediatamente a buscarle, instintiva y subconscientemente, unos discípulos. Extraje de su falso paganismo al Ricardo Reis latente, le descubrí el nombre y se lo adapté, porque entonces ya lo veía. Y, de repente, y por derivación opuesta a la de Ricardo Reis, me vino a gala impetuosamente un nuevo individuo. De sopetón, y en la máquina de escribir, sin interrupciones ni correcciones, surgió la Oda Triunfal de Álvaro de Campos.
— ¿Cómo escribe en nombre de estos tres?
— Caeiro por miedo e inesperada inspiración, sin saber ni prever que me pondré a escribir. Ricardo Reis, tras una abstracta deliberación que inmediatamente se concreta en una oda. Campos, cuando siento un imprevisto impulso de escribir, aunque no sé qué. Mi semiheterónimo Bernardo Soares aparece siempre cuando estoy cansado y soñoliento, cuando mis cualidades de raciocinio y de inhibición están un poquito debilitadas; esa prosa es un devaneo constante.
— ¿Por qué Soares es un semiheterónimo?
Me miró con algo parecido al horror, como cuando uno descubre que una persona sabe demasiado sobre uno mismo. No sé cómo sabía yo aquello. Joao no me había dicho más que lo que ya expliqué, sin entrar en detalles – porque no los había: nadie conocía el universo de Pessoa, menos su cosmogonía. Pero de pronto supe que Soares no era un heterónimo como los demás, que había algo más. No sé si fue el tono con el que nombró a Soares, si fue su expresión (o si fue todo). La cuestión es que me asusté. Sólo me alivió ver cómo se distendía la cara de Pessoa, como quien, habiendo tenido alguna reticencia, se da cuenta de que estaba en lo cierto: la entrevista estaba terminada; y nosotros ni siquiera estábamos allí, éramos otros, distintos, que conversaban en una suerte de universo paralelo.
— Porque, aun no siendo su personalidad como la mía, no es diferente de la mía, sino una simple mutilación. Soy yo sin el raciocinio y la afectividad – me contestó.
— ¿La prosa es la misma?
— Excepto la finura que el raciocinio otorga a mi prosa, es igual a ésta, y el portugués es perfectamente igual; mientras Caeiro escribía mal el portugués, Campos lo hace razonablemente pero con lapsus como decir “yo propio” en vez de “yo mismo”. Reis mejor que yo, pero con un purismo que considero exagerado. Lo difícil para mí es escribir la prosa de Reis —todavía inédita— o de Campos. La simulación es más fácil.
 

Un trueno le hizo un tajo al cielo y enseguida se puso a llover. “Llueve tanto, tanto —dijo de pronto Pessoa—. Sólo de oír llover mi alma se humedece. Tanto llueve que mi alma se hace líquida y acuosa alrededor de mi sensación de lluvia”. No es a mí a quien le hablaba, eran palabras para él mismo. Intuí que deseaba irse y llamé al mozo. Pagué la cuenta y salimos juntos bajo la lluvia. Caminamos casi pegados. Me señaló un restaurante y me comentó: “Hay en Lisboa unos pocos restaurantes o casas de comida en los que, sobre una tienda con aires de taberna respetable, se alza un entrepiso de aspecto grave y casero como el de los restaurantes de las ciudades pequeñas a las que no ha llegado el ferrocarril. En esos locales de entrepiso, salvo los domingos en que suelen ser poco frecuentados, es usual encontrarse con tipos curiosos, caras sin interés marginales de la vida”.
— ¿Qué ama de la ciudad?
— En las lentas tardes de verano, el sosiego de la parte baja de la ciudad (la zona que linda con el río), y sobre todo ese sosiego que el contraste acentúa allí donde, durante el día, Lisboa se hunde en el bullicio. La Rua do Arsenal, la Rua da Alfândega, la prolongación de las calles que se extienden tristes hacia el Este desde el sitio donde cesa la Rua da Alfândega, toda la línea fragmentada de los diques mudos —todo eso acuna mi alma en la tristeza, si me sumo, en estas tardes, a la soledad del conjunto—. De día las colma un bullicio que no quiere decir nada; de noche, una falta de bullicio que no quiere decir nada.
 

Poco a poco cedió la lluvia. El olor de los árboles mojados se mezclaba con el olor de la tierra humedecida. Pessoa me hizo una seña leve: aquí nos separamos. Lo vi alejarse por una calle muy angosta. Se iba como arrastrando un gran peso, hasta que desapareció en una esquina. Yo seguí caminando aleatoriamente por las calles que me había enumerado Pessoa hasta el amanecer. Recuerdo haberlas caminado, por lo menos; porque no recuerdo haberlas conocido.
 

Fuentes: Un baúl lleno de recuerdos; Tabucchi: El libro del desasosiego.
Tonto el que lo lea.
 
   Copia para imprimir
Tonto el que lo lea.

© Revista para heterodoxos — RpH     
© Todos los derechos reservados a los respectivos autores     
Escribir a la redacción